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- 26 de mayo de 2026
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La nueva élite

Ilustración del cuento El traje nuevo del emperador. / Wikipedia. Autor: Vilhelm Pedersen (1820 – 1859)
LA GRAN ESTAFA. Sección de opinión a cargo de David Cerdá

La nueva élite será cognitiva; perdón, reculo; ya es cognitiva. Es tal la devastación que se ha producido en la educación pública en general y en la secundaria en particular —tras los machetazos sucesivos del desconcierto familiar-cultural, la desvergüenza política y la desatención que producen los negocios virales— que ya se ha abierto un golfo insalvable entre quienes vienen de casa con una capacidad de pensar adquirida y parcialmente a salvo de los dopamínicos móviles y quienes han sido abandonados sin más a su suerte. Lo saben los padres. Lo saben los centros de enseñanza, a todos los niveles. Lo saben las organizaciones que luego habrán de contratarlos. Pero se sigue sin poder hablar de ello en todos los sitios en los que el poder se ha instalado como una garrapata, porque ese poder va sacando pecho de todo y atribuyéndose exactamente cero fallas.
Hubo un tiempo en que la educación pública fue el bastión de la democracia: la oportunidad para todos, el sitio en el que el pobre podía atrapar al rico. Se acabó esa historia. Con la connivencia nada menos que del autoproclamado «progresismo» —mitad interés, mitad ignorancia—, hemos dejado que el principal ascensor social se averiara, arrojando la igualdad de oportunidades por el sumidero. Hoy son dos los factores decisivos para saber cómo te irá en la vida: el tiempo que puedan dedicarte tus padres y la cultura que se respire en tu casa. Es decir, que volvemos a la era de las grandes desigualdades de cuna: al nacer, y nada menos que en el primer mundo, de nuevo hay que cruzar los dedos. Si tienes la suerte de que tus padres puedan apoyarte en los estudios y conversaciones nutricias y si en tu casa hay libros y cierto nivel intelectual, probablemente serás élite. En caso contrario, lo vas a tener en chino. Este dictamen es sociológico, no determinista; por descontado, muchas grandes vidas van a emerger de escenarios precarios, y muchas buenas opciones serán desperdiciadas. Pero, en términos globales, así está la cosa: en pleno 2026 y en uno de los mejores países que hay para vivir en el mundo, cada día que pasa tu vida depende más de dónde asomas la cabeza.
Los nuevos privilegios no provienen esencialmente del dinero, pero tanto da, porque son igualmente injustos. No hay derecho a que si tu madre tiene una empresa exitosa y tu padre es camionero, tú no tengas las mismas oportunidades que si son profesora universitaria y amo de casa. Si la ética es la respuesta a la pregunta «¿cómo es la vida buena?», la poli-ética (la ética la de la convivencia) exige que tu destino no dependa de dónde nazcas. Ha muerto mucha gente para que una persona al nacer —dignidad intacta— pueda luchar por tener un futuro en el que no pesen, hasta hundir, las circunstancias. Esta involución de ahora es un escupir en las tumbas de quienes dieron su vida porque tuviera razón Juan de Mairena: nadie es más que nadie.
La nueva élite no es financiera, porque ser rico ya no te asegura tanto. Pero es obvio que quien puede reparar el desbarajuste generalizado con la chequera lo tiene más fácil. Los políticos que se dicen progresistas no hacen más que abaratar la instrucción pública mientras envían a sus hijos a escuelas de alto standing. No obstante, nadie va a protestar hasta que gobierne la derecha. No sé si tardarán tres meses o tres semanas; el caso es que el coro alzará la voz solo cuando gobiernen los que no son de su cuerda. Les juro que va a pasar esto: van a recordarnos la ley Wert y van a considerar un paréntesis todos los años de en medio. Es tan palmario y obsceno que no alcanzo a entender cómo alguien sigue comprando los argumentos de quienes mañana gritarán y hoy no hacen nada.
Como explicó Leibniz, la justicia en el fondo no es más que una caridad conforme a la sabiduría. O sea, que es una forma ilustrada de egoísmo: querer que le vaya bien a cuanta más gente mejor es luchar por una sociedad en la que nos va a gustar más vivir que en la de ahora. Tenemos que despertar inmediatamente. Un mundo cada vez más injusto es el preludio de la violencia y las demás iniquidades. Estamos a un refriado —una crisis económica— de coger una pulmonía, a pesar de los bobos que glosan los datos macroeconómicos. De aquí no nos va a sacar la tecnología, sino el pundonor, no nos van a sacar los políticos, sino la sociedad civil alzada. Google for Education, hiperaulas, nuevas pedagogías; basta de alimentarse de un cadáver. No tenemos un problema de metodologías, sino de vergüenza. Estamos enviando a chavales al atolladero con una sonrisa y reafirmándolos en sus ilusorios y exangües derechos. Padres, alumnos, profesores, ciudadanos todos: hay que gritar que el emperador va desnudo. Entendamos lo que dijo el rey Lear de una vez por todas: «Los pequeños vicios traslucen a través de los andrajos de la miseria; mas las finísimas pieles y los trajes de seda lo ocultan todo. Dale al vicio un broquel de oro y la espada de la justicia se quebrará contra él, sin mellarlo; pero cubre su broquel con andrajos y un pigmeo lo atravesará con una simple paja».
Fuente: educational EVIDENCE
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