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  • 11 de junio de 2026
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Pere Sousa y la conspiración afectiva del mail art

Pere Sousa y la conspiración afectiva del mail art

Imagen de mail art creada mediante IA.

 

Licencia Creative Commons

 

Cesc Fortuny i Fabré

 

Resulta curioso que alguien que criticó con tanta dureza algunos mecanismos internos del arte postal terminara convertido en uno de sus principales referentes en España. Quizá precisamente por eso su trabajo se antoja tan honesto, porque Pere Sousa entendía que toda práctica artística alternativa corre el riesgo de convertirse con el tiempo, en una liturgia burocrática llena de etiquetas, nombres más o menos consagrados y una supervivencia fruto de la inercia. Durante los años noventa dirigió la mítica revista P.O.BOX, considerada una publicación fundamental para comprender el desarrollo del mail art español, al mismo tiempo que impulsó la Factoría Merz Mail, una plataforma desde la cual organizó encuentros, publicaciones y proyectos relacionados con la poesía experimental y las vanguardias históricas.

Hablar de Pere Sousa implica acercarse a una figura que, aunque nunca practicó el escaparatismo en el arte contemporáneo español, sí dejó una huella influyente en territorios que florecen muy alejados de los focos institucionales, allí donde la creación todavía conserva mucho de intercambio humano y algo de conspiración amistosa. Sousa, nacido en Pont de Suert en 1955 y fallecido en 2023, dedicó gran parte de su vida al mail art, la poesía fonética, el collage y la agitación cultural, disciplinas que en sus manos dejaron de parecer compartimentos separados y comenzaron a funcionar como un mismo tentáculo subversivo.

Su trayectoria no encaja del todo en la imagen romántica del artista encerrado en su taller. De hecho, Sousa parecía mucho más interesado en crear redes que en fabricarse un prestigio. Mientras otros perseguían galerías, él impulsaba correspondencias internacionales, editaba revistas fotocopiadas, recopilaba archivos imposibles y convertía la radio libre en un espacio de experimentación sonora. Durante años condujo programas en Radio Pica especializados en poesía fonética y arte experimental, actividades que complementaba con la web Merzmail, un archivo inmenso y algo caótico que funcionó como ágora para artistas de medio mundo.

En realidad, buena parte del valor de su trabajo tiene que ver con esa insistencia casi arqueológica en conservar y compartir materiales que, de otro modo, habrían terminado olvidados en cajas mohosas o archivados en discos duros. El fondo documental que donó al MACBA nació precisamente de décadas de intercambio postal con artistas internacionales, algo que hoy puede parecer casi exótico, especialmente en una época en la que la obligatoria comunicación instantánea ha convertido cualquier espera en una agresión psicológica insoportable.

Sousa defendía el mail art como una práctica basada en el contacto físico y en la circulación material de las obras, razón por la cual miraba con escepticismo ciertas adaptaciones digitales del género. Cuando le preguntaban si el correo electrónico podía considerarse arte postal, respondía que no era exactamente lo mismo, porque el sistema digital eliminaba buena parte de la experiencia material y colaborativa que definía históricamente ese tipo de creación. Aun así, tampoco adoptaba una postura purista del todo cerrada, ya que reconocía que mientras hubiera personas convencidas de estar haciendo mail art, el movimiento seguiría existiendo bajo nuevas formas.

Ese equilibrio entre radicalidad y flexibilidad aparece constantemente en su recorrido. Aunque estudió Bellas Artes y escultura en Barcelona, abandonó pronto la vía académica tradicional para moverse en espacios mucho más híbridos, donde convivían performances, poesía sonora, collages, fanzines y acciones improvisadas. Fue también un profundo estudioso del trabajo del artista Kurt Schwitters, cuya influencia atraviesa gran parte de su trabajo. Sus interpretaciones del poema sonoro Ursonate llegaron a considerarse entre las mejores realizadas en el ámbito hispánico, algo que no deja de tener mérito si consideramos que recitar poesía fonética dadaísta durante décadas exige una mezcla bastante peculiar de disciplina, obsesión y si se me permite incluso de resistencia al ridículo social.

Quienes lo conocieron suelen describirlo como alguien capaz de moverse con naturalidad entre la divulgación y la creación, sin establecer jerarquías demasiado rígidas entre ambas. Esa actitud probablemente explica por qué su figura aparece vinculada a tantos proyectos colectivos, desde encuentros de editores independientes hasta festivales de acción poética o espacios de improvisación como el Kabaret Obert junto al pionero de la polipoesía en Catalunya Xavier Sabater o al performer Joan Casellas entre otros y que estuvo activo entre 2002 y 2008.

También resulta significativa la manera en que afrontó la enfermedad. Un cáncer de pulmón le arrebató la voz durante los últimos años de su vida, aunque no consiguió mermar su capacidad para seguir trabajando. Lejos de retirarse, intensificó su producción de collages tanto en formato físico como digital. En cierto modo, aquel desplazamiento desde la oralidad hacia la imagen parecía coherente con toda su trayectoria, porque Sousa siempre entendió el arte como una red de circulación continua más que como un objeto rígido.

Quizá por eso su legado sigue resultando relevante. No porque inventara una gran teoría ni porque alcanzara la fama, sino porque dedicó su vida a sostener ecosistemas culturales frágiles que casi nunca generan beneficios económicos ni grandes titulares. Y eso, aunque el mercado del arte prefiera fingir lo contrario, constituye una forma muy seria de resistencia cultural. Porque mientras medio mundo intenta convertirse en marca personal, Sousa siguió defendiendo algo tan anticuado como la comunidad artística entendida literalmente como comunidad. Un gesto que hoy, entre algoritmos, autopromoción compulsiva y perfiles cuidadosamente optimizados, tiene mucho de subversivo.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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