• Portada
  • 27 de mayo de 2026
  • Sin Comentarios
  • 7 minutos de lectura

Fantasías hidráulicas: Verne y Bogdánov

Fantasías hidráulicas: Verne y Bogdánov

Alexander Bogdanov en 1904 / Wikipedia

 

Licencia Creative Commons

 

Andreu Navarra

 

Julio Verne publicó en 1905 el último libro que pudo revisar en vida: La conquista del mar. Aleksandr Bogdánov, médico y psiquiatra comunista, publicó en 1912 su novela El ingeniero Menni. Resulta difícil imaginar dos personalidades más opuestas que Verne y Bogdánov. El ruso, un extrecho colaborador de Lenin hasta que fue expulsado del Partido Bolchevique en 1909, carecía del pasado bohemio y burgués que el viejo maestro poseía. El influjo de Verne sobre Bogdánov parece indudable: de hecho, La invasión del mar y El ingeniero Menni tienen algo fundamental en común: un argumento casi idéntico: la construcción de un sistema de canales que debía desembocar en la creación de un mar artificial.

A partir de aquí, las diferencias se acumulan: la novela de Verne, aunque es la obra de un hombre casado y ya lleno de inquietudes sombrías, sigue siendo un canto al militarismo imperial. Los enemigos del ingeniero Schaller, Hadjar, su madre y sus amigos tuaregs, le parece admirables por su espíritu aguerrido y apasionado, pero son tratados como si fueran animales. Verne los admira como admiraría a un lince o a un jaguar, sin reconocer una estructura social o cultural en las tribus que tratan de oponerse al progreso material que representa Francia. Si bien no toda la soldadesca colonial que aparece en la novela es intachable, al final se obtiene el triunfo sobre la Naturaleza y las culturas locales manu militari. La obra carece de armazón interno: es un mero viaje de reconocimiento y no hay aventuras propiamente dichas. No hay intriga, no hay laberinto psicológico o físico: la novela aguanta por lo que aguantan todas las novelas de Verne, por el placer geográfico, el entusiasmo descriptivo, el temple balzaquiano y los trucos de un escritor que era ya un viejo zorro.

Al situar su acción en Marte, un Marte muy humano, Bogdánov puede dar rienda suelta a todos sus sueños cosmistas y puede construir tranquilamente su utopía laboral sin demasiadas deudas con el mundo real. A unos compases iniciales ciertamente moralistas e indigestos, la novela mejora cuando empiezan a sucederse las intrigas burocráticas que provocan la caída en desgracia de su héroe central. Es allí donde se concentran las principales profecías del libro. Esto es lo realmente valioso de un libro tan ingenuo: la capacidad de Bogdánov por señalar los límites y contradicciones de una Revolución que aún no había estallado.

Verne y Bogdánov comparten un gran entusiasmo por los planos, las excavaciones, los presupuestos faraónicos y la maquinaria pesada. La diferencia fundamental entre ambos es que Bogdánov lanza su obra al futuro con herramientas de folletín romántico, mientras que Verne empalidece mostrándonos un mundo que agoniza, el del optimismo positivista, con una sabiduría técnica que fertilizaría todo el género de la anticipación durante el siglo XX. Siendo mucho más ingenuo y tosco que Verne, Bogdánov no necesita bastón. Y su halo épico cuajado de castillos y viejos duques lo emparenta con los mundos de fantasía, concretamente las geografías mágicas de Michael Moorcock y las sagas de Frank Herbert.

Verne es un resumen, y Bogdánov un embrión, desplegados ambos sobre la misma trama de unos planes hidráulicos entre desaforados y faraónicos. La Unión Soviética se cocinó con los mismos sueños y horizontes que el viejo médico bolchevique, y eso se hizo especialmente evidente durante los años 30, los de la industrialización y la colectivización agraria, y los de Nikita Jruschov, cuando se desplegó la carrera espacial y se concretaron los grandes programas de irrigación de Asia Central.

En los años treinta, los enviados de Stalin obligaron a las tribus nómadas kazajas a establecerse en granjas colectivas y a entregar todo su ganado. Los jinetes prefirieron matar a sus animales antes de entregarlos, y el problema se agravó cuando tuvieron que vivir en la pura intemperie, sin tejados ni herramientas, porque esas granjas colectivas no existieron nunca más que sobre el papel. En apenas tres años murieron de hambre más de un millón de personas. Las artimañas burocráticas y la corrupción generalizada fueron exactamente profetizadas por Bogdánov, el filósofo del empiriomonismo, pero nadie hizo caso de ese hombre extraño que murió intentado demostrar sobre su propio cuerpo que su sistema para transfundir sangre funcionaba.

Durante los años sesenta, los soviéticos desviaron los ríos de Kazajistán y quisieron convertir la república en un enorme campo de algodón, pero solo consiguieron secar el Mar de Aral, arruinar la industria pesquera y provocar que las sales del subsuelo kazajo afloraran a la superficie y crearan un inmenso desierto. Los canales que habían construido los miles de esclavos condenados a penar y morir allí eran totalmente inútiles, porque el agua se evaporaba o se filtraba a través de los suelos demasiado porosos. En eso quedaron los sueños hidráulicos de los republicanos marxistas de 1890, que afortunadamente no vieron el resultado de sus ensueños cosmológicos.

Para terminar, solo nos queda preguntarnos qué aspecto hubiera tenido una obra literaria verniana si la hubiera situado en Marte y no en Túnez y Argelia.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

Prev News

La nueva élite

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *