• Opinión
  • 15 de junio de 2026
  • Sin Comentarios
  • 8 minutos de lectura

Los niños con altas capacidades sacan todo excelentes y llevan gafas de pasta

Los niños con altas capacidades sacan todo excelentes y llevan gafas de pasta

Imagen creada por IA.

O como desaprovechar el talento que nos concede la naturaleza

Licencia Creative Commons

 

Pedro López Tolosana

 

Mediados de los años ochenta, clase del antiguo BUP. Impartía la lección un maestro con aspecto de Geyperman germánico, un señor sin escrúpulos. Empezó a desarrollar una fórmula en la pizarra, escribiendo frenéticamente incógnitas, números, paréntesis y todo tipo de símbolos matemáticos, siempre de espaldas a los estudiantes, sólo observándolos de reojo para jactarse ante sus miradas atónitas. Entonces, dejó el yeso y se volvió hacia su público boquiabierto y preguntó: «¿qué, lo han podido seguir?». El momento de gloria de aquel docente duró poco más de dos segundos, justo hasta que uno de los alumnos levantó la mano, y dijo que le parecía que en mitad de la tercera línea de la fórmula, ese símbolo negativo, en realidad, debía ser positivo para que lo que venía a continuación tuviera sentido. Después de unos segundos de silencio, al profesor empezó a transformársele la expresión del rostro. Un ligero movimiento de muñeca de arriba abajo se erigió en símbolo de la derrota al dibujar con el yeso una línea vertical que convertía el signo negativo en positivo. Lo menos se había convertido en más y en una ovación de gala. Aquel profesor no contaba con que estadísticamente era probable que tuviera algún alumno con altas capacidades en la clase, y que a pesar de la timidez que a veces tienen, suele costarles mucho no ir hasta el final para esclarecer lo que tienen delante, y decirlo tal y como lo piensan, aunque esto les pueda traer problemas.

Treinta años más tarde, en una cafetería de la zona alta de Barcelona, ​​cercana a una fundación de niños y niñas con altas capacidades, una pareja está tomando un café antes de entrar para asistir a las charlas de la escuela de padres. Por las paredes de cristal, el padre ve a un señor con un andar familiar, piensa un instante, y le dice a su mujer: «¿Ves a ese señor que camina a unos metros de aquí? Ahora nos lo encontraremos arriba en la fundación» La mujer le pregunta si es un padre que conoce, y él le dice: «No, hace 30 años que no lo veo.» Cinco minutos después, la pareja termina el café, y suben hacia la fundación. El padre busca al misterioso hombre, y efectivamente lo encuentra y le saluda: «te he reconocido por el caminar». El otro se gira y dirigiéndose a él por su nombre le pregunta, “¿qué haces tú aquí?”. “Traigo a mi hijo”, responde el padre. “¿Y tú?”. “A mi sobrino”.

El padre sabía que se encontraría arriba con su compañero porque en los cursillos para padres había aprendido que las altas capacidades dependían de los caprichos de la genética. Recordaba perfectamente unas cuantas cosas, como la historia que abre este capítulo, y que protagonizó hacía muchos años el hombre que había visto a través del cristal. En sus tiempos, en el instituto les habían pasado unas pruebas intelectuales colectivas para hacer orientación laboral, y ambos habían despuntado. Entonces nadie les dijo nada más, las altas capacidades simplemente se ignoraban, no había legislación, ni pautas de qué hacer con estos alumnos cuyas capacidades les diferencian. ‘Son inteligentes, no hay que preocuparse’. Uno de los dos, como buen adolescente, se dedicó a usarlas para trabajar lo mínimo a lo largo de su itinerario académico, lo que le hizo perder todos los hábitos de estudio, o mejor, hizo que nunca los tuviera. Acabó realizando una carrera laboral muy por debajo de sus posibilidades. El otro, menos enfocado socialmente y más concentrado en las cientificidades, acabó en la universidad de física. Ahora las cosas habían cambiado. Ambos se habían preocupado de que sus “herederos” tuvieran la enseñanza específica adecuada para ellos.

En estos momentos, los niños y niñas con altas capacidades están plenamente reconocidos por el marco legal como sujetos de Necesidades Específicas de Apoyo Educativo. Otra cosa es hasta qué punto esto se ha llevado a la práctica. Para empezar, sólo el 0’3 respecto al total del alumnado está detectado con altas capacidades, frente al 3%-10% estimado por la comunidad científica.

Uno de los motivos que provoca esta desatención es el amplio desconocimiento que se tiene de esta problemática. A menudo se cree que como son tan inteligentes no necesitan ayuda alguna, o incluso menos que los demás. Esto es algo muy equivocado por varias razones. La primera es que al tener un ritmo diferente de aprendizaje, el ritmo estándar de la clase no va con ellos, les aburre, les hace desconectar. Necesitan, al igual que todo el mundo, poder estar en unos márgenes donde puedan sentirse cómodos. La segunda razón, es que este alumnado habitualmente presenta disincronías, es decir, una diferencia de desarrollo entre el nivel intelectual y otras áreas, como la psicomotriz, la emocional, o entre diferentes ámbitos intelectuales. Por mostrar un ejemplo concreto, la diferencia de velocidad del pensamiento y de la mano les hace a menudo rechazar la escritura y esto también requiere una atención específica. La tercera razón es que a menudo presentan hiperexcitabilidades, lo que significa que reaccionan más a diferentes estímulos. Suelen ser niños y niñas muy sensibles, por lo que pueden tener problemas emocionales con mayor facilidad. Y por último añadiremos otro motivo: la diferencia se paga. Los superdotados son candidatos a acoso y esto debe vigilarse.

Así pues, ¿qué se hace con este alumnado? A menudo, darles más trabajo, o decirles que vayan al ritmo de los demás. Paradójicamente, tenemos un centro de alto rendimiento (el CAR de Sant Cugat), destinado a que los mejores deportistas puedan sacar medallas en los campeonatos internacionales, pero no tenemos un centro de alto rendimiento para preparar a alumnos que más adelante puedan crear avances tecnológicos que nos permitan vivir a todos mejor, especialmente aquellos más necesitados. Leemos aquí a gente que puede diseñar ratones que se muevan con la pupila de los ojos, sillas de ruedas con materiales más ligeros y baratos, implantes para la gente que sufre sordera…Una vez más se confunde la especialización con la segregación. Crear este tipo de centro, o por lo menos, programas especiales en los centros ordinarios sí ayudaría a la inclusión, a la de verdad.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *