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  • 25 de mayo de 2026
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Ferran Ballard: «Ahora sí cuento todos mis secretos»

Ferran Ballard: «Ahora sí cuento todos mis secretos»

Ferran Ballard. / Foto: ©Carlos Ruiz

 

CARA A CARA CON

Ferran Ballard, divulgador y formador en técnicas de estudio, memoria y aprendizaje

 

Licencia Creative Commons

 

David Rabadà

 

Una mañana del pasado mes de abril escuché que un joven formador pensaba que para aprender es necesario frustrarse, esforzarse y perseverar para superar los errores con humildad, memoria y entendimiento. En ese momento lo tuve claro, y por redes intenté contactar con Ferran Ballard, un joven divulgador especializado en estrategias de aprendizaje y memoria que está arrasando. Ya por la tarde, él mismo me llamó por teléfono y durante más de una hora compartimos una conversación intensa sobre educación, esfuerzo y transmisión del conocimiento donde mis oídos se sintieron regalados de tanta lógica, ilusión y energía renovadas. Este pionero, para saber cómo aprender conocimientos de la mejor manera, consultó a profesores, alumnos y tratados para destilar su método que ahora imparte en sus cursos y seminarios a empresas, docentes y alumnos.

Ferran se interesó desde muy joven por las técnicas de memorización rápida, que inicialmente aplicaba en espectáculos de magia, una de sus grandes pasiones. Estudió Derecho y Administración y Dirección de Empresas en la Universidad Pompeu Fabra, etapa en la que ya empezó a ayudar a otros estudiantes a aprender mejor. A los 18 años fundó una academia universitaria que posteriormente daría paso a The Brain School, un proyecto orientado a adolescentes, universitarios y empresas.

Su trayectoria nace de la propia dificultad inicial para saber estudiar y no encontrar materiales útiles al respecto. Por esto investigó y recuperó principios de sabiduría tradicional como el esfuerzo, la repetición, la gestión de la frustración y la reflexión como herramientas para aprender con solidez. Ahora, como coautor del libro Aprender con estrategia (Libros Cúpula, 2026), defiende la importancia de asociar ideas y reforzar la memoria a largo plazo. De esta forma ha formado a más de 10.000 alumnos en toda España. Esta entrevista es sólo la punta del iceberg de quién es Ferran Ballard.

 

La magia del espectáculo hace mirar hacia donde no está la trampa, como la política educativa hace mirar hacia donde no está la enseñanza. ¿Cómo pasaste de los espectáculos de magia a dedicarte profesionalmente a la enseñanza de técnicas de aprendizaje?

Para mí, el paso fue muy natural. De hecho, antes de la magia ya me había llamado mucho la atención la memoria. Mi abuelo era muy bueno recordando los nombres de las personas, habilidad que había aprendido de un libro de un mago estadounidense, Harry Lorayne, que enseñaba cómo recordar mejor. Lo hacía a través de la mnemotecnia, unas técnicas que ya utilizaban los antiguos griegos hace más de dos mil años y que permiten recordar números, palabras, nombres o ideas con mayor eficacia.

¿Y cuándo empezaste a utilizar esas estrategias?

Pues empecé a utilizar esos aparentes trucos de magia con catorce años, con mis compañeros de clase. Pero pronto me quedé sin repertorio. Y de ahí pasé a los juegos de magia que conocemos todos y al cabo de pocos meses ya estaba haciendo espectáculos.

«Un mago, en el fondo, trabaja con la percepción y la mente del espectador y esto tiene muchos puntos de contacto con el aprendizaje»

¿Con catorce años?

Sí. La magia me dio muchas cosas que después han sido decisivas en la enseñanza: entender la atención, saber ordenar una explicación, captar el interés del público, gestionar el ritmo, crear sorpresa y hacer que una idea entre de forma más memorizable. Un mago, en el fondo, trabaja con la percepción y la mente del espectador y esto tiene muchos puntos de contacto con el aprendizaje.

¿Y cuándo empezó el paso hacia técnicas de aprendizaje?

El paso llegó cuando empecé un doble grado universitario y me di cuenta de que no sabía estudiar. Yo podía tener curiosidad, podía tener disciplina, podía ponerle horas, pero eso no quería decir que tuviera un buen método. Entonces empecé a buscar uno y al poco tiempo empecé a enseñarlo y dejé los espectáculos de magia. Es decir, pasé de intentar sorprender a la gente a intentar ayudarla a aprender. Y, en realidad, en ambos casos se trata de entender cómo funciona la mente y de hacer que una experiencia sea significativa. La diferencia es que antes la gente salía preguntándose «¿cómo lo hace?» y ahora justo quiero que la gente entienda cómo lo hago para aprender bien. Ahora sí cuento todos mis secretos.

Hay quien dice que aprender es jugar resolviendo problemas. Otros, en cambio, argumentan que aprender es retener conocimientos a largo plazo y no una diversión temporal que después ya no vas a recordar. ¿Qué tiene que decir tu método al respecto?

Aprender es retener conocimiento a largo plazo. Pero precisamente esto es lo que te permite jugar resolviendo problemas. Me explico: para aprender cualquier disciplina necesitamos retener en la memoria sus bases, sus fundamentos. Sin estos cimientos, podemos realizar actividades aparentemente muy estimulantes, pero a menudo nos quedamos en una diversión temporal que desaparece a los pocos días. En cambio, cuando tienes conocimiento bien consolidado, puedes construir con seguridad y, con el tiempo, combinarlo con conocimientos de otros campos para resolver problemas nuevos. Por eso soy un gran defensor del arte de memorizar. Y de ahí también mi fascinación por aprender de memoria.

«Cuando tienes conocimiento bien consolidado, puedes construir con seguridad y, con el tiempo, combinarlo con conocimientos de otros campos»

Hay una idea que decía George Steiner que me quedó grabada: cuando sabes algo de memoria, nadie puede quitártelo; queda dentro de ti, crece contigo, se transforma con la edad y con las circunstancias, y cada vez lo entiendes de forma diferente. Ahora bien, la memoria sólo es útil cuando va acompañada de comprensión. Memorizar sin pensar es cómo sumar sin números. Puedes repetir palabras, fórmulas o definiciones, pero esto no significa que las hayas convertido en conocimiento. Por eso un buen método de aprendizaje no busca que el alumno acumule información mecánicamente, sino que aprenda a transformar esa información en conocimiento.

Antes has dicho que aprender no significa necesariamente divertirse un rato corto para olvidar lo supuestamente aprendido a los pocos días.

Cierto, y esto implica dar recursos al alumno para que pueda preguntarse si realmente sabe lo que cree que sabe. Porque uno de los grandes problemas del aprendizaje es que nos engañemos con mucha facilidad. Leer algo y que nos suene no es saberlo. Subrayar no es saber. Entender mientras alguien explica tampoco garantiza que dominemos. Saber significa poder recuperar, contar, aplicar y relacionar cuando toca. Con los años me he dado cuenta de que las personas que aprenden bien piensan también mejor. Y ocurre también a la inversa: quien piensa bien, aprende mejor. Son vasos comunicantes. Cuando aprendes con profundidad, ordenas mejor las ideas, detectas mejor los errores y construyes mejor tu criterio. Y cuando piensas mejor, también estudias de forma más exigente y más precisa. Por tanto, yo no contrapongo aprender y jugar resolviendo problemas. Al contrario: para poder jugar bien con los problemas, antes debes tener piezas con las que jugar. Y estas piezas son conocimientos bien entendidos, bien memorizados y disponibles a largo plazo.

«Para poder jugar bien con los problemas, antes debes tener piezas con las que jugar. Y estas piezas son conocimientos bien entendidos, bien memorizados y disponibles a largo plazo»

Me has explicado que recopilaste todas aquellas técnicas de estudio eficientes que alumnos, docentes y expertos te aportaron. ¿Qué papel tuvieron tus estudios en la Universidad Pompeu Fabra en la definición de tu método?

Sin mis estudios en la Universidad Pompeu Fabra, yo no sería quien soy y el método no sería lo que es. Las dificultades que viví en una universidad y en una exigente carrera fueron, en parte, lo que inició mi recorrido en el mundo de la enseñanza. Allí entendí que estudiar mucho no siempre significa estudiar bien, y que detrás de los buenos resultados no existe sólo capacidad, sino también método. Además, en la Universidad conocí a Alejandra Scherk, que creó el método conmigo. Y creo que ésta es una de las claves más importantes: el método no lo he hecho solo. Lo hemos construido desde el contraste, desde la discusión y desde la revisión constante. Con Alejandra, hasta hoy, tenemos debates continuos sobre qué debe entrar y qué debe quedar fuera, qué es interesante pero no esencial, o qué puede ser cierto pero no ayuda suficientemente a aprender mejor. Trabajar así te obliga a aceptar que no ves todos tus ángulos muertos. Necesitas a alguien que no te dé siempre la razón, sino que tenga confianza contigo para decirte: “Esto no está tan claro como crees”. Cada vez que uno de los dos cede porqué el argumento del otro es mejor, el método gana.

Pero no sólo creaste un método, sino que lo exportaste, ¿verdad?

Cierto, el segundo punto determinante fue crear una academia universitaria. La idea era ayudar a los alumnos de la Universidad a superar las diferentes asignaturas aplicando un método más eficaz, a la vez que preparar a los profesores para que pudieran transmitir mejor los contenidos y hacer que los alumnos los aprendieran de verdad. El hecho de que la iniciativa funcionara, y de que quince años después continúe, nos dio una masa importante de alumnos para observar, comparar y analizar. Podíamos ver qué ocurría cuando diferentes alumnos estudiaban con los mismos apuntes, iban a las mismas clases y, sin embargo, obtenían resultados muy diferentes. Esto nos permitió entender mejor por qué algunos sacaban buenas notas y otros no.

«Una de las cosas más interesantes que vimos es que muchos de los peores resultados no vienen de una falta de capacidad, sino de un exceso de confianza en el propio criterio»

Algunos expertos en educación dicen que el mejor aprendizaje está en el método que el estudiante encuentra más adecuado para sí mismo, ¿o no es así?

Pues una de las cosas más interesantes que vimos es que muchos de los peores resultados no vienen de una falta de capacidad, sino de un exceso de confianza en el propio criterio. El ejemplo eran alumnos que, a pesar de darles unas directrices claras sobre cómo estudiar mejor, preferían hacerlo a su manera aunque esa forma no les estuviera trayendo buenos resultados. Este sesgo de confirmación me parece fascinante, porque de hecho lo vemos todos los días en la sociedad. Nos cuesta mucho abandonar una forma de hacer cuando sentimos que es la nuestra, aunque los datos nos digan que no funciona. En este sentido, la Universidad no sólo me dio una formación exigente, sino que me dio el contexto y problemas reales que acabaron dando forma al método.

Tal y como me hablas, eres una persona inquieta que quiere aprender de todos y de todo. Además, me has explicado que al principio no sabías estudiar. ¿Qué hiciste al respecto y cómo influyó esa dificultad en tu trayectoria profesional?

Me he hecho esta pregunta más de una vez. La mayoría de los estudiantes se encuentran con dificultades durante sus estudios, pero me sorprende ver que muchos no hacen casi nada para intentar cambiar esta situación. Suspenden, se atascan, se angustian, piensan que no sirven para estudiar o que el temario es demasiado difícil, pero no suelen preguntarse, ¿y si el problema fuera mi método? En mi caso, si yo no hubiera tenido la magia en mi vida, probablemente no hubiera tenido la actitud necesaria para cambiar mi forma de estudiar. Para avanzar en el mundo de la magia, debes aprender de los mejores. Esto significa tener la disposición de aceptar que la persona que tienes delante sabe cosas que tú todavía no sabes. De hecho, yo aprendí muchísimo de los libros escritos por los grandes magos. Y esto, después, lo trasladé al estudio ya que cuando quise encontrar un buen método, llegué rápidamente a la conclusión que debía preguntar a los mejores estudiantes cómo lo hacían.

Imagino que la magia no sólo te mostró un método de aprendizaje. ¿Qué más te enseñó?

La magia me enseñó también que mejorar es cuestión de observación, práctica y corrección. Si un juego no funciona, no culpas al público. Revisas qué has hecho, dónde se ha roto la atención, qué gesto no ha sido natural o qué detalle ha delatado el secreto. Esta forma de pensar me indicó que si una manera de aprender no funciona, debes poder mirar el proceso con frialdad preguntándote cómo estoy estudiando, cuándo repaso, cómo compruebo si lo sé, si estoy memorizando o sólo reconociendo o si sé explicarlo sin mirar. Por eso, cuando me encontré con dificultades como estudiante, lo viví como un problema que podía estudiarse y mejorarse. Y así empecé a observar lo que hacían los buenos estudiantes, a probar técnicas, a descartar las que no funcionaban y a construir un método propio, pero no basado en intuiciones, sino en práctica, evidencia y resultados.

«La magia me enseñó también que mejorar es cuestión de observación, práctica y corrección. Si un juego no funciona, no culpas al público»

¿Ha influido todo esto en tu empatía hacia los alumnos?

Con el tiempo, esa dificultad ha acabado influyendo muchísimo en mi trayectoria profesional. Haber estado al otro lado, haber oído que no sabía estudiar, me ha ayudado a entender mejor al alumno: sus miedos, sus excusas, sus necesidades y también su frustración. Y me ha enseñado también que cuando explicas conocimiento, debes saber hacerlo accesible. En este sentido, mis propias dificultades han esculpido tanto el método como la forma que tengo de conectar con los demás. Yo no hablo del aprendizaje desde un lugar teórico o distante. Hablo porque lo he vivido, porque me he peleado y porque he comprobado que, con el método adecuado, mucha gente que pensaba que no servía para aprender puede descubrir que simplemente no había aprendido todavía cómo hacerlo.

El sistema educativo actual, LOMLOE lo dice, fomenta poco el esfuerzo y la repetición como herramientas de aprendizaje. ¿Cómo crees que es necesario convencer a la política educativa del país para mejorar la enseñanza?

Creo que aquí debemos ser muy claros. El esfuerzo, la repetición, la memoria, la práctica y la exigencia son herramientas necesarias. No hay sólido aprendizaje sin cierta incomodidad. Y si el sistema educativo transmite la idea de que aprender debe ser siempre fácil, motivador e inmediato, estamos engañando a los alumnos. Aprender cuesta. Y precisamente porque cuesta, necesitas método.

«Si el sistema educativo transmite la idea de que aprender debe ser siempre fácil, motivador e inmediato, estamos engañando a los alumnos. Aprender cuesta»

¿Pero la LOMLOE defiende que cada alumno puede aprender a su manera y que “cada maestrillo tiene su librillo”?

El problema es que entre los profesores pesa mucho la idea de que “cada maestrillo tiene su librillo”. Entonces, aunque expliques a los profesores técnicas de aprendizaje avaladas por la evidencia, algunos no las aplicarán porque confían demasiado en su propio criterio o porque piensan que su forma de hacer ya funciona. Por eso creo que no es suficiente con recomendaciones generales. Habría que establecer unas reglas comunes, sencillas y aplicables, que cualquier profesor debiera incorporar en el aula. Por ejemplo, algo tan simple como empezar cada clase con un pequeño test sobre la clase anterior podría formar parte del checklist de cualquier docente. No habría que convertirlo en un gran examen ni burocratizarlo. Simplemente recuperar el contenido. Hacer pensar al alumno. Obligarle a llevar a la memoria lo que vio el día antes. Sabemos que este tipo de práctica ayuda a consolidar el aprendizaje, y es mucho más útil que limitarse a releer o subrayar.

Yo siempre les preguntaba a inicio de clase lo del día anterior.

Bien, pero yo no cargaría toda la responsabilidad sobre el profesor. Creo que una de las medidas más eficaces sería incluir en el currículo, al principio de curso, una sesión específica de formación para alumnos y familias sobre técnicas de estudio. Una sesión real para aprender a aprender con herramientas concretas: cómo elaborar el temario, cómo memorizar, cómo repasar, cómo planificarse y cómo detectar si realmente se ha entendido algo. Al igual que a principio de curso se hace una orientación sobre lo que se espera del año académico, también deberíamos explicar a alumnos y padres cómo encarar el estudio de la manera más eficiente. Esto descargaría en parte al profesor y, sobre todo, apoderaría al alumno. Porque el alumno debe saber aprender bien, tenga delante el profesor que tenga.

¿Qué debe tener más a gala un buen profesor sobre su especialidad, más pedagogía o más conocimientos al respecto?

Hay personas que tienen un conocimiento valiosísimo, pero que no siempre saben hacer que el otro lo aprenda. Y esto no significa que no aporten valor. Yo he tenido en la carrera a profesores que explicaban cosas muy interesantes, pero que por el volumen de información que debían transmitir no podían cuidar siempre la calidad del aprendizaje y atención de cada alumno. Y a mí me parecía bien, porque después entendía que mi responsabilidad era trabajar ese material, ordenarlo, practicarlo y aprenderlo de verdad.

«Creo que la política educativa debería dejar de buscar grandes eslóganes y volver a algunas ideas básicas: conocimiento, esfuerzo, repetición, memoria, exigencia y método»

¿Qué debería hacer la política para mejorar nuestro sistema de enseñanza?

Creo que la política educativa debería dejar de buscar grandes eslóganes y volver a algunas ideas básicas: conocimiento, esfuerzo, repetición, memoria, exigencia y método. No se trata de volver a una escuela rígida ni negar la importancia de la motivación. Se trata de entender que la motivación a menudo llega después de ver que avanzas, no antes. Y que el alumno sólo construye con autonomía cuando dispone de conocimiento y un método propio para trabajarlo. Si queremos mejorar la enseñanza, debemos convencer a la política educativa de que aprender no es sólo estar expuesto a actividades, proyectos o competencias. Aprender es incorporar conocimiento, recuperarlo, ponerlo a prueba y construir criterio. Y esto exige una cultura escolar en la que el esfuerzo no sea visto como un fracaso del sistema, sino como una parte imprescindible del camino.

Tú luchaste y superaste tus barreras como estudiante. ¿Qué importancia tiene una buena formación académica para desarrollar habilidades de aprendizaje eficaces?

Una buena formación académica es importante, pero por sí sola no garantiza que tengas un buen método de aprendizaje. Puedes pasar por una formación muy exigente y muy bien estructurada y, sin embargo, no haber aprendido realmente a estudiar mejor. En España, por ejemplo, la formación de ingeniero de caminos es muy buena y exigente. Pero es también una carrera que muchos estudiantes dejan. Esto demuestra que una buena formación académica puede ponerte ante un alto nivel de exigencia, pero no necesariamente te enseña por el camino a desarrollar las herramientas para superarla. Dicho esto, sí creo que una buena formación puede plantar la semilla de un buen método. Cuando una formación es completa, seria y exigente, te obliga a enfrentarte a dificultades reales y desarrollar recursos propios para responder a esta exigencia. En este sentido, si aprendes a tomar decisiones, a ordenar el conocimiento, a detectar tus errores y ajustar tu método, esta formación te deja la capacidad de seguir aprendiendo toda la vida.

«Si aprendes a tomar decisiones, a ordenar el conocimiento, a detectar tus errores y ajustar tu método, esta formación te deja la capacidad de seguir aprendiendo toda la vida»

¿Qué dirías que hoy en día se ha borrado de la enseñanza eficaz?

Hoy nos encontramos con que hemos eliminado casi toda la incomodidad del proceso de aprender en la formación académica y, con ella, una parte esencial del aprendizaje. Ahora, con ayuda de la inteligencia artificial, es posible recorrer todo el proceso de estudio sin tomar ni una sola decisión intelectual. Vemos cómo la herramienta de moda te resume, te dice qué es importante e incluso te propone cómo debes memorizarlo. Cometemos el error de delegar en el método y esto tiene consecuencias muy serias a medio plazo, porque aprender es decidir qué es relevante, equivocarse, corregir, ordenar, comparar, priorizar y construir una mirada propia. Por eso, la formación académica debe contener conocimiento, disciplina y exigencia, pero también debe hacer consciente al alumno el método de aprendizaje. Y sobre todo, que no delegue, porque entonces contraerá una deuda cognitiva que tarde o temprano tendrá que pagar.

Estamos en un momento en el que tenemos más pedagogos que nunca en nuestro sistema educativo, pero los indicadores internacionales como PISA, TIMSS y otros muestran unos niveles de enseñanza hundidos. ¿Se necesitan tantos pedagogos en enseñanza y cómo valoras el papel de los docentes en la transmisión del conocimiento y en la formación de cómo aprender?

Diría que no es una cuestión de contar pedagogos, sino preguntarnos qué pedagogía inspira el sistema. La pedagogía es necesaria si ayuda al maestro a enseñar mejor, ordenar los contenidos, detectar dificultades y hacer que el alumno progrese. Pero se convierte en problemática cuando sustituye la enseñanza por un lenguaje vacío, cuando habla mucho de competencias, emociones o metodologías y poco conocimiento, esfuerzo, memoria y exigencia. Los malos resultados en pruebas como PISA o TIMSS no pueden atribuirse a una sola causa, pero sí deberían hacernos pensar. Quizás hemos confundido innovación con mejora, y hemos pensado que cambiar la forma de hablar de la escuela ya era transformarla. Pero la escuela no mejora porque tenga más discursos pedagógicos, sino porque los alumnos aprenden más y mejor.

«Sí necesitamos pedagogía, pero una pedagogía al servicio del conocimiento y del maestro, no una pedagogía que ocupe el lugar del maestro»

¿Cómo crees que debería ser un buen docente al respecto de todo lo anterior?

El papel del docente me parece central. Un buen maestro es, por encima de todo, alguien que sabe cosas y sabe transmitirlas. Es una autoridad intelectual que introduce al alumno en conocimientos que difícilmente descubriría solo. Sin esa transmisión, hablar de aprender a aprender es algo engañoso, porque nadie aprende a aprender en abstracto. Se aprende a aprender aprendiendo matemáticas, lengua, historia, ciencias, música o literatura. Por tanto, sí necesitamos pedagogía, pero una pedagogía al servicio del conocimiento y del maestro, no una pedagogía que ocupe el lugar del maestro. Y necesitamos docentes respetados, bien formados en lo que enseñan y con margen suficiente para hacer lo que da sentido a la escuela: transmitir conocimiento, formar el criterio y ayudar a los alumnos a crecer intelectualmente.

Has trabajado con colectivos diversos como estudiantes, opositores y profesionales. ¿Qué diferencias observas en su forma de aprender?

Los estudiantes de secundaria y universidad suelen desarrollar su propio sistema de estudio. El problema es que a menudo asumen que ese sistema es el correcto. Y cuando no funciona, buscan la explicación fuera: el temario es demasiado difícil, el profesor no explica bien, no tienen tiempo suficiente o directamente llegan a pensar que «no sirven para estudiar». Pero muchas veces no cuestionan que quizás lo que falla no son ellos, sino el método que están utilizando.

Con los opositores ocurre casi lo contrario. Normalmente se ponen en manos del preparador y siguen la metodología que les propone con enorme fe. Esto tiene una parte buena, porque existe estructura, constancia y disciplina. Pero si el método no es el más adecuado, pueden pasar meses o años repitiéndolo sin plantearse si realmente están aprendiendo de la mejor forma.

Y después están los profesionales. En muchos casos, sienten que el aprendizaje les queda lejos. Creen que ya no necesitan un método para aprender o que han perdido esa capacidad que tenían cuando estudiaban. Y eso les lleva a cerrarse puertas: no se atreven con un proyecto nuevo, con una nueva posición, con una herramienta nueva o con un cambio profesional. El resultado es que si no se cuestionan cómo aprenden te dicen tener veinte años de experiencia, pero en realidad tienen un año repetido veinte veces.

En realidad, la diferencia entre estos colectivos no es sólo la edad o el contexto, es sobre todo su relación con su propio método y con el conocimiento. Mi trabajo consiste precisamente en hacer visible este método, ponerlo en cuestión y ayudarles a construir una forma de aprender más consciente, más exigente y más sólida.

«Cuando una persona deja de aprender, se cierra a la sorpresa, al cambio y a la posibilidad de mirar al mundo de una forma distinta»

¿Qué te impactó en el caso del premio Nobel de economía, Daniel Kahneman, y por qué ha influido en tu visión sobre el aprendizaje a lo largo de la vida?

Lo que más me impactó del caso de Daniel Kahneman fue que su último deseo antes de morir fuera aprender algo nuevo. A mí esto me conmueve profundamente. Hablamos de una persona que ya sabía mucho, que había llegado al máximo reconocimiento en su campo, que había cambiado la forma en que entendemos la toma de decisiones, los sesgos y el comportamiento humano. Y, sin embargo, al final de su vida no pedía demostrar nada, ni recibir ningún homenaje más, sino seguir aprendiendo. Este gesto me parece muy potente porque rompe la idea de que aprender es una etapa de la vida. Para mí aprender es una forma de vivir y, de hecho, la curiosidad y el deseo de aprender forman parte de lo que nos hace humanos. Nos acompañan de principio a fin. Cuando una persona deja de aprender, se cierra a la sorpresa, al cambio y a la posibilidad de mirar al mundo de una forma distinta. Aprender es no dar nunca el todo por acabado.

Por último, resulta obvio para todo el que te conoce, que hablas rápido, enérgico y con ilusión. Deseo que sobre todo no pierdas esta última y que nos cuentes tu último proyecto, libro o línea de investigación, y qué impacto esperas que tenga en el mundo educativo.

Nunca debe perderse la ilusión. Creo que todos necesitamos tener un reto todos los días, algo que nos obligue a seguir aprendiendo, mejorando y saliendo un poco de la zona de confort. Ahora mismo nuestro próximo gran reto es llevar el método fuera de nuestras fronteras. Hemos visto que funciona, que ayuda a perfiles muy diferentes y que puede tener impacto más allá de nuestro entorno inmediato. Domésticamente hablando, quiero llevar las técnicas de aprendizaje al mundo del espectáculo. Estoy preparando una obra teatral sobre cómo aprender pensada para toda la familia, a la que puedan venir padres, madres, hijos, estudiantes, profesores o cualquier persona que tenga curiosidad. La idea es que pasen un buen rato, pero que también salgan sabiendo más de lo que sabían cuándo han entrado. Al final, en cualquier formato que planteo, busco que cada persona que entre por mi puerta salga sabiendo aprender mejor. Porque aprender te abre todas las puertas y después eres tú quien decides cuáles quieres cerrar.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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