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  • 23 de abril de 2026
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Un nuevo «Sant Jordi» contra el dragón del analfabetismo

Un nuevo «Sant Jordi» contra el dragón del analfabetismo

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Licencia Creative Commons

 

Ramiro Gil

 

El 23 de abril de 1931, nueve días después de la proclamación de la Segunda República, los libreros de Barcelona consiguieron trasladar la celebración del día del libro, que antes se celebraba el 7 de octubre, para hacerlo coincidir con la fiesta de la Rosa por Sant Jordi. Nació así, al calor del nuevo régimen republicano, la fiesta de Sant Jordi tal y como la conocemos. Un día cultural que desde el primer momento se convirtió en símbolo de la identidad catalana, pero también en jornada de reivindicación de la cultura, la educación y la alfabetización de la sociedad, que siempre ha tenido mucho eco en los centros educativos.

Son testigo de ello algunas portadas de periódicos y fotografías que muestran puestos de libros con escenas de un Sant Jordi que lucha contra el dragón del analfabetismo. En aquellos momentos, un problema muy serio: en 1931, un tercio de la población catalana todavía no sabía leer ni escribir, y la educación universal no estaba garantizada. El nuevo régimen republicano no escatimó recursos para resolver este grave problema, con las reformas educativas del ministro de Instrucción Pública, el radical-socialista tarraconense Marcel·lí Domingo, y con el impulso de las escuelas de la Generalitat republicana. El esfuerzo en la construcción de escuelas, la contratación de docentes y su mejor retribución por dotar a la sociedad de una educación digna es innegable en el espíritu de los legisladores republicanos, que hicieron de la educación una prioridad, a pesar de vivir un momento económico difícil debido al impacto de la crisis de 1929 en nuestro país. Los legisladores republicanos tenían claro que la educación y la cultura eran fundamentales para construir una sociedad libre y democrática, y por tanto, ésta debía ser una prioridad absoluta para la República.

Parece mentira que hoy en día, en pleno 2026, casi un siglo después, hayamos olvidado aquellos valores emancipadores y nos encontremos con unos legisladores que parecen ir en dirección contraria. La inversión en educación ha dejado de ser una prioridad. En vez de poner los recursos necesarios para tener unos centros educativos de calidad y unos docentes bien retribuidos, nos encontramos con datos que muestran cómo los docentes catalanes son los peor pagados de España, con una pérdida de poder adquisitivo de más del 21% sólo en los últimos 15 años. Por si fuera poco, los resultados de las pruebas diagnósticas muestran que Cataluña está a la cola de España en resultados educativos, y nos encontramos con un porcentaje significativo de alumnos que llegan a secundaria prácticamente analfabetos, a pesar de haber pasado por varios años de escolarización. Algo está fallando: un modelo educativo que no es capaz de garantizar la alfabetización a los 12 años no tiene derecho a llamarse sistema educativo.

Y es que las reivindicaciones de los docentes no se quedan sólo en aspectos económicos: somos conscientes de cómo la administración ha fomentado deliberadamente la degradación del sistema educativo y queremos que se revierta. Los planes de estudio (currículos educativos) y las metodologías que se han impuesto en los últimos años parecen diseñados a propósito para que no se aprenda. La imposición en Cataluña de las modas pedagogistas ha vaciado de contenidos los centros educativos para convertirlos en aparcamientos de niños y jóvenes y ha reducido a los docentes a meros entretenedores. Cada vez se recortan más horas de las diferentes materias para realizar actividades y proyectos superficiales que no funcionan, cada vez se regalan más aprobados y títulos a alumnos que no han alcanzado los mínimos exigibles. Los proyectos y la educación por competencias han supuesto un engaño mayúsculo, no sólo para el alumno, sino para la sociedad en general. Poner en el centro la felicidad del alumno, sin exigir un mínimo de esfuerzo y estudio, ha conducido a la devaluación progresiva del nivel educativo. Un modelo de inclusión mal planteado que ha coartado a nuestros niños y jóvenes de su derecho a una educación de calidad. Sólo la labor de resistencia de abnegados maestros y profesores hace posible que en las aulas de nuestro país todavía se imparta un mínimo de conocimientos.

Es triste constatar que, un siglo después, las aspiraciones de la Cataluña republicana siguen pendientes; la evidencia de la realidad de un país que reivindica el día del libro pero donde se lee cada día menos. Un país que siempre ha hecho bandera del espíritu cultural de Sant Jordi, pero al mismo tiempo es líder en fomentar el abandono de los libros de texto, la incultura y la desalfabetización en sus centros educativos. Y lo peor es que no parece haber intención de cambiar el rumbo. ¿No sería ya hora de hacer de nuevo de Sant Jordi una jornada de vindicación de la educación de calidad? Quien suscribe estas líneas considera que sí. No convirtamos Sant Jordi en una anécdota folclórica para aparentar que leemos mucho y somos muy cultos. Seamos coherentes con los valores que predicamos y reivindiquemos desde las aulas un Sant Jordi por la erradicación del analfabetismo de nuestro sistema educativo, porque queremos que nuestros jóvenes lean, estudien, aprendan y salgan de escuelas e institutos con una buena formación. Nunca olvidemos que una sociedad culta y formada es una sociedad libre, y que una sociedad que abandona a las futuras generaciones en la incultura está abocada al abismo.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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