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- 30 de abril de 2026
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La escuela inclusiva: ¿un experimento fallido?

¿Alguien se atrevería a construir un puente de Barcelona a Mallorca y después dejarlo a medias por falta de presupuesto? / Foto creada mediante IA.

Josep Oton
Se atribuye a la antropóloga Margaret Mead una anécdota respecto al inicio de la humanidad. Cuando se le preguntó sobre el primer signo de civilización, se esperaba que hiciera referencia a algún utensilio, técnica o manifestación artística. En cambio, su respuesta no fue ninguna herramienta, sino un fémur fracturado y curado. Este hueso soldado indicaba que alguien ayudó una persona vulnerable a sobrevivir y a recuperarse, en lugar de abandonarla y dejarla morir. Este resto paleontológico señala el nacimiento de la cooperación y de la ética del cuidado, que, a su vez, marcan el comienzo de la civilización humana.
Actualmente, la preocupación por quienes padecen especiales dificultades en la vida es un signo evidente del progreso moral de nuestra sociedad. El sistema educativo se hace eco de esta sensibilidad hacia los más vulnerables, de aquí que nadie discuta el derecho, no solo a recibir los cuidados necesarios, sino, también, a acceder a la formación académica que permite el desarrollo como persona y como ciudadano.
Ahora bien, por más que el acuerdo respecto a escolarizar al conjunto de la población, incluidos quienes manifiestan alguna discapacidad, sea absolutamente unánime, no existe el mismo consenso para determinar cómo hacerlo.
Pronto hará diez años de la aprobación en Cataluña del decreto de la atención educativa al alumnado en el marco de un sistema educativo inclusivo. El criterio básico defendido en esta norma es el siguiente: todos los alumnos deben estar escolarizados en centros educativos ordinarios y, excepcionalmente, las familias pueden solicitar la escolarización de sus hijos en un centro de educación especial.
Esta excepcionalidad de los centros de educación especial y la voluntad de atender al alumnado con necesidades educativas particulares en los centros ordinarios se ha convertido en el gran caballo de batalla. Mientras unos consideran que promover la educación especial es defender un sistema segregador, otros denuncian que atender la amplia diversidad en una misma aula es inoperativo e, incluso, contraproducente. Tal vez se pretenda derivar el debate al terreno de los dilemas éticos, pero, de hecho, se trata de una cuestión metodológica que hay que evaluar.
Después de diez años, los resultados deberían certificar la conveniencia, o no, del modelo adoptado. Sin embargo, ¿se están realizando los estudios pertinentes parar saber cómo ha funcionado la escuela inclusiva? ¿Disponemos de evidencias que demuestren si el alumnado con necesidades especiales está mejor atendido en los centros ordinarios?
Cuando se plantean estas preguntas a menudo la respuesta es la misma: la idea es correcta, pero faltan recursos. Aun así, si una idea es buena sobre el papel, pero no lo es cuando se lleva a la práctica, seguramente la razón simplemente es que la idea no es tan buena porque es irrealizable. Decir que la realidad no se adapta a la idea implica defender un idealismo ingenuo o, peor aún, totalitario.
¿Alguien se atrevería a construir un puente de Barcelona a Mallorca y después dejarlo a medias por falta de presupuesto? ¿No acusaríamos a los políticos de derrochar recursos y expectativas? ¿No pensaríamos que nos están vendiendo una idea brillante para salir a las portadas de los periódicos? ¿No consideraríamos que se trata de una fake news? Empezar un proyecto sin los recursos necesarios es una temeridad, una irresponsabilidad y un fraude.
Quizás la escuela inclusiva sea un anhelo colectivo ciertamente admirable, pero, tal vez, poco viable. A menudo aplicamos en la enseñanza ideas insostenibles en otros ámbitos. ¿Alguien se imagina transformar los Centros de Atención Primaria en Centros Médicos de Atención Integral donde se practiquen tratamientos clínicos mientras se cierran los hospitales? ¿Alguien piensa en una academia de idiomas donde, para fomentar la fraternidad internacional, se estudie en la misma aula catalán, inglés, francés, alemán y chino? ¿O un entrenador que tuviera que preparar a la vez y en la misma pista deportiva a los jugadores de fútbol, baloncesto, rugby y balonmano? Una cosa son las ideas y otra, la realidad. Nuestros alumnos merecen ser atendidos según sus necesidades, no según principios teóricos diseñados en un despacho.
El hecho es que, diez años después de imponerse una metodología pedagógica que ha modificado sustancialmente el modelo educativo, nadie está satisfecho porque no ha funcionado como se esperaba. Los docentes están desbordados y el alumnado no está bien atendido, ni unos ni otros. Tanto esfuerzo no ha servido para mucho. Los niveles han bajado. Las familias están descontentas.
Muchos piensan que, invirtiendo más recursos, todo iría mejor, o no. Quizás, el problema no sea solo de financiación, sino de viabilidad del modelo. Por lo tanto, urge evaluar la opción metodológica de la escuela inclusiva y rectificar si hace falta.
Mientras tanto, el sistema está naufragando y muchos niños y jóvenes no reciben la atención que necesitan y merecen, porque nos obstinamos en defender una idea, no unas personas.
Fuente: educational EVIDENCE
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