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- 11 de mayo de 2026
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Ignacio Castro Rey: «Es urgente una nueva alianza cultural, económica y militar»

Entrevista a Ignacio Castro Rey, filósofo. / Foto: cortesía del autor

Ignacio Castro Rey, filósofo, crítico de cine y de arte, activista y conferenciante incansable, ha publicado Antropofobia. Inteligencia artificial y crueldad calculada (Pre-Textos, 2024), Sexo y silencio (Pre-Textos, 2021) y En espera (LaOficina, 2021), entre muchos otros.
¿Qué son la Antropofobia y el Transhumanismo? ¿Son la misma cosa?
Ambos fenómenos tienen al menos una evolución paralela. La técnica es tan antigua como la humanidad, tal vez como la misma tierra, puesto que los animales siempre la han usado. La tecnología contemporánea es otra historia. Acelerada a mediados del s. XX, surge como un plexo continuo que aprovecha el trasvase de la población a grandes metrópolis para inyectar la esperanza de una solución al tormento del «factor humano», a su inestabilidad patológica y a los incesantes dilemas morales que plantea. Primero fue la «doctrina de la separación» (Steiner), con respecto al virus de la tierra y sus pueblos, que funda EE.UU. como un moderno Israel elegido por Dios. Con la IA y su antecedentes, la tecnología intenta más tarde llevar la separación al corazón del sujeto, desligando la inteligencia de lo que sea corazón, cuerpo y afectos. Se busca así una inteligencia que no dependa de la experiencia, sino de una élite que maneja información privilegiada. Después, el transhumanismo y en el poshumanismo expanden el sueño de romper definitivamente con lo común a la condición humana.
«Con la disculpa de abandonar el antropocentrismo, los gurús de la tecnología quieren en realidad romper con lo que la existencia común encarna de inteligencia y moralidad»
Con la disculpa de abandonar el antropocentrismo, los gurús de la tecnología quieren en realidad romper con lo que la existencia común encarna de inteligencia y moralidad, hermanada entre los hombres y con todas las criaturas. De lograrse el plan, felizmente imposible, sería el fin de todo límite moral a los planes del Estado-mercado. No es casual que el surgimiento del transhumanismo y el poshumanismo, de pretensiones tan traslúcidas, coincida en el tiempo con genocidios oscuros que apenas habíamos conocido. No sabemos incluso si las perversiones sexuales y la pornografía, que hoy lo inundan todo, no serán formas de defensa desesperada de una intimidad personal que tiene que huir hacia dentro, acosada por doquier.
¿Cómo es esa “vanguardia celeste” que denuncias en Antropofobia? ¿Cuáles son su ideología y sus objetivos?
De Kurzweil a Bezos, las cabezas que lideran los planes tecnológicos son, en cuanto a la vieja vida, de un pesimismo tétrico. Querrían unas poblaciones entregadas a una vanguardia intocable, en parte porque según ellos los viejos sentimientos, intuiciones y costumbres, ya no sirven. Esta es una cuestión clave en los nuevos planes tipo la Agenda 2030: la inteligencia que se alimenta de la vida, de la voluntad de resistir, de la cólera o la indignación moral ante tal o cual presión externa, debe dejar paso a una interactividad global que parte de lo que se ha llamado interpasividad. Tal vanguardia celeste siempre tiene en mente la promesa de un mañana que confirma el imparable proceso al que debemos rendirnos. Una y otra vez se dice: «Esto no ha hecho más que empezar».
Las tecnologías de la información se hallan todavía en una fase temprana, se nos asegura. Promesa que, curiosamente, se asienta en el erial (precariedad laboral, inestabilidad psíquica, guerras) en que hemos convertido el presente, un páramo antropológico que la tecnología y la macroeconomía se han encargado de acentuar. Y no precisamente debido a la contaminación de los combustibles sólidos, sino por una liquidez informativa que nos prohíbe, de hecho, sentir y pensar por cuenta propia. «Guardaos de confiar en vuestros sentidos», dice cualquiera de estos últimos sabios ilustrados. La intuición popular es para ellos (también según Harari) un insulto, pues implicaría que nadie les necesita para existir y pensar.
¿Qué es el Sur?
Es una forma de nombrar un orbe de inteligencia y valores donde sigue primando los afectos, comunitarios e individuales, los sentimientos y la experiencia. Y esto, en México y en Italia, muy al margen de la conectividad mórbida que resulta del aislamiento inyectado por el dogma angloamericano. Este «sur» puede y debe incluir no sólo a países de la cuenca mediterránea, sino también a Latinoamérica, China, buena parte del mundo eslavo y musulmán, que todavía resiste al enfriamiento antropológico que ha sido impuesto por lo que algunos llaman «anglosionismo».
Es urgente una nueva alianza cultural, económica y militar, de las naciones históricamente ajenas al odio norteño hacia la tierra para que la tecnología pueda ser usada de otra forma. Se supone que los BRICS podrían ser un esbozo de esa alianza. O no, ya se verá. Lo que nadie sabe es qué pintaría Europa en el orden multipolar que se abre, dada la servidumbre europea al autismo de la arrogancia estadounidense.
¿Cómo es la vida humana y cómo puede dejar de serlo?
Entiendo que no puede dejar de serlo, que nunca va a «dejar de serlo». Y ello porque no depende de nosotros, que somos quizá una especie particularmente dudosa. Los humanos se alimentan de una vida exterior y mortal, una existencia terrena que no pertenece a nuestros planes, por geniales que estos sean. Estaríamos muertos como seres vivos, inteligentes y sintientes, si dejáramos de depender de un afuera que no es nuestro, ni histórico ni moderno. Fijémonos en que todo lo importante en la vida (de amar a descansar, de cavilar a comer) lo hacemos encorvados, destituyendo momentáneamente la orgullosa posición erguida. Cualquier inteligencia, cualquier percepción significativa se alimenta de algo que está a ras de suelo y no nos pertenece. Somos inteligentes en virtud de los errores, de las deformaciones que nos forman.
«La IA Generativa no es criticable por sus defectos circunstanciales, sino por su voluntad estructural de perfección»
Partiendo de esta verdad común, la IA Generativa no es criticable por sus defectos circunstanciales, sino por su voluntad estructural de perfección. La lisura, el diseño ligero y elegante de un móvil o una tableta están calculados para sugerir una pulcra fluidez libre de mugre y sangre. Ya solamente esta pretensión limpia, en un orbe ahíto de dolor y de grietas, es en sí misma despiadada, por no decir insultante. Lo común a la humanidad, y posiblemente a todas las criaturas, es una relación casi inconfesable con el miedo y el denuedo, también con éxtasis del asombro. En tal sentido, en cuanto al papel cognitivo de las pasiones, las religiones siempre han tenido razón. Conseguir que la tecnología no se ponga al servicio del totalitarismo liberal depende de que logremos o no recuperar una espiritualidad que es anterior a cualquier invención tecnológica. Sólo la escandalosa ignorancia y pesimismo de los gurús de la IA permite creer que la «Singularidad» depende de una ruptura con la existencia ancestral, para pasar a las redes que una élite ingrávida tiene en sus manos. Por el contrario, hoy más que nunca, la singularidad humana depende de que sepamos regresar a nociones y valores atemporales. Que es por otra parte lo que sugieren los clásicos de la literatura, del arte, el cine y la filosofía. Incluso, cuando hay una investigación radical y honesta (Heisenberg o Gödel, entre otros), lo que indican las cumbres de la ciencia.
¿Cómo ves la izquierda española actual?
Rendida, sobre todo espiritualmente. Lo menos preocupante sería su corrupción económica, que sus líderes tengan sueldos de escándalo o que usen sin cesar las puertas giratorias que están al servicio de los partidos. Lo más deprimente es que la izquierda ya no crea en el pueblo, exactamente igual que la derecha no cree en Dios. Las dos nociones, no lo olvidemos, son metáforas del Afuera. Que la izquierda no apueste por la realidad popular, a la fuerza sucia e irregular, y se pase la vida girando en una ficción elitista que prolonga los hábitos más urbanitas, no puede augurar nada bueno. Esto puede tener relación con un colaboracionismo profundo del progresismo con el sistema, con un neocapitalismo que tiene en el odio al exterior real su eje. Todas las agresiones, crímenes y genocidios que en los últimos años ha perpetrado la derecha han sido acompañados, precedidos incluso por una campaña de demonización (Venezuela, Irán) que ha capitaneado la izquierda. Hay barbaridades (entrar en la OTAN, reventar Yugoslavia) que sólo la izquierda puede capitanear, al menos en los países sureños. ¿No nos conviene repensar este papel siniestro del progresismo, aunque este pensamiento estratégico salga fuera de la agenda electoral?
¿Cómo tendría que ser nuestro sistema educativo para que propiciara una reactivación democrática?
¿Cómo tendría que ser nuestra reactivación democrática para que propiciara otro sistema educativo? Tal vez menos servil de la insularidad norteña, menos tecnocrático y antihumanista. Es posible que sea urgente invertir el veneno puritano que ha inoculado el imperio angloamericano, incluso bajo el manto de los estudios culturales y decoloniales. Los pensadores trascendentalistas, ignorados hoy por «América» y el Occidente global, insistían en una libertad natural, yacente en individuos y comunidades, que debe ser anterior a cualquier libertad civil instituida. Para que la democracia recupere su vitalidad, real y popular, hay que limitarla con una vida que no es democrática: nadie ha elegido nacer, tampoco su nombre ni su carácter…
«La izquierda que viene será teológica y populista o no será»
Si a la dictadura se le opone la democracia, a la democracia se le opone la verdad. Y las verdades jamás pertenecerán a la historia, a la sociedad o a una normativa exclusivista de «derechos humanos». Las verdades brotan de vivencias casi secretas que discurren por debajo de cualquier régimen político. O limitamos la sacrosanta democracia, para que atienda a una existencia que jamás pertenecerá a la historia, o estamos abocados a un totalitarismo redoblado que sufrirán nuestros pueblos. Y no sólo en Palestina o Cuba, también en las poblaciones europeas que están bajo la burocracia de la UE. La izquierda que viene será teológica y populista o no será. Después de Gaza, creo que debemos de ser así de tajantes.
¿Cómo ves nuestra ciencia y nuestra universidad? ¿Cuáles son sus fuertes y sus peligros?
¿Dónde está la ciencia y la investigación arriesgadas, libres de su servidumbre al poder económico, a los Estados, al negocio espectacular de la comunicación? Nadie sabe qué queda de aquella ciencia revolucionaria que reclamaba Thomas S. Kuhn. De modo similar, es posible que el peligro de la Universidad sea su autismo institucional, el circuito cerrado de su arrogancia. La universidad se ha convertido en un lugar aburridísimo y burocratizado, instalada en una endogamia que se nutre, una vez más, de una normativa dictada por los que dominan la cultura en Occidente. Seguro que quedan excepciones de vitalidad, islotes personales e institucionales, pero me temo que son «habas contadas». Aunque no hay que ser por completo pesimistas, pues todas las verdades han venido de fuera, de los que consideramos intrusos.
«Es posible que el peligro de la Universidad sea su autismo institucional, el circuito cerrado de su arrogancia»
¿Cuáles son tus proyectos ahora mismo? ¿Qué escribes, qué lees, qué tramas?
Primero intento sobrevivir, con cierto humor, calma e ingenuidad, a estas democracias entregadas a un conductismo masivo y rizomático. Ni los amigos buscan ya otras fuentes de información, casi todas prohibidas. No digamos ya sentir y pensar en silencio, a solas, que es algo completamente distinto a la información. Derivado de este imperativo vital, está terminado Los odios y los días, un libro sobre la religión que pronto estará en las librerías. Y está casi listo otro de estética, El clamor de lo feo, que espera su turno pare el invierno próximo. Por en medio hay mil pequeñas cosas, pues la verdad es que casi nunca digo que no a nada que se me ofrezca. Proyectos no faltan, como ves. El problema de fondo es el humus vital en el que se asientan, de algún modo cada día más cercado. Siguiendo a Heidegger, diría: «Sólo un dios puede salvarnos todavía».
¿Qué ensayistas vivos recomendarías y por qué?
La derrota de Occidente, de E. Todd, me pareció soberbio hace más de un año. Y antes el Manifiesto conspiracionista (anónimo). Y después Los engreídos, de Sahra Wagenknecht. Los tres libros han sido ignorados por el público progresista, que está bastante conformado al estado actual de cosas y tiene además la piel muy fina. Seguro que hay muchos otros autores vivos que no conozco. Bobin, tachado de cursi por algunos académicos, me parece imprescindible. Murió hace poco… pero lo siento vivo, atrevido e impredecible; un hombre libre en este burdel nuestro, minuciosamente regulado.
Todavía vive Handke, ensayista y escritor al que le debo muchas horas en el límite. Y así podría citar cien nombres más. Pero debemos tener en cuenta que, a pesar de ser prisioneros de lo que Weil llamaba «superstición de la cronología», todavía siguen vivos muchas y muchos pensadores que han desaparecido. Alan Watts e Illich, por poner sólo dos ejemplos, están mucho más vivos que el mediocre Markus Gabriel. Por encima de todo, valoro infinitamente a Agamben. Su mezcla de apocalipsis histórica y confianza mesiánica me parece impagable, sobre todo en estos tiempos de obediencia mayoritaria. Para mí su mejor libro, La comunidad que viene, permite una reconciliación con la vulgaridad, con el destino fatal de no ser nadie, hagas lo que hagas, que es inmensamente beneficiosa. El hecho de que la filosofía académica, desde sus aburridas rutinas foukantianas, odie en pleno a Agamben me parece el mejor de los presagios.
Fuente: educational EVIDENCE
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