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- 15 de mayo de 2026
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¿Hay algún geógrafo en la tertulia nuestra de cada día?

Imagen creada mediante IA.

Albert Pérez Bea
¿Puede un alumno terminar el bachillerato sin saber qué fueron la Revolución Industrial, la Francesa o la Rusa? Rotundamente no. Otra cosa es con qué profundidad y qué saberes y competencias, en el marco -absurdo- de la pedagogía normativa. Los profesores de historia, al menos en 4º de ESO y en 2º de bachillerato, pueden haber dedicado semanas enteras a estas cuestiones, especialmente si ponían pasión, sin dejar de cumplir escrupulosamente el temario oficial.
Ahora bien, ¿puede un alumno de este mismo bachillerato llegar a la universidad sin saber ubicar los países del G-20 en un mapa, o sin entender una pirámide de población y sus consecuencias sobre el futuro de las pensiones? Aquí la respuesta es, con una naturalidad casi espontánea, común, rotundamente sí. En una época en la que cualquier teléfono con Google Maps puede decirnos cómo llegar a cualquier lugar del planeta, parece que saber dónde se encuentran estos lugares se ha convertido en un detalle accesorio, casi ornamental.
Y no es casualidad. La geografía —aquella disciplina que conecta espacio, sociedad y economía— lleva años ocupando un lugar residual en el bachillerato, a menudo relegada a optativa dentro de itinerarios cada vez más orientados a una supuesta utilidad inmediata. Los geógrafos, una especie ya minoritaria, observan esta tendencia con una mezcla de resignación e ironía: mientras se proclama el auge de la tecnocracia y de los estudios “con más salidas”, se sigue ignorando que la geografía ofrece, precisamente, herramientas clave para entender el mundo complejo –y laboral– en el que vivimos. De hecho, quizás lo más sorprendente no es que haya pocos graduados, sino que, sin embargo, prácticamente todos acaban encontrando su sitio a los pocos años. Quien lo iba a decir: resulta que entender el mundo todavía sirve para algo.
Cuando algún alumno de ESO y Bachillerato ha de estudiar geografía siempre piensa en lo mismo: países, capitales, montañas, ríos etc., como una colección de nombres a aprender en plan enciclopédico. Cuando un profesor de Geografía piensa en impartir su asignatura, lo mejor posible y normalmente con la historia conjuntamente, casi siempre se da cuenta de que hay más rechazo por esta concepción academicista de su asignatura, donde los aspectos “humanos” se dejan más bien para la historia. Se trataría, de buena fe y sin dogmas, de recuperar para la geografía esta visión motivadora y entusiasmante que tiene saber que, sin ella, prácticamente no se puede comprender ninguno de los problemas que marcan la compleja agenda informativa actual.
Por eso, quisiera llamar la atención antes de continuar: ¿tiene el lector (gracias de paso) de este artículo ahora mismo en la cabeza un solo geógrafo presente en el país de la «tertuliología»? Piense un poco… Adelanto la respuesta al final del mismo aventurando que mientras sigue leyendo esta línea todavía no ha encontrado ningún nombre… Sí. Resulta difícil encontrar entre los tertulianos y sabelotodo que inundan las parrillas televisivas y el inframundo de las redes un solo geógrafo del país que sea conocido, ¡popular! Reto de nuevo a los lectores a mencionar uno antes de terminar este artículo… Unos kilómetros arriba, sin embargo, Pirineos allá, todo cambia. En las tertulias televisivas de la República Francesa -hablar del nivel sería motivo de otro artículo-, aparecen regularmente geógrafos entre políticos, historiadores, abogados, periodistas o economistas. Lo mismo en el mundo anglosajón, y en Italia, países donde el sistema educativo ha reservado un papel importante en el estudio de la Geografía en sus College, Lycée o Licei Umanistici ocurre lo mismo. Los geógrafos y la geografía son tenidos en cuenta en cualquier debate de importancia allende los Pirineos. Que no son pocos en la actualidad. Geopolítica, crisis climática, energética, demografía, política alimentaria, los recursos hídricos… y continuaría hasta el paroxismo: todas las cuestiones candentes de este siglo XXI tienen sí o sí una vertiente ineludiblemente «geográfica». En este país, pues, se habla de todo y nada sobre el mundo sin ubicar nada en su lugar ni acudir al geógrafo de guardia.
El caso de Francia: Christophe Guilluy, el provocador
En la geografía del siglo XXI podemos distinguir dos grandes esferas de influencia: la académica y la intelectual pública. La primera está encarnada por figuras como David Harvey, Nigel Thrift o Michael Goodchild, que han transformado su disciplina desde dentro. Harvey ha renovado la teoría urbana y la crítica del capitalismo; Thrift ha introducido perspectivas culturales y post representacionales; y Goodchild ha definido la ciencia de la información geográfica (GIScience). Su producción es metodológica, teórica y sobradamente citada en el ámbito universitario global.
En paralelo, pensadores como Emmanuel Todd y Christophe Guilluy, en Francia, han influido poderosamente al debate territorial, aunque operan fuera de la academia. Todd interpreta los sistemas familiares y culturales como claves geoestructurales de la política contemporánea, mientras que Guilluy ha popularizado la idea de la Francia periférica, que simboliza la fractura entre las metrópolis globales y los territorios olvidados.
Así, mientras los primeros definen el progreso científico de la geografía, los segundos moldean su percepción pública y política. La interacción entre estos dos polos —rigor analítico y fuerza narrativa— revela que el pensamiento espacial de nuestro tiempo no sólo se escribe en las universidades, sino también en los márgenes del debate social y cultural.
En el debate intelectual francés contemporáneo sobre territorio y sociedad, tres figuras destacan por su influencia y divergencia: Christophe Guilluy, Emmanuel Todd y Jacques Lévy. Cada uno de ellos ofrece una forma particular de entender las transformaciones sociales y espaciales de la Francia actual, y el contraste entre ellos refleja tensiones más amplias dentro de las ciencias sociales. Un país, Francia, en eterna discusión consigo mismo y que por la estructura cartesiana que linealmente gobierna el país hace dos siglos, es inimaginable que no dé la importancia debida a la geografía. En el debate público francés siempre hay un geógrafo de guardia que tiene éxito en las librerías y que a los «todólogos» de nuestras tertulias les dejaría como lo que son la mayoría. El adjetivo que iría aquí lo dejo a gusto del lector.
Guilluy se ha hecho popular por su tesis de la «Francia periférica«, según la cual «la fractura territorial estructura hoy la fractura social». Esta idea plantea una oposición entre las grandes metrópolis globalizadas (que en Francia significa París y para de contar) y una periferia formada por clases populares desplazadas. Su discurso, directo y accesible, ha tenido un gran impacto mediático y político, especialmente en la interpretación de movimientos como los chalecos amarillos. Sin embargo, muchos académicos critican que su visión «simplifica una realidad mucho más compleja» y que reduce la diversidad territorial a una dicotomía demasiado rígida.
Por el contrario, Todd ofrece una lectura de largo plazo. Su afirmación de que «las estructuras familiares explican las ideologías» sintetiza su enfoque: comprender la sociedad a partir de patrones culturales y demográficos profundos. El territorio, en este marco, no sólo es un espacio económico, sino el reflejo de historias largas y persistentes. Todd ha sido capaz de formular hipótesis provocadoras -como la predicción de la caída de la URSS 10 años antes de que esto ocurriera-, pero también ha sido criticado por algunos por «generalizaciones arriesgadas» y una metodología heterodoxa.
Por último, Lévy representa una geografía académica más formal y rigurosa. Su idea de que «el espacio es una construcción social compleja» resume una visión basada en redes, movilidades e interacciones. Rechaza las oposiciones simplistas como centro/periferia y defiende que «la globalización multiplica las formas de habitar el mundo». Desde esta perspectiva, crítica abiertamente a Guilluy, a quien acusa de construir “un relato más ideológico que científico”.
En conjunto, estos tres autores muestran tres formas de entender el mundo contemporáneo: Guilluy, con un relato potente pero simplificador; Todd, con una explicación estructural e histórica; y Lévy, con un análisis complejo y relacional. La tensión entre ellos ilustra un debate central: cómo interpretar las transformaciones territoriales sin perder ni el rigor analítico ni la capacidad de explicar la realidad social vivida. Escuchemos algunas frases de Guilluy, “el provocador” -aquí sería cancelado como ‘facha’ y debate concluido sin empezar, que ya nos conocemos….
- “La Francia periférica es la Francia mayoritaria, pero invisible para las élites”.
Resume su idea central: la mayoría social vive fuera de los circuitos de poder y representación.
- “Las clases populares han sido expulsadas de las metrópolis”.
Una fuerte formulación para describir procesos de gentrificación y exclusión territorial.
- «El modelo multicultural funciona sólo para las clases dominantes».
Muy controvertida porque critica frontalmente el discurso dominante sobre diversidad.
- “Las élites viven en un mundo que ya no es el de la mayoría.
Aquí ataca directamente la desconexión entre dirigentes y población.
- “La globalización ha creado una sociedad dual”.
Y aquí es donde le dicen de todo porque afirman sus críticos que justifica el voto visceral de los afectados por la globalización, la deslocalización y los recortes.
Idea clave de su pensamiento: ganadores urbanos vs perdedores periféricos
Estas frases explican por qué tiene tanto impacto: son claras, contundentes y fáciles de movilizar políticamente, pero al mismo tiempo son criticadas por muchos académicos porque condensan demasiado la realidad en eslóganes.
El pensamiento de Christophe Guilluy se ha convertido en una de las aportaciones más discutidas del debate social europeo de las últimas décadas. En obras como La Francia periférica y No Society: el Fin de la clase media occidental, Guilluy defiende que la globalización ha generado una fractura profunda entre las grandes metrópolis –integradas en circuitos económicos globales– y una “periferia” social formada por clases populares expulsadas de los centros urbanos y de los beneficios del crecimiento.
Según su tesis, estas clases han perdido peso económico y también representación política, lo que explicaría fenómenos como el auge del populismo o revueltas como la de los “chalecos amarillos”. Guilluy sostiene que las élites urbanas viven cada vez más desconectadas de esta realidad y que el relato dominante invisibiliza a estos sectores sociales.
Sin embargo, estas ideas han generado una fuerte controversia. Varios académicos han criticado su enfoque por simplificador. El geógrafo Jacques Lévy ha calificado el concepto de “Francia periférica” como un “mito”, argumentando que reduce una realidad territorial mucho más compleja y le reprocha cierta debilidad metodológica: uso selectivo de datos y predominio del ensayo interpretativo sobre el análisis empírico riguroso. Además, su noción de “inseguridad cultural” ha sido especialmente controvertida, puesto que algunos críticos consideran que puede alimentar lecturas políticas vinculadas a discursos identitarios o antiinmigración.
Pese a estas críticas, Guilluy ha tenido un eco mediático notable, muy superior a su reconocimiento académico. Medios internacionales han utilizado sus ideas para interpretar el malestar social en Occidente, y analistas como David Goodhart han reconocido que fue de los primeros en identificar la fractura entre “ganadores” y “perdedores” de la globalización. Guilluy es una figura incómoda pero influyente. Su éxito radica en la capacidad de formular un relato claro y provocador sobre una fractura real, aunque a menudo al precio de simplificarla. Más que un autor definitivo, se ha consolidado como un punto de partida imprescindible para entender los debates contemporáneos sobre desigualdad, territorio e identidad. Sin embargo, este éxito también revela una paradoja: en un ecosistema mediático saturado de análisis complejos, triunfan a menudo las explicaciones más limpias y reconocibles. Guilluy ofrece un relato fácilmente transmisible, casi periodístico, que encaja bien con la lógica del debate público. Quizá por eso genera tanta adhesión como rechazo. Al fin y al cabo, si la realidad es confusa, siempre hay quien prefiere un buen mapa simplificado, aunque a veces se parezca más a un esbozo que a un territorio.
¿Recuerdan, ahora sí, algún geógrafo asiduo a las tertulias televisivas y que genere debate público al sur de los Pirineos? Porque, ahora sí, aunque no siempre se cite explícitamente, muchas ideas que vemos en debates españoles como, la “España vaciada”, la “fractura territorial” y las “élites urbanas vs periferia” tienen una clara inspiración en Guilluy (o paralelismos directos con su “Francia periférica”).
Pregunto, cuando se habla de los problemas de la red ferroviaria, ¿sabe alguien quién es Josep Vicent Boira? Del cambio climático, ¿alguien es capaz de mencionar a otro que Javier Martín Vide -y ni así? Y, finalmente, ahora que todo es geopolítica, ¿hay en el debate público nacional algún geógrafo político con una popularidad, en el sentido ancho de la palabra, de Guilluy o Todd en la vecina república del otro lado de los Pirineos?
Es sorprendente comprobar que, en plena era de satélites y GPS, el conocimiento geográfico sigue siendo casi una especie en extinción: en una encuesta reciente, una proporción significativa de estudiantes no sabía situar a países básicos en un mapa, pero sí indicar con precisión quirúrgica donde queda la cafetería más cercana a través de Google Maps. Quizás no sabemos exactamente dónde está Moldavia, pero eso sí — podemos llegar a ella siguiendo una línea azul con confianza absoluta. ¿Quién necesita geografía cuando tienes la batería al 100% y cada vez más redes de roaming low price? Posiblemente algún lector sagaz habrá recordado algunos de los nombres citados y posiblemente a otros que no he mencionado aquí. Mientras tanto, podemos seguir sin saber situar a medio mundo en el mapa, pero tranquilos: siempre nos quedará algún best-seller de Tim Marshall (*) para recordarnos que el mundo, efectivamente, existe.
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*: Tim Marshal, autor de best sellers mundials com On the Map o Prisoners of Geography
Fuente: educational EVIDENCE
Derechos: Creative Commons