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  • 28 de abril de 2026
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Las evidencias en educación según López Rupérez

Las evidencias en educación según López Rupérez

El profesor y expresidente del Consejo Escolar del Estado, Francisco López Rupérez. / Foto: Toni Hernández-Fernández

 

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Antoni Hernández-Fernández

 

El presente artículo es una síntesis basada en la ponencia del experto Francisco López Rupérez sobre el valor de las evidencias en el ámbito educativo. Su presentación tuvo lugar en el marco del I Fórum de Académicos por las evidencias educativas (cuyo programa e información detallada pueden consultar en https://fundacioepisteme.cat/forum2026/programa/) en el que tuve el placer de participar en una mesa redonda final de análisis y debate.

Como por motivos de agenda ya no estaba presente el ponente en la sala, aprovecho estas líneas para realizar una síntesis libre y añadir algunos apuntes personales. Sirva como carta abierta. A través de su exposición, López Rupérez articuló y defendió la urgente necesidad de transitar de un modelo educativo basado en inercias, ideologías y creencias, a menudo sin rigor científico más allá del ‘a mí me funciona’, a uno fundamentado estrictamente en la ciencia y los datos empíricos.

 

Aclarando el concepto de «evidencia»

Para abordar adecuadamente este debate, López Rupérez empezó, con acierto, presentando un obstáculo terminológico. La lingüística al rescate. Advirtió que, en español, la palabra «evidencia» és un «falso amigo» respecto al término anglosajón “evidence”. Mientras que la RAE  define evidencia como una «certeza clara y manifiesta de la que no se puede dudar», Rupérez aclaró que en el ámbito de la ciencia y la investigación (apoyándose en diccionarios como el de Cambridge o el de Oxford), el término se refiere en la cultura anglosajona, de forma más laxa, al conjunto de razones, hechos o información que respaldan la validez de una proposición. Se abre la rendija de la duda. Por ello, destacó que en el contexto europeo se ha optado por hablar de una «Educación informada por evidencias» (Pellegrini & Vivanet, 2020), un enfoque que, por ende, trasciende lo puramente experimental para incluir metodologías cualitativas, y mixtas, a la hora de orientar las políticas y la práctica docente. Hace tiempo, en una conversación con Héctor Ruiz Martin, recuerdo que me decía que se suele preferir hablar de ‘Educación Basada en Pruebas Científicas”, para evitar cualquier resquicio de duda sobre el origen, la calidad o validez de la evidencia, o perderse en disquisiciones lingüísticas.

 

Inspirado en la Medicina

Durante su intervención, López Rupérez situó el origen del movimiento educativo de la Educación Basada en Evidencias (EBE) a finales del siglo XX (con mención explícita a pioneros como David H. Hargreaves), y cómo encontró su principal referente en la denominada Medicina Basada en la Evidencia (MBE). Se trata, sin duda, del tránsito propio de disciplinas precientíficas a científicas,  de un cambio de paradigma kuhneano, algo que también ha sucedido con la psicología o la lingüística. El profesor López Rupérez expuso que la MBE se entiende como el «uso consciente, explícito y juicioso de la mejor evidencia actual» (Sackett et al., 1996).

Tal y como ilustró, al igual que la medicina clasifica la solidez de sus hallazgos en distintos niveles, desde los rigurosos metaanálisis hasta las opiniones de expertos (Tenny & Varacallo, 2025), la educación debería buscar establecer un marco similar.  El objetivo que plantea es claro: identificar con rigor qué prácticas logran realmente resultados deseables y, también, en la otra cara de la moneda, cuáles previenen consecuencias indeseables (Kvernbekk, 2016).

 

Los porqués de una Educación Basada en Evidencias

Para justificar este cambio de paradigma en la educación, López Rupérez esgrimió tres motivos fundamentales, ya contemplados en algunos artículos previos:

  1. La complejidad del contexto: El ponente argumenta que, a medida que los sistemas educativos se vuelven más complejos, su gobernanza exige convertirse en una actividad cada vez más intensiva en conocimiento (apoyándose en Burns & Köster, 2016).
  2. El declive de los resultados: Rupérez alerta sobre un deterioro estructural en el rendimiento de los estudiantes en Norteamérica y Europa, un declive que subraya que es anterior a la pandemia y que contrasta drásticamente con el progreso del Sudeste Asiático (OECD, 2023).
  3. La efectividad demostrada: Citando al Wing Institute, el experto sostiene que la ciencia ofrece el mejor método disponible para identificar aquellas políticas capaces de revertir esta tendencia negativa.

Uno de los puntos más enfáticos en el enfoque de López Rupérez es que el uso de evidencias no responde únicamente a criterios de eficacia, sino que constituye un profundo imperativo moral. Así, como educadores que buscan lo mejor para sus alumnos, es un deber moral apoyarse en herramientas que maximicen las probabilidades de acierto. Rupérez insiste en que debe imperar el principio médico de primum non nocere («lo primero es no hacer daño»), estableciendo límites éticos y morales a la aplicación de innovaciones no probadas, como podría ser la irrupción de tecnologías como la IA, y a la influencia de la ideología en las aulas (López Rupérez, 2026a).

Hay toda una línea basada en el desarrollo de indicadores educativos, pensando siempre en la calidad y con las métricas de fondo (Garzón, 2019). También a menudo una confusión entre buenas prácticas, innovación educativa e investigación, y de su relación con la calidad de la evidencia (Hernández-Fernández, 2019). El gran desafío, advirtió el ponente haciéndose eco de Burns y Köster (2016), es que la educación es un terreno dominado por fuertes creencias e identidades personales que suelen chocar con los hallazgos científicos. Por ello, hace un llamamiento a transitar de la «lógica de las intenciones» a la «lógica de los resultados». Por otra parte, me recordó a la inevitable presencia de sesgos cognitivos en los que los humanos, dada nuestra biología, tendemos a caer: el pensamiento crítico es fundamental y nos obliga a estar muy alerta ante nuestros propios sesgos y, añadiría Daniel Kahneman, al propio ruido, que nos influye más de lo que pensamos en nuestro día a día.

 

Lecciones para el futuro de la educación española

A modo de conclusión, López Rupérez cerró su presentación con la proposición de diversas directrices claras para la mejora del sistema educativo en España:

  1. i) Subrayó la urgencia de cubrir el notable déficit de conocimiento que existe a la hora de fundamentar políticas y prácticas.
  2. ii) Reclamó dar un salto cualitativo vital: pasar de las fragmentadas «Ciencias de la Educación» a una verdadera y unificada «Ciencia de la Educación».

iii) Exigió desarrollar de forma sistemática el pensamiento científico en los futuros docentes, en la formación inicial del profesorado, considerándolo un pilar profesional indispensable. Va a ser más difícil si se recortan horas de ciencias en las etapas preuniversitarias.

  1. iv) En definitiva, Rupérez concluyó que es necesario robustecer la profesión docente, para que deje de ser una “profesión débil”, tanto en los planos epistemológico como en lo deontológico (Hernández-Fernández, 2025), aprendiendo de los mejores e imitando el exitoso camino recorrido por la medicina en los últimos siglos (López Rupérez, 2026b).

Y así como Hipócrates encendió hace milenios en el corazón de Europa la llama de la razón frente a la superchería, forjando un legado inquebrantable, que aún hoy nos protege del oscurantismo de las modas pseudocientíficas, la educación debe recoger ese testigo luminoso. El legado de Europa, cuna del pensamiento crítico y del método científico, nos enseña que curar el cuerpo y cultivar la mente exigen la misma devoción por la verdad. Evitemos los cantos de sirena del charlatanismo. Que nuestras aulas, al igual que nuestros hospitales, se erijan como faros inexpugnables contra el curanderismo intelectual, contra los abrazaárboles y los dislates holísticos, honrando en cada lección aquel antiguo juramento: iluminar con certezas y pruebas científicas, desterrar la ignorancia y, por encima de todo, como mínimo, intentemos no dañar a las generaciones venideras.  Porque, como dijo Bunge, la pseudociencia es basura intelectual no inocua: no dejemos que erosione el legado que tantos siglos costó construir.


Referencias:

Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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