• Portada
  • 15 de abril de 2026
  • Sin Comentarios
  • 7 minutos de lectura

Universitarios, humanistas y cantamañanas

Universitarios, humanistas y cantamañanas

Moshe Harosh – Pixabay

 

LA GRAN ESTAFA. Sección de opinión a cargo de David Cerdá

 

Licencia Creative Commons

 

David Cerdá

 

Ha publicado Javier Aranguren un libro sobre la universidad y sus usos tan atinado que no puedo sino copiarle el nombre en el título de mi artículo, a modo de homenaje: Universitarios, humanistas y cantamañanas (Rialp, 2025) es una autopsia sobre la universidad actual tan ágil, certera y mollar que casi debería servir de inicio para un replanteamiento completo de la educación superior en nuestro país, si es que alguna vez hay verdadera voluntad de mirarnos en ese quebrado espejo para cambiar las tornas. Vayamos con los tres bloques en los que se divide el opúsculo, pues cada uno de ellos merece una reflexión profunda.

Aranguren se pregunta por los fines de la universidad y descubre que no se corresponden con lo que se suele publicitar para atraer a los alumnos (en connivencia con sus padres): desde la empleabilidad a las instalaciones deportivas. Tiene la osadía el autor de recordarnos que «el conocimiento es lo que con propiedad constituye una comunidad en universitaria» y que «no puede haber conocimiento si no hay trabajo». ¿Será que la universidad es un sitio donde, porque se ama el saber, hay gente que sabe e investiga para saber más y tiene afán de transmitir ese fuego a quien va allí a saber también mucho? Hace tiempo —y cada vez más— que la universidad es un sitio donde el conocimiento es la excusa para comerciar con títulos habilitantes para el mercado de trabajo, cuando debería ser al contrario: una convivencia construida en torno al conocimiento. Y resulta que el mundo necesita desesperadamente este «debería», porque, a pesar del trampantojo de la Inteligencia Artificial, lo que este mundo necesita, como siempre, es que el conocimiento del más alto nivel se extienda.

La universidad, por lo tanto, debe recordar sus fines: formar líderes/élites (no de la billetera, sino del entendimiento) e ir más allá de la inmediatez de los tiempos (del pobre pragmatismo). También debe componer personas completas, capaces de un juicio crítico, sensibles a lo superior y empeñados en desarrollar una conversación culta. Hay gente que creer que todo lo anterior no son más que adornos al hecho de conseguir un empleo y comenzar a pagar la hipoteca (o más bien el alquiler compartido); lo cierto es que cultivarse es la misma esencia de lo que es ser humano, cuando se entiende como se debe entender, es decir, algo que va más allá de la supervivencia. A sobrevivir no les vamos a ganar a los virus y las amebas, que no necesitan universidades. El humanismo consiste, en buena medida, en querer ir más allá de la supervivencia.

Como siempre decimos aquí, el desbarajuste educativo, en este caso el universitario, no es culpa de los jóvenes, sino de sus mayores, que lo hemos concebido. Pero no hay que olvidar que un universitario es un mayor de edad y un ciudadano que se dispone a heredar su polis, y que es su deber mejorarla. De ahí que Aranguren recuerde que al universitario la honestidad intelectual le es exigible. No es un cliente ni un usuario: es el miembro de una comunidad cuya excelencia depende de la suya. Para ello, ninguna disposición es mejor que la de «conocer para aprender». Hay aquí una épica imprescindible: a la sabiduría y la belleza solo se accede con esfuerzo, que es la verdadera aventura. Está muy bien despotricar del mundo recibido, de las sucesivas crisis, del inquietante siglo XXI en que estamos inmersos, pero es un acto de cobardía no tomar esa cuestión entre las manos para hacer, cada uno, su parte.

Por último, los cantamañanas. Es la parte más divertida del texto y por tanto no desvelaré su contenido. Baste decir que el autor le ha cogido el pulso perfectamente a la posmodernidad y ha sabido plasmar con gracejo sus corrupciones, desde los «estudios culturales» a la cultura de la cancelación, pasando por la ideología de género, males que, por fortuna, han afectado más allende los mares; pesadillas de las que empezamos a despertarnos. Quedan unas pocas cosas que limpiar en la universidad para que vuelva a ser el lugar donde pueda debatirse con libertad y gallardía —me sumo a la añoranza del autor por las disputatio medievales—, pero es tal el estropicio causado que todo parece indicar que nos hemos dado cuenta y vamos a darle la vuelta a la tortilla.

Aquí solo he podido desgranar titulares: el libro está escrito con la maestría habitual en Aranguren y merece disfrutarse párrafo a párrafo, de modo que no lo duden: háganse con él y disfruten. No es un texto amargo; todas sus ironías destilan cariño hacia la institución y un profundo amor por aquello a lo que debería servir, aunque ahora mismo, salvo honrosas excepciones, apenas sirve. Su subtítulo es “Los verdaderos y los falsos humanistas”; va siendo hora de mirarnos a los ojos para saber quién es quién a este respecto. Hay demasiada gente sonriendo con suficiencia e incluso placer viendo como el barco se hunde.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *