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- 27 de marzo de 2026
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Joan Carles Marset: “La escuela no puede ser el lugar donde formarse ideológicamente”

Joan Carles Marset, en la Biblioteca Pública de Nueva York, 2025. / Foto: Cortesía del autor
Joan Carles Marset es geólogo, editor y ha desarrollado su carrera profesional en el sector editorial. Ejerce como director del Servicio de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), donde coordina la producción de las publicaciones académicas y científicas de esta Universidad y supervisa proyectos editoriales institucionales. Paralelamente a su labor profesional en el ámbito universitario, también es una figura destacada en el movimiento laico y ateo en Cataluña por su contribución a la difusión del ateísmo, la promoción del pensamiento crítico, la defensa de la libertad de conciencia y la lucha por la laicidad de las instituciones públicas.
Ha sido vicepresidente de Ateus de Catalunya y miembro del Consejo Ejecutivo de la Unión de Ateos y Librepensadores de España; es autor de varios ensayos, entre los que destacan Ateísmo y laicidad (Los Libros de la Catarata, 2008), una obra donde plantea como la laicidad es la única de la coherencia de la realidad, y en la que también trata diversas cuestiones relacionadas con la separación entre el Estado y las instituciones religiosas, la libertad de conciencia y el impacto de la laicidad en la sociedad contemporánea. También es autor del libro Probablemente Dios no existe (Ediciones del Bronce, 2009) —escrita conjuntamente con Gabriel García Voltà—, donde aborda los fundamentos de pensamiento ateo y explica los efectos de su visión del mundo sin creencias religiosas y libre de elementos sobrenaturales. Conversar con él se convierte en un mar de calma, lógica y conocimientos.
¿Qué le llevó a ser el director de Servicio de Publicaciones de la UAB?
Siempre he tenido intereses muy diversos y en algunas épocas lo más complicado para mí ha sido elegir el campo específico al que dedicarme, porque implicaba inevitablemente dejar de lado otros que también me resultaban igualmente atractivos. En su momento estudié geología, filosofía, música, y en el mundo del libro encontré una especie de equilibrio entre algunos de estos intereses diversos y contrapuestos.
En el sector editorial tienes la oportunidad de trabajar con obras literarias, obras de ensayo de temáticas muy variadas y, por supuesto, con libros científicos y académicos, sobre todo en el ámbito universitario. Es un tipo de trabajo que liga bastante con esta manera transversal de enfocar las cosas, quizás algo “renacentista”. También debo reconocer que el libro tiene una aureola cultural muy atractiva, eso de dedicarte a difundir el conocimiento… quizás ahora esto no es tan evidente, porque se han multiplicado los canales de transmisión de contenidos, pero, cuando yo era más joven, trabajar en el ámbito de la edición era sin duda una forma de introducirte directamente en el mundo de la cultura.
En cuanto a mi trayectoria, de hecho empecé mi actividad profesional como profesor de ciencias naturales y de música durante un par de años, pero gracias a mi formación científica me salió la oportunidad de trabajar en una editorial de revistas técnicas y, después de algunas breves experiencias en editoriales comerciales, en 1989 entré en la UAB como jefe de producción de publicaciones. Con el tiempo hice un máster de Edición en la UB, otro máster de Gestión Universitaria en la UAB… Finalmente, en 2008 accedí al cargo de director del Servicio de Publicaciones.
¿Cuáles son los criterios que debería tener un buen editor en la elección de una obra?
Lo primero que debe tener en cuenta un editor a la hora de elegir una obra es la originalidad y la calidad del contenido. Cabe preguntarse qué aporta aquella obra respecto a lo que se ha publicado antes y por qué vale la pena realmente publicarla. Con el tiempo y la experiencia puedes desarrollar cierta intuición para detectar la calidad de un libro, aprendes a distinguir “el grano de la paja”… pero para tomar una decisión acertada lo que necesitas sobre todo es el apoyo de expertos que, quizás no saben tanto de edición, pero sí de la materia sobre la que trata ese libro concreto. Es fundamental contar con un buen equipo de colaboradores que te asesoren sobre la temática específica de cada obra, porque tú nunca puedes llegar a saber lo suficiente de todo.
«No es lo mismo valorar una obra literaria, donde hay que tener en cuenta el estilo, el ritmo, el léxico, la trama… que un ensayo, un libro de carácter técnico, un manual universitario o una obra científica»
En el ámbito académico y universitario, por ejemplo, es fundamental que la obra pase por una revisión de expertos, que identifiquen los puntos susceptibles de mejora o que descarten su publicación si no cumple unos criterios mínimos de rigor. Todo esto quizás puede parecer bastante evidente, pero no siempre es tan sencillo, porque no es lo mismo valorar una obra literaria, donde hay que tener en cuenta el estilo, el ritmo, el léxico, la trama… que un ensayo, un libro de carácter técnico, un manual universitario o una obra científica, donde lo más importante es la claridad, la precisión de la información… Sin embargo, si la obra al final resulta aburrida y monótona tampoco cumplirá su función, y aquí vuelve a jugar un papel importante el editor, que más allá del contenido debe saber ver si esa obra cautivará al público al que va dirigida.
¿Cómo integra, o no, su experiencia en Ateus de Catalunya con su labor profesional?
La experiencia en diferentes ámbitos y actividades siempre ayuda a enriquecer tu visión de las cosas y te da más bagaje. En este sentido, supongo que el hecho de haber colaborado en numerosos proyectos relacionados con la difusión del ateísmo y la defensa de la laicidad me habrán aportado más matices y conocimiento, pero lo cierto es que siempre he procurado mantener completamente separados el trabajo y mis convicciones, para que mis ideas o militancia no interfieran en mi actividad profesional.
No me parecería honesto, ni ético, utilizar mi cargo en la Universidad para promover mis convicciones personales. Entiendo que trabajo para una institución plural y democrática, con unos órganos de gobierno legítimos que marcan las decisiones políticas y que mi obligación es realizar mi trabajo con profesionalidad y sin sesgos de carácter partidista o ideológico.
¿Aporta el ateísmo una perspectiva plural en el ámbito académico?
Siempre ha existido una presencia más o menos explícita en el ámbito académico de personas que hacen bandera de su creencia religiosa, sobre todo católica. Cuando yo estudiaba recuerdo a algunos compañeros del Opus Dei que se acercaban discretamente para intentar compartir su fe, con ánimo proselitista, claro, pero de esas conversaciones salieron algunas amistades e, incluso, experiencias interesantes. Mi opinión es que ante esto no sólo es conveniente, sino recomendable, hacer visible en el mundo académico y universitario que también existen personas no creyentes.
La sociedad es plural y por tanto es importante normalizar el hecho de que los ateos o no creyentes están presentes en todos los estamentos, y no sólo eso, sino que cuantitativamente forman uno de los colectivos más numerosos. Además, existe un factor a la vez peculiar e interesante a tener en cuenta, para reflexionar, y es que en el ámbito académico las personas sin creencias religiosas están sobre-representadas en proporción al conjunto de la sociedad, es decir, hay muchos estudios, totalmente rigurosos, publicados en revistas científicas acreditadas, que demuestran que los académicos, especialmente los científicos, son significativamente menos religiosos en general que el resto de la población.
«Hay un sesgo marcado en el sentido de que cuando más formación tiene una persona, menor tiende a ser su nivel de religiosidad»
Existe un sesgo marcado en el sentido de que cuanta más formación tiene una persona, menor tiende a ser su nivel de religiosidad. Por tanto, evidenciar este hecho, que responde a una realidad contrastada, debería verse como algo normal. Esto no quita obviamente que en la universidad, y en todas partes, hay personas con profundas convicciones religiosas, que son excelentes científicos e investigadores, y de una humanidad encomiable.
¿Y cómo se convirtió en ateo? ¿Se alejó de la religión o fue a través de la reflexión personal?
A diferencia de la mayoría de personas ateas o no creyentes con quienes he tenido la oportunidad de tratar y debatir a lo largo del tiempo, especialmente durante mi etapa de militancia, yo no puedo decir que haya sido nunca creyente en serio y que después abandonara la religión. Sin duda hay un componente generacional en esto, porque muchos ateos convencidos que he conocido se alejaron de la religión durante el franquismo, cuando la influencia de la Iglesia católica en la sociedad era muy intensa, incluso claustrofóbica, y entonces se dieron cuenta de que aquel discurso no encajaba con sus ideas, pero yo era todavía muy joven cuando murió el dictador y estoy convencido de que todo aquello apenas tuvo influencia en mí.
En mi caso, mis convicciones como no creyente parten sobre todo de una base racional. Recuerdo que, de pequeño, fui a algunas clases de catequesis para preparar la comunión, y todo lo que nos contaban sobre Jesús y la Iglesia me parecía incomprensible, incoherente… ¡Para creerse todo aquello había que tener algo que llamaban fe! Pero esa fe para mí era demasiado etérea, y yo buscaba respuestas inteligibles. Las primeras lecturas de fragmentos de los evangelios me convencieron de que allí algo se tambaleaba, e hicieron que nunca acabara de sentirme cómodo en ese contexto. Me quedé con ganas de profundizar más y al cabo de los años algunas lecturas, como las Doce pruebas de la inexistencia de Dios, del anarquista Sébastien Faure, en el fondo un libro de lógica elemental por lo que no hace falta tener una gran formación, o las obras de Sartre y Nietzsche, entre otras, me fueron confirmando lo que ya sospechaba, que desde un punto de vista racional, la idea de Dios no se sostiene.
«La religión evidentemente no tiene fundamento racional, sino emocional, como la mayoría de las cosas importantes en la vida, y que por eso es capaz de arrastrar multitudes»
Después he acabado entendiendo que la religión evidentemente no tiene fundamento racional, sino emocional, como la mayoría de las cosas importantes en la vida, y que por eso es capaz de arrastrar a multitudes. El ser humano en el fondo es más emocional que racional, pero esto no hace que sean ciertas las afirmaciones de la religión. Hay que entender que la religión puede ser útil en momentos difíciles para dar respuesta a algunas de las inquietudes más importantes del ser humano, como la muerte, y también lo fue en el pasado para cohesionar a la sociedad, y ésta es la base de su éxito.
Pero si en serio queremos construir un futuro mejor debemos abstraernos de recetas simples y narcóticas y ser capaces de mirar la realidad en la cara: reconocer que no hay ningún Dios, que la muerte es nuestro fin y que no habrá una vida posterior, que solo las personas nos podemos ayudar unas a otras, que la oración es un canto vacío de nuestro proyecto e ilusiones, que entre todos tenemos que colaborar para construir un mundo más justo en el que podamos convivir en armonía o, al menos, tolerarnos… Debemos partir de una concepción fáctica de la realidad si queremos avanzar, porque el sueño, el deseo, la fe en una trascendencia que existe, nos pueden dar confort temporal, pero no solucionarán nunca los problemas de la humanidad.
España se define como estado aconfesional. ¿En qué se diferencia un estado laico de uno aconfesional?
La principal diferencia es que un Estado laico considera que la religión es un asunto privado de las personas y, por tanto, que no es competencia suya, más allá de garantizar el derecho a la práctica religiosa, siempre que respete los derechos y libertades de todos los ciudadanos. Tampoco otorga a los fieles ningún privilegio por el simple hecho de sostener unas creencias determinadas. El Estado aconfesional, o no confesional, sería en cambio aquel que no promueve o defiende ninguna religión concreta, pero sí considera las creencias religiosas como un valioso asunto para la sociedad y, por este motivo, establece formas de cooperación con las diferentes confesiones religiosas. Éste es el modelo que existe actualmente en el Estado español, donde el artículo 16.3 de la Constitución establece claramente que «ninguna confesión tendrá carácter estatal», pero a continuación dice que «Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones».
“Por supuesto, España no puede considerarse en ningún caso un Estado laico”
En una lectura rigurosa, podría plantearse incluso si el hecho de mencionar de forma preeminente a la Iglesia católica, y establecer la necesaria cooperación del Estado con ella en la Constitución, no acerca a España incluso más a un modelo de relación confesional, con la Iglesia católica en una situación privilegiada, que a un modelo de Estado aconfesional. Por supuesto, España no puede considerarse en ningún caso un Estado laico. No voy a entrar ya en el detalle de los acuerdos del Estado con la Santa Sede, que formaliza los privilegios de la Iglesia católica en el ordenamiento jurídico del Estado español a través de tratados internacionales, o en la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980, que extiende algunos de estos privilegios a otras confesiones.
Sin embargo, también debemos recordar que algunos países de nuestro entorno que a menudo consideramos como referentes democráticos son explícitamente confesionales, como Inglaterra, donde el rey es el jefe de la Iglesia anglicana, o Dinamarca, donde el artículo 4 de la Constitución dice que «La Iglesia evangélica luterana es la iglesia nacional danesa y goza, como tal, del apoyo del Estado». Yo me preguntaría si ese enunciado es compatible con un régimen verdaderamente democrático, y dónde quedan entonces los derechos de los no creyentes, agnósticos o ateos.
¿Cómo cree que el pensamiento crítico y la libertad de conciencia deben tener mayor presencia en los planes de estudio?
El pensamiento crítico es la capacidad de poner en cuestión las verdades aceptadas y de intentar encontrar la explicación más sensata y razonable ante cualquier fenómeno, dejando de lado todo tipo de prejuicios, por tanto es la base del conocimiento. Sólo cuando existe libertad para pensar se puede avanzar en el conocimiento de la realidad. Por el contrario, la ausencia de pensamiento crítico nos lleva al dogma y, en consecuencia, hacia el oscurantismo y la negación de la libertad.
«En el ámbito académico, el pensamiento crítico es la clave de bóveda para avanzar en cualquier investigación y generar conocimiento nuevo»
En el ámbito académico, el pensamiento crítico es la clave de bóveda para avanzar en cualquier investigación y generar conocimiento nuevo, en definitiva, para contribuir al progreso de la sociedad y el bienestar de los seres humanos. Por su parte, la libertad de conciencia es el derecho de las personas a sostener sus propias creencias o convicciones sin interferencia de ninguna autoridad externa. John Stuart Mill decía que la libertad de conciencia era «la libertad en el sentido más amplio de pensar y sentir, la libertad absoluta de opiniones y pareceres sobre cualquier materia práctica o especulativa, científica, moral o teológica». Por eso, todas las disciplinas académicas y científicas deberían fomentar en sus planes de estudios el pensamiento crítico y la libertad de conciencia, porque sin apertura de mente y libertad de pensar, sin capacidad de análisis crítico, sólo nos queda el dogma, la incultura, y la sumisión al integrismo más retrógrado e intolerante.
¿Cree que la transmisión de conocimientos reales y contrastados es fundamental para que los alumnos desarrollen un pensamiento crítico acertado?
Sin duda. En mi opinión sólo se puede hablar de conocimiento «real» cuando es contrastado, de no ser así podemos hablar de creencias, de intuiciones, de opiniones -con más o menos fundamento-, pero nunca de conocimiento. Si una afirmación no puede ser probada, si no tenemos argumentos realmente consistentes para defenderla… entonces no tenemos razón para mantenerla. Bertrand Russell dijo que «El hecho de que una opinión haya sido ampliamente sostenida no es ninguna evidencia de que no sea completamente absurda», y tenía razón. Incluso a menudo es más fácil que se extienda una idea absurda, sobre todo si es llamativa —hoy en día lo podemos ver en las redes sociales—, que otra sensata. Por eso es fundamental que los estudiantes aprendan a trabajar con criterios científicos y sean rigurosos a la hora de investigar, que no tengan miedo de preguntarse por las razones de las cosas. Lo que planteaba Kant con su ¡atrévete a pensar!, que se convirtió en el lema oficioso de la Ilustración.
¿Cuál es la diferencia entre la religión y el ateísmo?
La diferencia entre la religión y el ateísmo parte precisamente de esa confrontación. El ateísmo no es la posición del que “cree” que Dios no existe —como describió Dostoyevsky en Los demonios—, sino del que considera que no existen evidencias razonables que permitan sostener la existencia de Dios. Mientras las religiones basan su creencia en la fe, no necesita evidencias porque está más allá de la razón. Es una diferencia radical, metodológica. La conclusión es evidente para quien quiera verla…
¿Cómo describiría la importancia de la laicidad en la educación?
Promover una educación laica es esencial para formar personas con espíritu crítico y una mentalidad abierta al conocimiento. El sistema educativo debería formar a los estudiantes en conocimientos positivos y en los valores cívicos y democráticos que sean patrimonio común de nuestra sociedad. La escuela no puede ser el espacio en el que formarse ideológicamente.
«En la medida de lo posible deberíamos velar para que la escuela, o los centros educativos en general, no estén secuestrados por la ideología»
¿Por qué razones?
Básicamente por dos razones, si planteamos la educación como un campo de batalla entre ideologías contrapuestas entonces nunca será posible llegar a un consenso mínimo para formar a nuestros jóvenes y niños, y todos pagaremos sus consecuencias. Por otra parte, debemos ser conscientes de que la educación nunca estará completamente libre de influencias ideológicas, pero en la medida de lo posible deberíamos velar por que la escuela, o los centros educativos en general, no estén secuestrados por la ideología.
En la escuela, en el instituto, incluso en la universidad, debe estudiarse el fenómeno religioso, por supuesto, al igual que el pensamiento ateo, en la asignatura de filosofía, por ejemplo. Algo muy distinto es que se imponga una asignatura de religión confesional impartida por profesores que deben dar ejemplo de su fe, seleccionados por los obispos con el único objetivo de enviar unas creencias determinadas y unos valores morales que no tienen por qué ser compartidos. Después la Iglesia puede decir que no es así, que ellos explican todas las religiones y hablan de valores universales… ¡pero qué diríamos si hubiera una asignatura de comunismo que la diera una persona designada por los miembros del Comité Central del partido comunista de turno! Una aberración, ¿no? ¡Pues estamos en lo mismo!
En ocasiones se dice que no se puede conocer la historia, o el arte, sin la contribución de la Iglesia católica a estas disciplinas. Claro que no, pero una cosa es estudiar historia o arte y otra muy distinta hacer apología en clase de una religión concreta, obviando todos sus aspectos oscuros. Hay que leer, escuchar opiniones, contrastar argumentos… Si hablamos de religión hablamos también de la misoginia de la Iglesia, de la inquisición, de las cruzadas, de cómo durante el asedio de Besiers, en la cruzada albigense, el legado papal dijo aquello de «¡Matelos a todos, que Dios ya reconocerá a los suyos! y entonces asesinaron sin contemplaciones viejos, mujeres, niños… ¡unas 10.000 personas! Por supuesto que barbaridades se han hecho por todas partes, en algunos países que se declaraban “ateos” como la antigua URSS o China de Mao las matanzas tienen poco que envidiar a los cometidos en nombre de la religión.
Así pues, ¿qué enseñamos en la escuela?
En la escuela enseñamos pues historia, arte, química, economía, y valores cívicos y democráticos, y dejamos mejor las creencias aparte.
Le pongo un dilema: ¿libertad de expresión religiosa o laicidad institucional pública?
No veo ningún dilema en esa sentencia. La libertad de expresión abarca todas las esferas, tanto la religiosa como la no religiosa, por tanto una persona que defienda realmente la laicidad también debe velar por la libertad de las personas religiosas en poder expresar sus creencias. Esto no debe confundirse con la pretensión de muchas confesiones religiosas de intentar imponer la enseñanza de la religión y de sus valores en el ámbito educativo que, por definición, debería ser laico, es decir libre de interferencias religiosas o no religiosas.
«La laicidad institucional pública es el principal mecanismo para garantizar la libertad de expresión de todos independientemente de sus creencias y convicciones personales»
La laicidad institucional pública es el principal mecanismo para garantizar la libertad de expresión de todos independientemente de sus creencias y convicciones personales. La laicidad se basa en tres principios básicos: la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, la libertad de conciencia, que evidentemente permite a todo el mundo formarse sus propias convicciones, religiosas o no, y la estricta separación entre el Estado y la Iglesia.
¿Qué aconsejaría a los estudiantes universitarios para mejorar su futuro profesional y personal?
Es una pregunta difícil de responder porque es muy abierta, pero yo les diría que, si la saben aprovechar bien, la experiencia de estudiar en la universidad es una etapa magnífica en la que pueden adquirir conocimientos especializados, habilidades de carácter más general, sumergirse en una vida social apasionante, crecer como personas y prepararse para tener en el futuro una carrera profesional más gratificante, o incluso brillante. En definitiva, para abrirse las puertas a una vida mejor y más satisfactoria. Por tanto, es una oportunidad única que deberían saber aprovechar en la medida de lo posible.
Una recomendación personal, aunque yo no pude disfrutarla en mi época simplemente porque no existía: que aprovechen la oportunidad de hacer una estancia Erasmus en el extranjero, les abrirá la posibilidad de conocer otras realidades, con personas de otros países y culturas, nuevas formas de aprendizaje y, si todo va bien, les permitirá vivir una experiencia magnífica que recordarán toda la vida, comenzar a vivir de forma independiente… En fin, que se esfuercen para sacar el máximo provecho y disfruten de la oportunidad de estudiar, que puede ser una época dura pero también tremendamente gratificante.
Y por último, ¿tiene algún proyecto profesional en su futuro inmediato?
Bien, debo decir que en poco menos de un año me llegará la jubilación y, por tanto, a estas alturas mi principal aspiración a nivel profesional, más que emprender grandes proyectos nuevos, es dejar acabados los que ahora mismo tengo en marcha. Básicamente la reorganización de las ediciones de la UAB para mejorar los procedimientos de producción y que los libros que publiquemos puedan optar a obtener el sello de calidad en edición académica, un reconocimiento que acredita la calidad de los contenidos y de la edición. De esta manera nuestros autores, mayoritariamente académicos, podrán utilizar sus publicaciones como méritos para obtener las acreditaciones correspondientes a las agencias oficiales de evaluación de la investigación, como ANECA o AQU.
Más allá de eso, lo cierto es que también tengo muchos proyectos personales a la vista por esta nueva etapa vital que se avecina: escribir varios libros sobre ateísmo, genealogía e historia familiar – otra de mis aficiones -. También me gustaría hacer un libro para explicar, y en mi opinión, qué hacemos en este mundo y cómo la organización social y política puede contribuir a diseñar a un futuro mejor para la especie humana, en armonía con los demás seres vivos, por supuesto.
Por último, cuando acabe estos proyectos más inmediatos quizás me animaría a escribir también alguna novela. Supongo que después de toda una vida trabajando con libros me arrepiento un poco de no haber tenido más tiempo para dedicarme yo mismo a escribir todo lo que me gustaría, y por eso espero disponer de tiempo para poder hacerlo en un futuro cercano.
Fuente: educational EVIDENCE
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