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  • 17 de marzo de 2026
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Enseñar para la vida

Enseñar para la vida

Imagen creada por IA.

 

LA GRAN ESTAFA. Sección de opinión a cargo de David Cerdá

 

Licencia Creative Commons

 

David Cerdá

 

«Enseñar para la vida» es un mantra muy querido por ciertas pedagogías y profesores de vocación pseudorrevolucionaria. Suena tan bien y parece tan inofensivo como el eslogan de yogur ecológico; el tipo de cosas a las que nadie, salvo un «reaccionario», podría negarse. Podríamos ponerlo en camisetas, pegatinas, fondos de pantalla o en una pegadiza consigna de Instagram: #EducaciónParaLaVida; sospecho que ya se hace. ¿Quién, en su sano juicio, defendería enseñar para la muerte, o enseñar sin relación alguna con la vida? El problema está en la vacuidad de la propuesta, y sobre todo en que se utiliza como ariete —otro más— contra la denostada «transmisión de conocimientos». Se dice «transmisión», por si no lo sabe, para que parezca un bizum, algo en la zona de influencia de la banca, una cosa sucia y capitalista; ustedes ya me entienden.

Empecemos por lo elemental: la vida ya ocurre, y aprendemos sobre ella todos los días, por lo menos cuando pisamos la calle. No necesita de un programa académico para enseñarse. La vida se aprende caminando, tropezando, trabajando o jugando. Los padres —cuando están presentes— enseñan a la vida a través de sus gestos, rituales, ejemplos y errores. Los barrios, los abuelos, las amistades, incluso una parte del entretenimiento ocupan ese lugar central de aprendizaje práctico que algunos pedagogos pretenden enjaretar en un currículo escolar interminable. Además, «enseñar para la vida» presupone que la vida está fuera, y la escuela dentro, lo cual es una tontería muy grande.

Las páginas de ciertas publicaciones educativas rebosan de esta dicción casi litúrgica de «vida» y «sentido» … aunque nunca se concrete ese sentido (y eso que se podría). La idea corta-y-pega es siempre la misma: hay que meter más cosas en el mismo contenedor escolar que ya está a reventar. Se propone que la escuela —como si fuera la única fuente de aprendizaje— se encargue de todo lo que la vida exige, que reemplace la complejísima trama de experiencias que han de ocurrir en el hogar y en la calle, porque llevamos años liquidando ambas instancias, inmersos en un individualismo expresivo asfixiante. Si la escuela no está enseñando «para la vida», ¿no será que otros ámbitos —como la familia o la comunidad— han dejado de hacerlo? ¿Y esto lo vamos a pelear, o ya no, porque es rojipardo, o todavía no, porque aún no gobiernan los que nos disgustan?

No es casualidad que en sociedades donde los padres tienen más tiempo para convivir, hablar, leer, frustrarse y reír con sus hijos, el aprendizaje de lo que llamamos «vida» se eche menos en falta. Sin embargo, en un mundo donde el trabajo, el entretenimiento digital y las presiones económicas ocupan la mayor parte del tiempo de los adultos, esperar que la escuela cubra ese déficit existencial es, en el mejor de los casos, ingenuo. La escuela no es la familia, ni el taller de trabajo, ni la comunidad, ni el barrio; es un espacio para aprender sistemáticamente. Esto no quiere decir que esté desconectada de la vida, sino que ese ocupa de las partes de la vida que le son específicas.

Déjenme que les hable de la vida: se está poniendo la cosa dura para los mediocres. El nivel de preparación tiene que subir sí o sí en la economía del conocimiento, porque la IA empuja; y hacen falta muchos profesionales que no tenemos. Una buena FP, con muchas más plazas de las que hay; eso sería sin duda «enseñar para la vida», también la de la polis. ¿Se han dado cuenta ya de que van a sobrar programadores y que no tenemos electricistas ni fresadores? ¿Y qué se entiende por «vida», ya que estamos? Esto tampoco lo aclaran los de la consigna, porque sería descubrir el pastel, enseñar el vacío que esconde este veneno: La Celestina no es vida, el Duomo no es vida, la diabetes no es vida… el conocimiento no es vida. Como si vivir no fuera conocer y solo fuera sentir. Se nota, se siente, ya viene: la escuela para la felicidad rediviva, la escuela antihumanista, el disparate de siempre.

Se aprende conversando alrededor de una mesa, leyendo por gusto, discutiendo con los amigos, enfrentando el primer sueldo o el primer desengaño. Lo que debe hacer la escuela es recuperar su papel indelegable: ser el lugar donde se aprende mucho y donde se cultiva el amor por el conocimiento. Saber historia, literatura, ciencia, matemáticas, arte y filosofía no es meramente instrumental para «la vida», sino constitutivo de lo que significa ser una persona informada, crítica y capaz de relacionarse con el mundo con provecho. Aprender mucho —y con profundidad— no es antitético a aprender a vivir, sino su condición esencial: solo las vidas enriquecidas por el saber son vidas anchas, interesantes. Explicaba Betrand Russell que la educación debería cultivar la mente, no simplemente preparar para la vida práctica, y que la vida ya está ahí afuera para enseñarnos todo lo demás, si es que nos atrevemos.

¿Qué les parece si educamos para la mente?


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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