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  • 8 de octubre de 2026
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Actualidad del presente en tiempos de las redes sociales

Actualidad del presente en tiempos de las redes sociales

Gerd Altmann – Pixabay / https://pixabay.com/es/users/geralt-9301/

 

 

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Alfonso A. Gracia Gómez

 

Confieso que desde hace un tiempo me invade una pereza terrible al intentar hablar de los asuntos que se consideran de “actualidad”. Vivimos en una especie de frenesí editorial, en el que todo el mundo se cree llamado –e incluso obligado– a exponer su punto de vista acerca de tópicos muy distintos a los tradicionales. El miedo a la muerte, la fugacidad de la vida, la espiritualidad del amor, etc., han dado paso a una serie de temas de conversación que, a diferencia de los antiguos, ya no ostentan una condición trascendente, un significado que pretenda ir “más allá” de su plasmación actual y que podría alcanzar la intimidad de lo específica y distintivamente humano.

Por el contrario, debido en parte al carácter compulsivo que imprimen las redes sociales a nuestra relación con las noticias, estas parecen embargadas por una suerte de “espíritu de cronista” que, a mi juicio, ha restado gran parte de su brillo a todo lo que se dice, se habla, se comenta. No faltan los que, en esta tesitura, proclaman que vivimos en una especie de “edad dorada del periodismo”; sin embargo sabemos que, por su propia inercia, este no puede sino aplanar lo que es diverso e igualar lo diferente, en pos de una versión de los hechos a la que se pretende capaz de ocultar e imponerse a los hechos mismos (Gracia Gómez, 2024).

La obsesión por el presente produce así un empobrecimiento del propio presente, que se convierte en referente de sí y oculta con ello sus posibles referencias externas, “trascendentes” en un sentido lato, heredadas de toda una tradición a la que despreciamos con premura orgullosa (justamente porque a sus aportaciones ya no las consideramos lo suficientemente “actuales”). El resultado de todo ello es una condición ontológica que incluso tiene implicaciones médicas, neurológicas para más señas. No sé qué grupo de investigadores ha “evidenciado” recientemente que la memoria de la mayor parte de la población se ha visto muy empobrecida tras la crisis del Covid de 2020. ¿La razón? Que, debido al auge de las redes sociales como forma hegemónica de comunicación, la mayor parte de la población vivimos en una suerte de presente continuo, en la que olvidamos de forma casi instantánea tanto lo que decimos como lo que leemos u oímos. Es algo que ya antes había sido teorizado bajo el nombre de “efecto Google”: esto es, la tendencia a olvidar todo aquello que se puede volver a encontrar fácil y rápidamente en Internet (Sparrow et al., 2011).

Aunque pueda parecer paradójico (o quizás precisamente por ello), esta es una situación otrora querida por algún que otro filósofo de la tradición posestructuralista. Pienso en la Lógica del sentido de Gilles Deleuze, autor que contrapone dos maneras radicalmente distintas de entender la temporalidad: Cronos y Aión. La primera se refiere a la concepción tradicional o, por lo mismo, “cronológica”: es la temporalidad del pasado-presente-futuro, en la que el presente –según denuncia el autor– solo existe de forma derivada con respecto a aquello que lo trasciende, esto es, su significación. Por el contrario, la segunda concepción del tiempo, que Deleuze identifica con el dios helenístico Aión (o Eón, el dios de la eternidad), invierte la supeditación trascendente que es propia del tiempo cronológico y pone en primer plano la continuidad del presente, a la que se entiende como manifestación de un discurrir que ya no tiene ni principio ni final:

Este presente del Aión, que representa el instante, no es en absoluto como el presente vasto y profundo de Cronos: es el presente sin espesor, el presente del actor, del bailarín o del mimo, puro “momento” perverso. Es el presente de la operación pura, y no de la incorporación. No es el presente de la subversión ni el de la efectuación, sino el de la contra-efectuación, que impide que aquella derroque a ésta, que impide que ésta se confunda con aquélla, y que viene a redoblar la doblez (Deleuze, 2005: 203).

Esta referencia recíproca entre eternidad e instante representa la influencia más clara de la filosofía de Nietzsche en la obra de Deleuze. Sin embargo, el primero se amparaba en una concepción físico-ontológica de ascendencia heraclítea. En ella, la lucha o la oposición, e incluso la contradicción, funcionan como espacio de apertura a un ser que parece solo existir en el borde mismo de su finitud: «Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza: –y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: “Instante”» (Nietzsche, 2009: 230). En cambio, la propuesta de Deleuze hace de este instante un “devenir” que ya no es conflictivo sino “puro”, y, así, una suerte de remanso de paz, capaz de superar las contradicciones no mediante una Aufhebung de tipo hegeliano, sino por la propia inercia del juego lógico de las paradojas, el cual, en el caso de la temporalidad, revela la imposibilidad de asir aquello en lo que de facto se está; dicho de otro modo: el presente continuo que es el Aión deleuziano “esquiva al presente”, en la medida en que no es “lo que es”, no es un presente parmenídeo, sino justamente aquello que “no es”: sus posibilidades, sus opciones de ser, que solo se revelan en el “no ser” específico del presente, esto es, en su pasado y su futuro:

[…] Tal es la simultaneidad de un devenir cuya propiedad es esquivar el presente. En la medida en que esquiva el presente, el devenir no soporta la separación ni la distinción entre el antes y el después, entre el pasado y el futuro. Pertenece a la esencia del devenir avanzar, tirar en los dos sentidos a la vez: Alicia no crece sin empequeñecer, y a la inversa. El bueno sentido es la afirmación de que, en todas las cosas, hay un sentido determinable; pero la paradoja es la afirmación de los dos sentidos a la vez (Deleuze, 2005: 27).

Por eso, en la formulación deleuziana Cronos queda identificado con el extremo opuesto: con ese “sentido determinable”, que al parecer es el que “devora” a sus hijos (los “acontecimientos”, ese “devenir puro”) por mor de una existencia vicaria y, por ende, aparentemente inauténtica, incluso ilegítima. En este contexto, toda actualidad estaría condenada a entenderse como mera “actualización”, es decir: como el acto de traer a nuestra cotidianeidad lo eterno, incorporar en nuestro día a día aquello que es propio de todo ser humano –incluso de toda forma de estar en el mundo, por el mero hecho de existir–, más allá y en detrimento de las concreciones que determinan esta o aquella existencia.

Para que se pueda entender, digamos que Cronos consiste, para Deleuze, en la manera como de hecho solemos entender todos aquellos acontecimientos que tienen para nosotros algún tipo de significado, o sea, que se encuadran en algún tipo de marco histórico: estos quedan supeditados al referente que les da sentido; por eso solemos aprobar el uso de la guillotina por parte de los revolucionarios franceses al tiempo que demonizamos los gulags estalinistas. Eso explica por qué Deleuze se refería más arriba a lo crono-lógico como “vasto y profundo”, pues de hecho consiste en una suerte de “densidad” o “espesura”, como la que es propia de un tejido, en el que la superficie es solo aparentemente plana, solo aparentemente superficial. Condicionado por un sentido que lo trasciende, el presente cronológico remite necesariamente a un pasado, pero aquí no cabe ya la paradoja, ni mucho menos la contradicción: pues se trata de un pasado que es memoria en acto que “condena” al futuro como posibilidad incierta, y al mismo tiempo limitada por lo ya-sido. La actualidad y la posibilidad quedan así interrelacionadas conforme a las reglas que Aristóteles estableció para explicar el movimiento en su Metafísica:

[…] la materia es “potencia”, es decir, potencialidad, en el sentido de que es capacidad de asumir o de recibir la forma […]. En cambio, la forma se configura como acto o actuación de esa capacidad. El compuesto o conjunto de materia y forma, si se considera como tal, será preferentemente acto; pero si se tiene en cuenta su forma, será simplemente acto o entelequia y, si se lo contempla en su materialidad será, en cambio, una mezcla de potencia y de acto. Por consiguiente, todas las cosas que tienen materia poseen siempre en cuanto tales mayor o menor potencialidad (Reale, 1992: 59-60).

En cambio, el puro-presente que es Aión deleuziano se traduce en un afán compulsivo que no consigue romper con eso que las circunstancias tildan de “actualidad”. Y eso, en la práctica, tiene consecuencias dramáticas, algunas de ellas contrarias a lo que habría esperado Deleuze: pues en él los seres humanos, como sujetos de comunicación y de deseo que somos, quedamos reducidos a “lo que acontece” en un sentido que dista mucho de esa “apertura de posibilidades” que pretendía captar el concepto de “devenir”. En la actualidad de lo que acontece se desvanece toda posible trascendencia que podría aspirar a darle sentido, y con ella, nuestra memoria y hasta la subjetividad misma quedan “eclipsadas” por el velo de una sospecha imposible de resolver y, por ende, por una pregunta imposible de “actualizar”.

Léase bien: no es ya que, como pretendía Deleuze, el pasado y el futuro se superpongan en este concepto de devenir que se entiende como presente continuo. De modo muy distinto, el presente continuo de las redes sociales nos sitúa en un puro Aión que carece de densidad, y en el que nuestras historias solo aparecen, a lo sumo, como eclosiones fallidas o colapsos: “la doblez se redobla”, como dice Deleuze, sin llegar a construir ningún tipo de trama. Unas imágenes se superponen a otras, se sustituyen, se intercambian… sin llegar a configurar una historia ni, sobre todo, aspirar siquiera a reflejarse en un marco de sentido propiamente extratemporal (en tanto que trascendente). Falta, en suma, eso a lo que Ray Bradbury, en su tristemente “actual” Fahrenheit 451, llamaba “textura”:

¿Sabe  por  qué  libros  como  éste  son  tan  importantes?  Porque tienen  calidad.  Y,  ¿qué  significa  la  palabra  calidad?  Para  mí, significa textura. Este libro tiene poros, tiene facciones. Este libro puede   colocarse   bajo   el   microscopio.   A   través   de   la   lente encontraría vida, huellas del pasado en infinita profusión. Cuantos más poros, más detalles de la vida verídicamente registrados puede obtener de cada hoja de papel, cuanto más “literario” se vea. En todo caso, ésa es mi definición. Detalle revelador. Detalle reciente […] (Bradbury, 2006: 81).

Quizá sea esta la mayor de las paradojas en la que nuestro presente ha caído, en compañía y seguramente a despecho de las pretensiones teóricas de Deleuze: en el puro Aión solo se puede hablar acerca de un “lo que es” rígidamente parmenídeo, que acaba por robar su espacio tanto a “lo que (se) ha sido” como a “lo que se quiere”. Hemos perdido, así, el gusto por la “textura” que es propia, a decir de Bradbury, de lo literario, absorbidos por el frenesí embaucador de unas redes sociales (Gracia Gómez, 2022) que “redimen” del sentido y de la culpa, como podría haber dicho Nietzsche, concomitantes al anhelo humano de trascendencia.

Sin embargo, esta “redención del presente” tiene un precio: el de quedar acorralados en una mera continuidad abstracta que es, como proponía Deleuze, todo potencia, y por ende, pura dýnamis aristotélica, lo que en el fondo equivale a decir que carece de toda enérgeia (acto), pues se ha prohibido a sí misma cualquier tipo de actualización, por limitante, y, así, se reproduce en un tedioso discurrir que es atemporal (anacrónico) además de estéril y eternamente automimético, como un verdadero autómaton digital en el que lo compulsivo se apodera del sujeto hasta su completa extenuación. “No es el presente de la subversión”, decía Deleuze (supra). En eso se ha convertido la “actualidad” para nosotros: en un desierto estéril de indiferencia, en el que las “reacciones” se fagocitan compulsiva y recíprocamente sin llegar a proponer ningún tipo de sentido, ningún destino, ningún espacio para la subjetividad, la reflexión o el pensamiento.


Bibliografía:

Bradbury, Ray (2006): Fahrenheit 451. Almería: Ediciones Perdidas.

Gracia Gómez, Alfonso A. (2022): “Posverdad y propaganda en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury: sobre la constitución ‘informativa’ de un sujeto manipulable”, Badebec, vol. 1, n. 22, 1-21. https://doi.org/10.35305/b.v11i22.537.

Gracia Gómez, Alfonso A. (2024): “Información para moldear la mente de las masas: el monismo propagandístico de Edward L. Bernays”, Agora, vol. 43, n. 1, 1-17. https://doi.org/10.15304/ag.43.1.8790.

Deleuze, Gilles (2005): Lógica del sentido, Barcelona: Paidós.

Nietzsche, Friedrich (2009): Así habló Zaratustra, Madrid: Alianza.

Reale, Giovanni (1992): Introducción a Aristóteles, Barcelona: Herder.

Sparrow, Betsy et al. (2011): “Google Effects on Memory: Cognitive Consequences of Having Information at Our Fingertips”, Science, Vol. 333, Issue 6043, pp. 776-778.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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