- Portada
- 2 de noviembre de 2026
- Sin Comentarios
- 13 minutos de lectura
La educación robada: Por qué el cientificismo evidence-based no puede encontrar lo que busca

Imagen creada mediante IA

Nos situamos en el París de 1844. La policía busca desesperadamente una carta. No es una misiva cualquiera, se trata de un documento de alto valor político sustraído de las cámaras reales por el ministro D., quien seguramente pretende utilizarla para realizar un chantaje. El prefecto, encargado de localizar el objeto, ha organizado un dispositivo de búsqueda extraordinariamente exhaustivo con el que pretende rastrear cada milímetro de la estancia en que se aloja el sospechoso. Sus agentes tienen la orden de perforar las patas de las sillas con agujas, despiezar cada mueble y examinar el entablado de los suelos con lupa. Tras varios días, no queda un rincón del edificio que no haya sido minuciosamente analizado. Sin embargo, la carta sigue sin aparecer.
Este es el escenario trazado por Edgar Allan Poe en su famoso relato La carta robada, obra que ha suscitado innumerables estudios debido a la nitidez con la que expone un error epistemológico dominante en gran parte de la investigación psicológica y educativa de los siglos XX y XXI. El proceder del prefecto está condenado al fracaso porque se obceca en hallar un rastro material, una pista, a partir de una metodología estandarizada que pretende agotar la realidad mediante la inspección del más mínimo rincón. Podemos decir que el prefecto de policía es un empirista.
Una búsqueda exhaustiva se agota en su propia meticulosidad. Ante la insuficiencia de tal modo de proceder, el texto de Poe introduce la figura del detective Dupin, quien se rige por principios metodológicos radicalmente diferentes: para él, la eficacia de una indagación no depende de la minuciosidad del escrutinio; no basta con mirar, sino que además hay que descifrar las intenciones de quien, en este caso, ha ocultado el objeto. Así, a diferencia de la inspección técnica de la policía, Dupin realiza un ejercicio de introspección intelectual que trata de dar respuesta a una pregunta clave: ¿cómo se puede ocultar un objeto ante quien lo mira a través de una lupa?
En este cambio de perspectiva se produce el encuentro entre dos formas irreconciliables de entender la realidad: Dupin ya no busca rastros físicos, sino que interpreta la escena. Por ello, mientras el policía solo es capaz de ver signos (objetos definidos por su ubicación espacial y con un significado unívoco y predecible), el detective comprende la realidad conforme a una «lógica de los significantes». En esta, las marcas ya no están sujetas a una significación fija y aislada, sino a una estructura de pensamiento de la que depende el sentido. En pocas palabras, Dupin se comporta como un racionalista.
Siguiendo estos preceptos, nuestro detective advierte que el ladrón ha logrado burlar el escrutinio policial mediante una estrategia sencilla: en lugar de esconder la carta (que es lo que se esperaba de él), ha decidido exponerla. La ha dejado a la vista de todos, arrugada y manchada en un tarjetero, de modo que el documento se presenta como lo que no es, camuflado bajo la apariencia de un desecho intrascendente. Para recuperarla, Dupin solo debe elaborar un pliego similar que sustituya al verdadero y reproducir el engaño, esta vez, no ante la policía, sino ante el propio ministro que perpetró el robo. La carta ha aparecido.
Así las cosas, no es azaroso que Dupin sea francés, pues encarna esa estirpe de pensamiento que en filosofía denominamos «continental». Según esta tradición, el saber es mucho más que una correspondencia entre la palabra y la cosa; consiste, ante todo, en una operación del entendimiento mediante la cual un sujeto constituye la realidad. El mundo deviene tal para nosotros a través de una intervención que propone una lógica de carácter exhortativo: una estructura que dota de arquitectura a la experiencia.
En la orilla opuesta se sitúa la tradición anglosajona, marcada por esa lógica policial tan característica del empirismo contemporáneo. En ella se tiende a dictaminar que la verdad de un aserto depende de la pericia del investigador para amontonar pruebas, como si se tratara de un litigio judicial. De esta manera, lejos de aproximarnos a lo que buscamos, la investigación contribuye inadvertidamente a ocultar los procesos lógicos de configuración subjetiva implicados en toda producción de conocimiento y, muy especialmente, en aquellos que definen el tipo de relación intersubjetiva en que consiste el aprendizaje.
Este es el cimiento filosófico de las corrientes que se autodenominan evidence-based: un modelo heredero de una tradición analítica (acaso mal entendida) que reduce el lenguaje a mera verificación y extrae de ahí su pretensión de ser el único modo de conocimiento cabal; una autoridad que se arroga al presentarse como la única postura capaz de defender un saber científico provisional y perfeccionable. Así, elevan su reducción del conocimiento al dato como blindaje ante un «enemigo dogmático» inexistente; un espejismo que en realidad proviene de su propia incapacidad para comprender que el conocimiento nunca es un dato desnudo, sino que depende necesariamente de las estructuras subjetivas que lo configuran o, mejor dicho, que lo constituyen.
Pese a su inconsistencia, la creencia de que cualquier metodología ajena a la mera búsqueda del dato es dogmática está muy diseminada. Contra ello, cabe señalar que ningún autor de relieve —tampoco en el seno del racionalismo— ha defendido jamás que los hallazgos científicos sean definitivos o que la experiencia carezca de peso. Sin embargo, la oposición entre racionalistas «dogmáticos» y empiristas «falibles» ha servido para alimentar cuadros sinópticos útiles para la divulgación escolar, pero basados en una dicotomía tendenciosa. No es posible formular una teoría cabal del conocimiento que se desentienda de lo que forma parte de su propia definición: el saber científico debe poder corregirse y ampliarse, y por ello toda epistemología ha intentado explicar la manera en que tal proceso ocurre. De esta necesidad no se olvidan los racionalistas; sí lo hacen, en cambio, quienes hoy promocionan el uso heurístico de la inteligencia artificial generativa. Estos modelos representan la culminación de los valores empiristas, en tanto que entienden el conocimiento como el resultado de un cálculo de probabilidades sobre secuencias desordenadas de datos; un proceder que, por lo mismo, prescinde de las leyes lógicas subjetivas necesarias para configurar un sentido.
Paradójicamente, no es la concepción racionalista, sino la empirista, la que tiende a olvidar la condición provisoria del saber científico. Lo hace al amparo de una definición clásica del conocimiento que se remonta a Platón, según la cual este consiste en una «creencia verdadera justificada». A partir de esta fórmula, el afán probatorio del empirismo contemporáneo se centra casi exclusivamente en la justificación, la cual identifica apresuradamente con el método científico. Con ello, se apropia del prestigio de autores como Descartes o Galileo, pero ignora la verdadera naturaleza del rigor metodológico que estos encarnaron. Para el racionalismo clásico, el método no cumple una función meramente justificativa —al contrario de lo que parecen entender los actuales empiristas—, sino fundamentalmente heurística: es la racionalidad la que permite descubrir la verdad que se oculta bajo la apariencia de lo probatorio. No es solo que los sentidos nos engañen; es que los datos, sin esta «luz de la razón», carecen de todo significado.
La demostración científica no debe entenderse como el «sello de calidad» de un proceso de recolección, sino como el motor que vuelve visible lo que antes era opaco. Al reducir el método a una mera fuerza probatoria externa, el paladín del empirismo evidence-based olvida que la acumulación de indicios es, por sí sola, estéril. No permite descubrir nada porque carece de la ley lógica que dota de visibilidad al objeto; en su lugar, convierte el dato en un fetiche e ignora que, sin la luz del entendimiento, un rastro no es más que ruido. El propio Hume, como buen empirista, ya señaló que la repetición de los hechos no muestra regularidades, sino que a lo sumo genera un hábito. Sin embargo, la costumbre jamás puede constituir, por sí misma, una operación auténticamente demostrativa ni, mucho menos, inventiva.
Llegados a este punto, se hace imperativo denunciar al false friend que se agazapa bajo lo que, con tan poco acierto, se traduce como «basado en evidencias». Esta expresión ha sido asimilada de forma acrítica por la psicología y la pedagogía contemporáneas, que han aceptado el evidencialismo como único patrón de validez. Incluso desde posiciones presuntamente críticas se ha asumido un «fetichismo de la prueba» que pretende convencernos de que la acumulación de datos medibles garantiza la mejora educativa. Sin embargo, en la tradición continental, lo «evidente» no se identifica con lo probatorio o lo indiciario (como ocurre con la evidence inglesa), sino que remite a una claridad de orden racional. Al no advertir esta brecha semántica, el cientificismo pedagogista ha identificado el acopio de indicios con el rigor de la prueba, lo que le lleva a caer en la misma trampa que el prefecto de Poe: creer que una teoría del aprendizaje puede formularse a partir de datos objetivos, en lugar de detenerse a desentrañar la lógica que mueve a los sujetos.
Así las cosas, podemos responder por fin a la pregunta: ¿por qué la ciencia evidence-based no encuentra lo que busca? A lo que respondemos: precisamente porque padece de una especie de ceguera selectiva ante todo lo que tiene que ver con el sentido, la motivación, la intencionalidad. El «hecho» pedagógico no es un mero dato objetivo, neutro e inerte que alguien ha guardado en un cajón; es un acontecimiento que solo cobra sentido en el seno de una estructura subjetiva y racional. La ciencia indiciaria no encuentra lo esencial porque lo esencial no se deja apresar por la estadística; porque al buscar la causa en el rastro, olvida que esta reside en las leyes: en las regularidades que permiten, precisamente, que el rastro exista.
La ceguera del empirista es el precio de haber sustituido la comprensión del fenómeno por su simple contabilidad. Al reducir la realidad educativa a fragmentos observables, el investigador se incapacita para rastrear la «carta robada» más allá de los resquicios que su lupa le permite contemplar. Bajo esta premisa, el investigador evidence-based parece empeñado en ganar sus litigios ignorando que en la sala reside un tribunal; utiliza los datos para abrumar al jurado en una estrategia que elude el debate e impone sus conclusiones por la fuerza del aplastamiento. Pero no hay proceso judicial sin juez, como tampoco hay conocimiento sin razón, con todo lo que ello implica.
En última instancia, el empirismo resulta insuficiente para dar cuenta del proceder científico real. En el contexto eviencialista, la ciencia corre el riesgo de transformarse en una actividad totalitaria que se nutre de autorreferencias, lo que muy posiblemente explica la frenética actividad editorial de las últimas décadas: hoy los científicos, más que descubrir, se dedican a publicar. Por el contrario, los grandes hitos de la historia no fueron fruto de una recolección masiva de informaciones, sino de una labor intelectual gestada mediante la imaginación y el cálculo. El científico no persigue el suceso aislado, sino el esquema que lo articula bajo el presupuesto de la regularidad. Pero no una regularidad entendida como repetición, sino en el sentido del arkhé presocrático: lo regular es aquello que regula, es la ley misma. Es necesario reivindicar un pensamiento que defienda la inteligibilidad como el cimiento de toda aprehensión de lo real. El empirista busca en la oscuridad con una lupa y una linterna; el racionalista enciende la luz de la habitación. Porque, como evidencia el relato de Poe, la verdad no se oculta en lo recóndito, sino que se muestra con claridad allí donde siempre ha estado: a la vista de quien la sepa comprender.
Fuente: educational EVIDENCE
Derechos: Creative Commons