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- 23 de octubre de 2026
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En román paladino: esta educación es un timo

Foto: El flautista de Hamelín / Wikipedia. Autor: Augustin von Moersperg

Podemos discutir si el problema educativo que padecemos es estructural o coyuntural, sistémico o focal, si estamos ante un error conceptual de pertinaz contumacia o ante la mala aplicación de una teoría tan perfecta que no es de este mundo ni para él; o también si se trata de un modelo educativo romántico convertido en un negocio, un avatar educativo del idealismo filosófico de Fichte, la quintaesencia de un flower power pasado por la batidora del neomilenarismo cristiano o una ingeniería social neoliberal/transhumanista de miasmas sulfurosas demoníacas.
Podemos discutir sobre todo lo anterior y sobre mucho más, pero si lo que queremos es, como decía Gonzalo de Berceo, «fer una prosa en román paladino», o sea, si queremos ir al grano y llamarle al pan, pan, y al vino, vino, entonces deberemos decir que estamos ante un timo, un engaño monumental. Nos han dado gato por liebre, los cófrades de la orden pedagogista que pergeñaron el invento y los políticos que los han investido. Pero ni unos ni otros están dispuestos a reconocer error alguno ni a dar marcha atrás bajo ningún concepto. Los primeros porque en ello les va el comedero para seguir chupando del bote y cebando a la corporación; los segundos, los políticos, porque, más allá de la vergüenza de que carecen, les van en ello muchos votos y mucha crematística. El precio del voto cautivo: toca seguir pagando el espectáculo porque es la fuente que riega el negocio. Además, al fin y al cabo, tampoco lo pagan con su dinero y hay mucho a ganar…
Y es que tampoco hay ningún error que reconocer porque no han cometido ninguno, o como mínimo ninguno de bulto: unos y otros están consiguiendo alcanzar exitosamente sus respectivos objetivos. Los pedagócratas, aplicando su regla de oro de siempre crear un problema allí donde no lo haya y de tener siempre a mano otro para cada solución, han alcanzado ya con creces el objetivo de convertirse en los imprescindibles factótums educativos, tras años de haber ellos mismos problematizado, estigmatizado, destrozado el sistema educativo y haberlo convertido en una realidad esperpéntica, en una grotesca caricatura de no se sabe muy bien qué. Los políticos, a su vez, han conseguido también su objetivo fundamental, que nunca fue otro que asegurarse un voto cautivo de extracción populista que, según todo parece indicar, está sobradamente consolidado y sólo requiere ya de mantenimiento. Eso sí, hay que seguir oficiando el simulacro; o lo que es lo mismo, hay que seguir haciendo el paripé.
En definitiva, un monipodio en torno al cual se ha construido una gigantesca estafa, con infinidad de ramificaciones, intereses asociados y más estiércol que en los establos de Augias, que nuestra pastoreada e hipócritamente timorata sociedad se está tragando pastueñamente desde hace ya más de treinta años. Pero nada de esto hubiera podido seguir adelante sin la complicidad culpable -por activa o por pasiva- de una sociedad que ha tirado de tragaderas sin querer darse por enterada, porque ya le va bien o porque así lo quiere creer.
Tan bien urdida está la artimaña que hasta tiene sus válvulas de escape: cada tres años, con la publicación del informe PISA, la educación se convierte en noticia durante unos pocos días, aparece en los medios y la gente se pregunta qué está pasando en las escuelas ante tan paupérrimos resultados. Se produce entonces la catarsis de rigor y asistimos al espectáculo de los fingidos rasgados de vestiduras por los «sorprendentemente» pésimos resultados educativos. Una burda teatralización, como la del inefable capitán Renault de la película Casablanca (Michael Curtiz, 1942), cuando clama indignado en medio del casino ¡Aquí se juega! y ordena su cierre, mientras de bajo mano le están pasando su mordida. Pero, lo dicho, esto sólo dura un par o tres de semanas, luego se abre de nuevo el casino, aquí no ha pasado nada y en tres años nos vemos.
Hay dolo, claro que sí, por parte de unos farsantes que merecerían ser juzgados y condenados por el irreversible daño que han hecho y siguen haciendo, pero también lo hay por parte de una sociedad que de muy sospechoso buen grado sucumbió rápidamente a las lisonjas y a las imposibles promesas de unos tunos de manual. Una sociedad que prefirió dejarse fascinar por los cantos de sirena de unos embaucadores a los cuales entregó la instrucción de sus vástagos. Es en parte comprensible, ¿a quién no le gusta escuchar que todos tenemos un genio en nuestro interior y que el hijo melón saldrá adelante en la escuela por arte de un ensalmo pedagógico que despertará en él a la lumbrera que lleva dentro? Y si luego resulta que de genio más bien poco, entonces o todos o ninguno: aprobado general y a vivir que son dos días.
Como la bendita ciudad de Hamelin. Sí, la del flautista, las ratas y los niños abducidos. Sus ciudadanos querían librarse de la plaga de ratas, pero ninguno estaba dispuesto a poner manos a la obra y menos a ensuciárselas con tan repugnantes roedores. Por esto contrataron al pintoresco flautista que tan oportunamente se ofreció a ello y que luego resultó ser un nigromante. Y le ofrecieron lo que pedía sin reparar en lo que comportaba investirlo con el poder que le iban a conferir. Total, no le vamos a pagar, pensaban los muy ilusos.
Pero el flautista ya sabía desde un buen principio que los codiciosos burgueses de Hamelin no pensaban pagarle por la eliminación de las ratas. En realidad, el oro prometido que le niegan después de haberlos librado de ellas es sólo una metáfora de la renuncia a sus propias responsabilidades. El precio de verdad lo iban a pagar por haberse puesto en manos de un nigromante cuyo interés en todo esto era quedarse con los niños del pueblo. El impago es el pretexto para luego llevarse a los niños como antes se había llevado a las ratas. Y ya se sabe, quien roba a un ladrón…
Más o menos como aquí, metáforas a banda. Con una sociedad que se inhibió y entregó a unos tunantes el poder sobre la educación. Y la demagogia, reconozcámoslo, gustó y triunfó. Aprobados generales, educación a la carta, gamificación, prohibido prohibir, todo el mundo es bueno, títulos para todos y a vivir que son dos días; ah, y todo pagado (!)… un cóctel digno de la isla de los juegos de Pinocho, y concebida con sus mismos designios. ¿Quién iba a decir que no? Nadie, o sólo cuatro cenizos que fue fácil cancelar. El invento salió adelante entre vítores y aplausos. Parecía que por fin se había dado con la cuadratura del círculo: los niños, en la isla de los juegos de Pinocho, y los adultos, más contentos que Sancho Panza de gobernador en la ínsula Barataria. Pero claro, luego viene la realidad: la cuadratura del círculo era una quimera, la isla de Pinocho ya sabemos adónde llevaba y lo de la ínsula Barataria también. Y donde hay burlador hay burlado. Lo describió lúcidamente hace ya años el gran Gregorio Morán[1]: “lo más doloroso de la derrota de la enseñanza pública es que la han liquidado los mismos que más la hubieran necesitado”.
Y cuando es demasiado evidente que la cosa no funciona y ya no se puede ocultar que alumnos de 14 años no saben hacer ni la O con un canuto, se pone en marcha el plan B: si se han de reducir los contenidos y rebajar los niveles de exigencia hasta límites grotescos, se hace y punto. El relato pedagógico ya aportará la debida cobertura: aprender no es lo importante, sino aprender a aprender; ¿Para qué enseñar contenidos si todo está en internet y ya tenemos la IA, que permite a los niños aprender lo que requieran cuando quieran? ¿No estamos democratizando el conocimiento dándole a todo el mundo acceso a internet? ¿Para qué memorizar? La escuela no está para aprender, sino para interactuar socialmente y ser feliz…
¿Cómo es posible que una sociedad pueda caer en semejante trampa y sucumba a unos discursos cuya naturaleza tramposa salta a la vista? ¿Y cómo puede ser que este relato de éxito en educación, a cualquiera que lo sostuviera para cualesquiera otros ámbitos de la actividad humana se le tomaría por orate y sería la mofa y la befa de cualquiera con un mínimo de sentido común?
Todas estas cosas son las que en petit comité comenta casi todo el mundo con la boca pequeña, como una verdad profunda tan conocida como silenciada, tan cierta como proscrita. Lo que todo el mundo sabe, pero nadie se atreve a decir públicamente.
Sin duda va siendo hora de decir basta. Pero tendrá que ser la sociedad; ni los políticos, ni los pedagócratas, ni los medios de comunicación ligados al poder -la práctica totalidad- lo harán jamás. Para ellos lo importante es que prosiga la función, porque si se acaba el espectáculo, se acaba el negocio, y si se acaba el negocio, entonces se les acaba chollo. Seguimos para bingo…
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[1] Gregorio Morán, ‘La derrota más sentida’, Sabatinas intempestivas, La Vanguardia 13/09/2010. https://secundaria.info/portal/article.php?sid=20100913074734#cmtx_comments
Fuente: educational EVIDENCE
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