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- 30 de octubre de 2026
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Treinta años de LOGSE. La ‘reunionitis’ como epidemia pedagógica

Imagen creada mediante IA

Felipe de Vicente
La LOGSE no solo nos trajo una catarata de conceptos, teorías y prácticas englobadas bajo el nombre de pedagogismo. No solo cambió el noble oficio de enseñar por el de “aprendizaje significativo”. Ni el aula por un entorno flexible, dinámico y centrado en el estudiante, o la autoridad del profesor por el acompañamiento y guía del aprendizaje. Y muchas cosas más. La LOGSE trajo algo más: una fiebre desmedida por la reunionitis, por reunirse por cualquier motivo, multiplicando encuentros muchos de ellos inútiles e ineficaces.
La reunionitis se ha convertido en una verdadera epidemia contra la que no hay vacuna. Existen, entre los epidemiólogos especializados en enfermedades pedagógicas, diversas teorías sobre el origen de la epidemia, teniendo en cuenta el historial clínico de los autores de la ley y sus entusiastas seguidores. Unos investigadores se remontan a los soviets, las asambleas de trabajadores de la revolución rusa, pero en este caso la propagación se terminó cuando los revolucionarios llegaron al poder y solo hubo una reunión: la del politburó del Partido Comunista que suplía a todas las demás. Pero la etapa en que todo eran soviets, o sea, reuniones, sigue siendo la referencia del revolucionario más fervoroso.
Otros especialistas consideran que la mayoría de los autores y defensores de la LOGSE fueron estudiantes durante y después el mayo del 68 y participaron de las continuas y soporíferas asambleas de Facultad. El virus inoculado entonces no fue eliminado y mutó en forma de reunión pedagógica. La reunión viene a ser un revival de aquellas asambleas, generalmente disueltas por los grises, en las que se cantaba la Internacional y el “No serem moguts”.
Hay un sector de epidemiólogos pedagógicos que sitúan el foco en el modelo de autogestión yugoslavo. Una parte muy importante de la progresía de entonces admiraba el modelo yugoslavo como una alternativa a la rígida planificación soviética y al capitalismo liberal (hoy sería neoliberal). En la entonces Yugoslavia las empresas eran de los obreros. Ellos decidían todo, eso era la autogestión. Y el paraíso de las reuniones. Al menos tres: la asamblea de trabajadores, la junta de gestión y el consejo obrero, además de los diversos comités especializados. ¿Y cuándo trabajaban? En los ratos libres.
Todos los obreros yugoslavos, sea cual sea su formación, participaban en la toma de decisiones, algunas de ellas de gran complejidad técnica. Allí se discutía todo, desde el precio del comedor hasta si se compraba una grúa. Los obreros sin formación financiera tenían que votar inversiones complejas. Y así les fue. La productividad se vino abajo y Yugoslavia terminó con una de las economías más ineficaces del mundo, con sus habitantes pugnando por salir del camarote: de un único país salieron los 7 actuales.
En el modelo traído por la LOGSE hay diversos tipos de reuniones. En niveles estándar se pueden señalar: reuniones de evaluación, de grupo, de nivel, de departamento, de ámbito. Y luego está la reina de las reuniones: el claustro. En los años más duros de la epidemia de reunionitis, el claustro era soberano. Casi tanto como el Parlamento inglés que, al no estar sometido a Constitución escrita, puede hacerlo todo, hasta proclamar la República. De poco servía a veces acudir a la ley. El claustro está por encima.
Nada más parecido a las añoradas asambleas de Facultad aquellos claustros, sobre todo en los años de la primera aplicación de la LOGSE. Un servidor, que ha vivido (o padecido) las asambleas de antaño y los claustros de entonces no se extraña. En mi larga vida de docente he visto de todo, por ejemplo, a un claustro decidir que el perímetro del instituto era “zona desnuclearizada”. Y, por supuesto, adhesiones a manifiestos, declaraciones, huelgas… que nada tenían que ver con la enseñanza. ¡Ah! Y muy democrático: si el claustro decidía huelga, todos estaban obligados a seguirla, aunque hubieran votado en contra.
Hoy, el péndulo se ha ido al otro extremo y, en no pocos casos, el claustro sirve de cobertura para amparar decisiones autoritarias de las direcciones que se apoyan en el voto de quienes tienen miedo a perder su plaza, su prebenda o sufrir alguna represalia. Así, bajo el paraguas de “lo ha decidido el claustro” se imponen normas arbitrarias de convivencia, se desvirtúan programaciones, se aplican horarios… contra la norma escrita.
Un capítulo aparte son las reuniones con padres de las que hay diversos tipos. Por un lado, las generales de la dirección con todos y, por otro, las más reducidas del profesorado con los padres de un grupo. En principio son reuniones informativas, pero todas acaban en un “¿qué hay de lo mío?”, o sea, “a mi hijo le pasa esto” y acaban en un consultorio o en un parapeto para frenar quejas y lamentos de los progenitores para quienes siempre su vástago tiene razón.
En un segundo nivel están las reuniones premium, incluso con algún tentempié. Las reuniones de directores de zona, las de directores con la inspección o con los directores de servicios territoriales. Incluso con algún gran tótem de la administración educativa. Pero estas últimas no son nada asamblearias. Se va a escuchar y a obedecer lo que ha decidido el politburó pedagógico-administrativo. El guirigay queda para los sufridos profesores. Ahí se ve que aún hay clases y jerarquías. Una subespecie son las reuniones de las comisiones de matriculación, quizás las más tediosas.
Luego están las reuniones más fetén: las del Consejo (soviet en ruso) Escolar de Centro. Además, para los más cafeteros están los Consejos escolares municipales y los autonómicos. Y, por supuesto, el Consejo Escolar del Estado, pero al menos por ir a este te pagan dietas que cubren un menú de 15 € y, si vienes de fuera de Madrid, noche en un hotel de tres estrellas y viaje en tarifa turista.
Como director y secretario he participado en muchos consejos escolares. La reunión no puede ser más variopinta y fascinante. Personas que, siendo honradísimas y estupendas, no tienen ni idea de educación decidiendo sobre la programación del centro, los currículums, el presupuesto y hasta sobre si un determinado profesor imparte bien sus clases. Y allí opina la señora de la limpieza (solía ser de lo más sensato) o un chaval de 13 años o un abnegado padre de familia que ni tan siquiera saben (y ni falta les hace) que es una evaluación diagnóstica, formativa o formadora, o una situación de aprendizaje o el perfil competencial de salida. Al final, estas reuniones acaban siendo un largo discurso del director con los demás asistentes mirando el reloj.
Algunas de estas reuniones pueden ser útiles, pero no todas y siempre que no se alarguen excesivamente, es decir, que se vaya al grano. Pero esto es excepcional. Dice Gandalf (El Señor de los Anillos): Todo lo que tenemos que decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Y el tiempo es limitado y llenándolo de reuniones inútiles no se mejora la educación. Quizás tenía razón el economista John Kenneth Galbraith cuando decía que las reuniones son indispensables cuando no quieres hacer nada. Muchas de estas reuniones están ligadas a la agobiante maraña burocrática a la que están sometidos los centros. Actas, informes a rellenar, expedientes… que requieren previamente una reunión porque así lo ha decidido la administración.
Los economistas han acuñado el término coste de oportunidad para calcular lo que renuncias por tomar una decisión en lugar de otra. El coste de oportunidad de las empresas yugoslavas por apostar por continuas asambleas en detrimento del trabajo productivo se podía calcular bien (y hay trabajos científicos que lo han estudiado para algunas empresas concretas). ¿Cuál es el coste de oportunidad de dedicar tantas y tantas horas a reuniones, muchas de ellas largas e ineficaces, en lugar de que cada profesor dedique más tiempo a su trabajo como docente? Pregúnteselo a PISA.
Fuente: educational EVIDENCE
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