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  • 5 de octubre de 2026
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No hay educación sin ambición

No hay educación sin ambición

Imagen creada mediante IA.

 

LA GRAN ESTAFA. Sección de opinión a cargo de David Cerdá

 

Licencia Creative Commons

 

David Cerdá

 

Si hay una palabra que ha desaparecido sospechosamente del vocabulario educativo es esta: ambición. De «motivación», «empoderamiento» o «empleabilidad» vamos bien servidos, pero ambicionar —saber más, llegar más lejos, dominar lo arduo, dejar de ser el que uno es para convertirse en alguien mejor— es verbo que ha dejado de conjugarse. No obstante, la educación, sin ambición, queda en casi nada. Ambitio viene de ambire: ir alrededor, recorrer, ir de acá para allá en busca de algo; así llamaban los romanos al trajín de quien recorría la ciudad solicitando votos y honores. Antes de convertirse en pecado, la ambición fue literalmente movimiento hacia lo que no se tiene. Una educación ambiciosa consiste exactamente en eso: poner a alguien en movimiento hacia su posibilidad más elevada.

Hay una crueldad de la exigencia, cuando se exige lo imposible o se abandona al que no llega. Pero existe también una crueldad de la condescendencia, más presentable porque se disfraza de empatía. Consiste en rebajar el listón mientras uno se felicita por ser tan sensible. Lo cierto es que al vulnerable hay que darle más, no menos. Más profesores, más tiempo, más becas, mejores aulas, libros, refuerzo, orientación, tranquilidad material, lo que haga falta; pero también hay que exigirle. El hijo de una familia culta y acomodada sobrevivirá a una escuela mediocre —en casa será suplementado en todo—, no así el que viene de lo que llama Montero Glez la parte de abajo del tobogán de la vida. Facturar al vulnerable al mercado laboral con un título que certifica conocimientos que nadie tuvo el valor de exigirle no es inclusión, sino estafa; la condescendencia con el desfavorecido es clasismo de piruleta. Para el vulnerable, el aprobado regalado es un pagaré de miseria.

La ambición es, así pues, un deber docente. Quien enseña contrae una obligación peculiar: tomarse en serio las posibilidades del otro. A veces eso significa acompañar, repetir, buscar otro camino o conceder más tiempo; otras, decir «esto todavía no está bien» y devolver el ejercicio o suspender. Hay una nobleza específica en negarse a bajar los estándares. El profesor que exige razonablemente y se niega a ese abajamiento en función del origen social sabe lo que se hace. En marzo de 1794 y pocos días antes de morir, escribe Condorcet a su hija: «Si tu espíritu no se ha formado, extendido, fortificado por estudios metódicos», acabarán imponiéndose la fatiga y «el hastío de tu propia mediocridad». Ahí tiene el lector tres verbos que no prometen comodidad. Condorcet creía además en la perfectibilidad humana y entendía la educación como el instrumento para emanciparnos progresivamente de la ignorancia. No sé en qué momento decidimos que semejante confianza en las posibilidades humanas, consustancial a la educación verdaderamente republicana, era inhumanamente agresiva.

Una parte de esa ambición tiene que ver con el trabajo al que uno puede aspirar. En Stand and Deliver, Jaime Escalante se empeña en enseñar cálculo avanzado a unos alumnos latinos de un instituto pobre de Los Ángeles. Lo interesante no es el consabido mensaje hollywoodiense de superación; es la premisa moral: su origen no autoriza al profesor a esperar menos de ellos. Ahora bien, si nuestra ambición se circunscribe a la empleabilidad, no honramos nuestro oficio. Condorcet señala que nuestra misión es doble, técnica y moral: formar una fuerza laboral competente y ciudadanos ilustrados. John Stuart Mill insiste igualmente en que la universidad no debe fabricar simplemente abogados, médicos o ingenieros, sino seres humanos capaces y cultos, preparados para combatir falacias, buscar la verdad y formar juicios propios. Esa es la otra cara de la ambición, y acaso su porción más grande: que el electricista sea algo más que electricista, la médica algo más que médica y el ingeniero algo más que ingeniero. Que sepan recabar información en la red sin ser pastoreados, disfrutar de Bach o de Galdós si les place, detectar una mentira estadística, entender un aspecto profundo de la tragedia humana, discutir sin repetir mantras y participar juiciosamente en la vida común. Las escuelas, institutos y universidades son mucho más que agencias para la capacitación de los recursos humanos.

Reivindiquemos una escuela ambiciosa. Ambiciosa primero consigo misma: que reclame dinero, estabilidad, buenos profesores, autoridad, tiempo y todos los medios que necesita. Y ambiciosa inmediatamente después con sus alumnos, porque sería obsceno reclamar mucho para ofrecerles poco. No hay contradicción entre cuidar y exigir; en educación, el cuidado verdadero incluye la exigencia. Tampoco se enfrentan la igualdad y la excelencia; la excelencia que se entiende reservada al rico es precisamente una fábrica de desigualdad. Volvamos a apostar por jóvenes intelectual y sentimentalmente robustos, cívicamente concernidos y armados con la palabra y los conocimientos para ser seres humanos plenos. Estamos a tiempo de trocar el pasmo pos-PISA por el retorno a nuestro olvidado ideal civilizatorio. Un ideal no es una utopía; es un faro imprescindible. «El alcance del hombre debe exceder aquello que puede asir», escribe Robert Browning en su poema Andrea del Sarto, «si no, ¿para qué existe el cielo?».


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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