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  • 6 de octubre de 2026
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El “Poble Espanyol”: Orígenes y trayectoria

El “Poble Espanyol”: Orígenes y trayectoria

La puerta del “Poble Espanyol” en Montjuïc. / Autor: pere prplz – Wikipèdia

 

Licencia Creative Commons

 

Soledad Bengoechea

 

Lo que bajo una apariencia menos ambiciosa resulta un maravilloso espectáculo es el llamado “Poble Espanyol”. La habilidad del gran Nogués ha reunido con todos los aires de la vida real un grupo de edificios antiguos, copia fiel o artísticamente trucada, de los más bellos caserones de la Península. Allí encontraremos edificios de Vich y de Rupit, de Viana y de Toro, de Ronda y de Medina del Campo -¡qué sé yo de cuántos pueblos! La Plaza Mayor ¡y lo impresionante que es! Cuando estás allí, te encuentras a cientos de kilómetros de Barcelona y, como como alguien hizo notar, ¡hasta el cielo enmarcado por las cuatro hileras de casas vetustas adopta un aire montañés! Y las callejuelas, y la iglesia románica encaramada a una colina, cerca de un grupo de cipreses… Si este magno pastiche no es la clave de la Exposición, el gancho más sólido para que el americano y el inglés atraviesen el mar, confesaré que no tengo ni idea de psicología de las multitudes. ¡Lo terrible es que este pueblo artificial les quitará las ganas de visitar a los auténticos! El turismo interior lo sufrirá seriamente.

 

La historia de la ciudad de Barcelona tiene tres hitos importantes: 1888, 1929 y 1992. Las dos primeras corresponden a sendas Exposiciones Internacionales y la tercera a los Juegos Olímpicos. Los tres eventos han tenido una gran proyección internacional.

Durante los años veinte, en el contexto histórico de la Dictadura de Primo de Rivera y dentro de las actividades y construcciones de la Exposición Internacional de 1929, se construyó un Pueblo Español que se convirtió en una síntesis de la arquitectura y la muestra artesanal de España. Se proyectó que fuera un conjunto de edificios extraídos de la arquitectura popular española que serían incorporados a una especie de collage. Se trató de crear un pueblo artificial en el que estarían reproducidos edificios representativos de las diferentes regiones de España, que se incluiría entre los pabellones dedicados al arte.

Los constructores del Poble Espanyol pretendieron hacer un recinto que fuera la esencia de los pueblos de España, quisieron construir un conjunto que fuera representativo de la diversidad de las diferentes Españas. Así, el complejo reconstruye con profusión detalles característicos de la vida de pueblo en distintas épocas y regiones españolas. En definitiva, el recinto fue construido con el propósito de componer una imagen global y abstracta de una población española de media categoría. Por eso hay una Plaza Mayor, porque es difícil encontrar un pueblo que no tenga, donde deberían celebrarse fiestas, una iglesia, en la que se llamarían misas, un edificio destinado a Ayuntamiento, un monasterio, y también calles, fuentes, comercios. Varios artesanos que trabajan de cara al público están establecidos también. En la entrada del conjunto, justo a las puertas de Ávila, hay un aviso de la autoridad: «Por orden gubernativa se prohíbe el tráfico de toda clase de vehículos antiguos y modernos por el recinto del Pueblo Español«. Y, en las afueras, hay un abrevadero para las caballerías y, en la pared, el bando del alcalde: “Por orden de la autoridad se prohíbe ensuciar estas aguas bajo la multa de cien reales de vellón». Hay, también, una cruz de límite y una fuente pequeña rodeada de vegetación. De hecho, el conjunto, inaugurado como una obra efímera, amalgama la pluralidad arquitectónica de una España que va del siglo XI al XIX.

El Poble Espanyol fue uno de los grandes impactos de la Exposición, al punto de convertirse en una parte fundamental. Junto al Palau Nacional y el espectáculo de las iluminaciones, el Poble fue el tercer gran evento que recibió todo tipo de alabanzas y entusiasmos.

La idea del Poble Espanyol no fue una invención muy original, porque la filosofía de recrear la arquitectura de un país en una Exposición no era nueva. En otras exposiciones universales ya se habían ensayado la exhibición de modelos de ambientes y arquitecturas populares del país: el Borgo Medievale de Turín de 1884, la serie de imitaciones histórico-folklóricas de París de 1889 (en esta Exposición se construyó la Ciudad Colonial y el Pueblo Africano, inmedidatos i únicos precedentes del Poble Espanyol), el Village Flamand, de Amberes y el Village suizo de Ginebra, ambos de 1896. Y, al menos desde la Exposición celebrada en París en 1900, pero sobre todo desde las de Lieja (1905) y Bruselas (1910), exponer no sólo máquinas o productos manufacturados, sino también la arquitectura del país como espectáculo visual, formó parte de los montajes que programaban las exposiciones internacionales. Casi en cada exposición había un rincón para presentar escenográficamente y con el recurso del cartón piedra un resumen de la tradición arquitectónica local.

Todo empezó, pues, como una imitación de escenografías. Se trataba de hacer sólo un escaparate provisional, porque estaba diseñado para ser derribado una vez que la Exposición hubiera finalizado. La idea de los organizadores era montar un Pueblo Típico Español a base de escayola con vistas al derribo, pero parece ser que fue el arquitecto Francesc Folguera, con una clara visión de lo que representaba el proyecto, el que se opuso a la idea de plateau imponiendo materiales sólidos que darían al monumento una vida más duradera. Tuvo que luchar fuerte hasta que el Comité Ejecutivo de la Exposición le dio libertad de acción, aunque le negaron que los edificios fueran habitables. Por esta gestión, algunos arquitectos reivindicaron la figura de Francesc Folguera señalándolo como un elemento importante en la gestación del Poble. Al menos, decían que “El hizo obra de arte auténtica, orgánica y armónica de lo que sin él no habría pasado de ser decorados todo lo magníficos que se quiera, pero que hubieran fenecido con la clausura de la Exposición de 1929”.

Así, el Poble Espanyol alcanzó unas dimensiones muy diferentes de lo que en un principio se había pensado. Y es que esa escenografía fue encargada a cuatro profesionales de gran prestigio que la entendían dentro de unos intereses culturales muy concretos. Aquellos hombres fueron los arquitectos Ramon Reventós y Francesc Folguera, el pintor Xavier Nogués y el crítico de arte y pintor Miquel Utrillo. Dos amigos de los anteriores, Joaquim Montaner y Lluís Plandiura, tuvieron también una intervención muy destacada en la creación del Poble Espanyol. Montaner, desde su cargo de secretario de la Exposición y de director y jefe de servicios de la sección “El Arte en España”, y Plandiura como presidente de la Exposición Especializada del “Arte en España” y como comisario regio de Bellas Artes, supervisaron todas las decisiones que tomaron los cuatro hombres mencionados.

A primera vista, la idea de hacer una población en la que hubiera representación de todos los lugares de la península era una temeridad. En efecto, ¿cómo era posible ligar en un solo haz idiosincrasias tan divergentes, arquitecturas tan opuestas, climas tan distantes como los que se encuentran dentro del área de la antigua Iberia? Por utilizar expresiones de la época, ¿cómo las callejuelas estrechas y blancas de una villa andaluza, llenas de sugerencias africanas, preparadas para la soleada feroz del mediodía,  conjuntadas con el ruido de castañuelas y el lamento de las canciones flamencas, podían armonizar con la grave arquitectura vasca, hechas de maderas sombrías y preparadas para inviernos de lluvia interminable, cerca de los castaños centenarios y los helechos tiernos? El Pirineo no podía, dentro de un área de pocos metros, entenderse con la huerta de Murcia. Los bordes sonrientes y melancólicos del Miño no convivirían pacíficamente con las tierras desnudas y trágicas de la meseta castellana.

La síntesis de elementos tan diversos era una locura. Uno podría reunirse en un espacio limitado, pero ¿fundirlos? ¿Darles una sola alma? ¿Evitar una serie de contrastes violentos y desagradables? Parecía enteramente imposible.

Este imposible no ha sido realizado en el Poble, pero hay que reconocer que los directores de esta magna escenografía supieron camuflar con un arte exquisito, con una trapacería admirable, con un tacto magistral, los tránsitos que podían resultar explosivos. Entre las arquitecturas de las comarcas más separadas, ellos supieron introducir edificios pertenecientes a climas o tipos étnicos intermediarios. Como quien dice con pinzas, tomaron caracteres comunes para enmascarar los rasgos divergentes… De este modo, el visitante pasa del norte al sur, del este al oeste, de las regiones secas a las regiones húmedas, del Mediterráneo al Atlántico, del llano a la montaña sin experimentar ningún estremecimiento grave.

El mosaico subsiste, pero cada parcela integrante del mosaico ha sido colocada con tanta idea que parece hermanarse con las que la rodean; les toma algunos reflejos, les envía algún matiz. No es extraño, pues, que a poco que las circunstancias acompañen se pueda hacer la ilusión que está en una verdadera villa española.

Este desenlace, que convirtió el recinto en un conjunto orgánico, se debió a que fue encargado a las cuatro personas mencionadas, que tenían una extraordinaria sensibilidad y que hicieron con el tema un portentoso juego de manos. El Pueblo fue esencialmente planteado según una profunda, inteligente y refinada preocupación estética.

No ha sido fácil reiterar con una repetición más o menos actualizada los resultados obtenidos en esa fecha. Los intentos posteriores realizados con un criterio similar, tales como el de Palma de Mallorca o el de la Expo de Bruselas, no alcanzaron, sin duda, igual nivel.

Los cuatro profesionales, movidos por la ilusión de crear un verdadero pueblo que fuera una síntesis de la variedad y complejidad de España, realizaron distintos viajes por la península para recoger material iconográfico. Durante el recorrido, tomaron cientos de fotografías, anotaciones y dibujos, lo que les permitió escoger el que mejor se adaptaba a la idea que tenían que plasmar. Una idea aproximada de la importancia que tuvieron estos viajes lo da el número de poblaciones que visitaron los turistas: un total de mil seiscientas. Se entiende, pues, que sin estos viajes el Poble Espanyol nunca hubiera llegado a ser el producto que finalmente es. Una vez trazada la primera idea de este pueblo, el trabajo de los diseñadores del Poble Espanyol consistió en la selección de este material.

Los viajeros tuvieron mucho acierto en la elección de modelos y su cuidadosa reproducción. Pero aún fue más importante la forma de interpretarlos y relacionarlos para conseguir el plan orgánico de todo un pueblo. Esta unidad orgánica se logró porque por encima de todo había una idea urbanística. Esto le dio desde el principio un éxito distinto a los anteriores Villages Suïsses.

El Poble Espanyol es un pueblo inexistente, imposible, un pueblo de ningún lugar. Aunque muchos de sus elementos sean copia exacta de elementos reales, conviene decir que la labor de los arquitectos y de los artistas que les ayudaron no se limitó sólo a reproducir al pie de la letra; además de la invención de los conjuntos -algo bien delicado-, les debemos la invención de no pocos detalles. Hay muchos edificios que resultan más bellos en su versión barcelonesa que en su contexto original. En muchos casos los constructores del Pueblo sumaron detalles significativos: procedieron, pues, con cierta libertad artística, más que con un prurito de fidelidad arqueológica.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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