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  • 30 de septiembre de 2026
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Cuestionando la IA como nueva panacea educativa

Cuestionando la IA como nueva panacea educativa

Imatge Faisal Mehmood – Pixabay

 

Licencia Creative Commons

 

Joan Nonell

 

La exministra de Educación que desplegó la conocida como ley Celaá (LOMLOE en su versión más pomposa), Pilar Alegría, ya en marzo de 2023, restaba importancia al bajón de los contenidos en las diferentes materias del currículo educativo, lo que justificaba por la imparable llegada de la Inteligencia Artificial. Es más, calificaba la citada ley como la respuesta a la necesidad de repensar las nuevas formas de aprender y enseñar que esta presencia digital fantasmagórica nos plantea. Textualmente, la ministra decía: “Una cosa es que trabajemos la memoria y otra pensar que es suficiente esa acumulación de contenidos para que nuestros estudiantes entiendan la realidad del mundo” [1]. Pues bien, ahora que los resultados de las pruebas PISA 2025 han vuelto a evidenciar el descenso en competencias lectoras, matemáticas y científicas del alumnado patrio, fruto en parte de la aplicación de estas “nuevas formas de aprender y enseñar”, es un buen momento para establecer correlaciones entre el despliegue de nuevas prácticas educativas la hora de «comprender la realidad del mundo», sin duda, uno de los objetivos que pretende evaluar PISA.

El Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP) o el despliegue curricular a partir de Situaciones de Aprendizaje (SA) que la mencionada ley instauró, obliga a docente y alumnado a destinarle bastante tiempo a la profundización en la cuestión tratada, lo que puede resultar apropiado si lo que se persigue es trabajar determinadas competencias. El problema radica en que todo ese tiempo invertido, selectivamente, en un aspecto concreto de la miríada de contenidos que presenta el currículo, es el que nos falta a la hora de abordar y tratar, con un mínimo de coherencia, el resto del conocimiento que la materia contiene. El resultado es un aprendizaje discontinuo, recortado y dislocado en la mayor parte de ámbitos, donde el saber está subordinado al capricho de editoriales, a proyectos educativos de centro que priorizan necesidades sociales o intereses de corporaciones externas que ven en el marasmo de la escuela y en el mareo de los docentes la oportunidad de hacer negocio.

No hace falta ser un analista social de futuros plausibles para entender que la apuesta por estas “nuevas formas de aprender y enseñar” presentarían, ya a corto plazo, los problemas que hemos descrito. Es decir, la propia Pilar Alegría y sus asesores ya preveían que los agujeros en la comprensión de la realidad del mundo que las nuevas pedagogías, presentes en la LOMLOE, provocarían en generaciones enteras de alumnos, planeaban como oscuras nubes sobre el luminoso panorama educativo reformista que el pedagogismo presentaba como la solución a la crisis el ascenso social. Pero tenían un as preparado en la manga para hacerle frente y desvanecer la tormenta. Éste no es otro que el despliegue, en el campo educativo, de la Inteligencia Artificial. Lo que, en primer lugar, puede realizar esta tecnología es personalizar la enseñanza. La idea es, a partir de la diagnosis cognitiva a la que somete de inicio a los alumnos, ofrecerles un programa de actividades y materiales de estudio y aprendizaje diseñados para hacer perseverar en sus características a cada uno de ellos, garantizando así su éxito escolar, al tiempo que permite a docentes y centros crear todo tipo de herramientas y materiales de apoyo para reforzar además metodologías innovadoras aplicadas a lo largo de las etapas educativas.

El principio rector que el uso de esta tecnología requiere la hace lo bastante atractiva para los defensores de la reforma educativa como para aplicarla sin mayores prevenciones, respecto a posibles riesgos y amenazas que contenga: la IA sitúa al alumno en el centro del proceso de aprendizaje. Además, la IA cuenta con el beneplácito de la ciencia, el progreso tecnológico y la aprobación de la sociedad, que la mira entre hechizada y atemorizada, como si de una nueva Esfinge se tratara. Por si fuera poco, se nos dice que la IA generativa, en sus procesos adaptativos de adquisición de nuevos aprendizajes por asimilación de datos, imita el funcionamiento de la inteligencia biológica humana, recibiendo así la aprobación de las neurociencias -disciplinas de culto de la fe pedagogista- para su uso escolar. Tener una tecnología capaz, supuestamente, de replicar y perfeccionar los mecanismos cognitivos del cerebro, la hace muy atractiva para aquellos que buscan senderos rápidos para superar las dificultades de aprendizaje y la falta de motivación del alumnado. Por último, otro de los mantras del reformismo de los últimos años dice que la escuela no puede dar la espalda a los cambios y transformaciones que experimenta la sociedad y el mundo. La IA es el exponente más paradigmático de estos cambios, por lo que parece una herejía privar a la escuela de su uso.

En nombre de esta enseñanza ultramoderna y utilitarista infalible las aulas de los centros educativos y los cursos de formación docente se han llenado de herramientas generativas, basadas en la IA, que facilitan la creación de mapas mentales, resúmenes, esquemas, presentaciones y actividades, creadas por las grandes corporaciones tecnológicas, que alegremente se aplican sin orden ni control en una especie de gran experimento socioeducativo, que sigue el criterio innovacionista que atribuye a toda novedad la bondad inherente a su uso. Todo un programa auto-desplegable que cuenta con la connivencia del profesorado, sometido a diario a la frustrante realidad de la desconexión y apatía de su alumnado, mientras recibe los sutiles estímulos de la promesa salvífica que representan estas herramientas, en su aplicación, y el amparo necesario de las autoridades educativas que, como la propia Pilar Alegría en su momento, lo han fiado todo a la capacidad substitutiva de la IA y su eficacia.

Tal y como Éric Sadin describe en su ensayo La inteligencia artificial o el desafío del siglo [2], la ola digitalizadora en la que vivimos se alimenta de la creencia en que detrás el impulso algorítmico que gobierna la IA, hay una mano invisible automatizada que corrige la sociedad, eliminando el desorden y ahuyentado la vulnerabilidad. Bajo el principio de la comparatividad de todo con todo que la economía de datos hace posible, para impulsar el capitalismo cognitivo, y la promesa de la optimización de uno mismo que el desarrollo de la IA debe aportarnos, sacrificamos toda reticencia y prevención crítica, convencidos del sumatorio de beneficios correctores que son inherentes al despliegue de esta tecnología. La vieja trampa ilustrada del progreso ilimitado se oculta tras la aceptación y el optimismo confiado en que pedagogos, políticos y tecnólogos han escenificado ante la incursión de la IA en la escuela. Constatando esta indefensión, que ha encontrado el terreno respaldado por la crisis y desprestigio de las humanidades, primeras víctimas del ascenso utilitarista del desarrollo tecnológico, hay que levantar un muro que proteja a la escuela del asalto mercantilista y de la apropiación ideológica que están llevando a cabo las plataformas digitales, a través de la IA.

Rearmarse y resistir pasa por esclarecer los principios que están en la naturaleza misma de la escuela. De la misma manera que las humanidades no son económicamente productivas, pero resultan esenciales para mantener saludable y activa la democracia, tal y como demuestra con sus trabajos Martha Nussbaum[3], la escuela no debe tratar de convertirse en el espejo exacto de la sociedad donde se encuentra, sino que debe preservar valores y bienes culturales que garanticen el desarrollo integral de la condición humana. Parafraseando a Hannah Arendt, hay que admitir que “el conservadurismo, tomado en el sentido de conservación, es la esencia misma de la educación” [4]. La tarea primordial de la escuela es encubrir y proteger lo valioso -el niño frente al mundo, lo que existe desde antes frente a la novedad-, para hacerlo crecer y que llegue a valerse por sí mismo, hasta constituirse como entidad autónoma.

Una de las paradojas que nos deja el análisis de los resultados recientes de las pruebas PISA es constatar que los alumnos que provienen de los entornos más favorecidos son los que más han empeorado [5]. Una explicación plausible del fenómeno es que este alumnado, de entorno socioeconómico más elevado, tiene un acceso regular y continuado a las herramientas tecnológicas, incluidas las inteligencias artificiales generativas, cuyo uso intensivo representa una clara desventaja respecto a aquellos, más desfavorecidos, que no las utilizan porque no pueden. Ligándolo con la prevención conservadora planteada por Hannah Arendt, podemos concluir que la frecuentación de los libros impresos, que favorecen la atención plena, y las prácticas activas de escritura madurativa del pensamiento, añadidos al dominio de las herramientas de cálculo, son los medios más eficaces para, no sólo permitir la consecución de los mejores resultados en las pruebas PISA sino, sobre todo, para adquirir el anhelado razonamiento crítico que capacita al estudiante para “entender la realidad del mundo en el que vive”. Protegerlos de sí mismos y fomentar la creatividad y la práctica reflexiva es el mejor servicio que la escuela puede ofrecerles. Sólo así les hará capaces de tomar sus propias determinaciones en una sociedad cada vez más gobernada por sistemas autónomos y criterios mercantilistas. Justamente lo que la exministra pretendía dejar en manos de los algoritmos de la IA, creados para llenar los agujeros provocados por las nuevas formas de aprender y enseñar, despejadas de contenidos, y centradas en el automatismo del hacer más que en la libertad del saber. La lección que PISA nos da, esta vez, es que idolatrar la innovación, aplicándola sin la prevención de la prudencia, más que una solución para la educación es el agravamiento de su tragedia.


Referencias:

[1] https://exitoeducativo.net/pilar-alegria-educar-acumulando-contenidos-ya-no-sirve/

[2] Éric Sadin, La inteligencia artificial o el desafío del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical. Caja Negra, Buenos Aires, 2020.

[3] Martha C. Nussbaum, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, Ed. Katz, Buenos Aires, 2012.

[4] Hannah Arendt, Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, Ed. Península, Barcelona, ​​1996.

[5] https://www.ara.cat/societat/educacio/pisa-espanya-alumnes-rics-han-perdut-mes-nivell-vulnerables_1_5844016.html


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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