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  • 7 de mayo de 2026
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La FP ante el espejo: entre el cambio y el estigma

La FP ante el espejo: entre el cambio y el estigma

Estudiante de mecanizado en un taller de FP. Generada con IA (Nano Banana, Google Gemini), prompting del autor.

 

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Antoni Hernández-Fernández

 

Llevamos años escuchando que la Formación Profesional (FP) «ha cambiado mucho». Y es verdad, ha cambiado. Pero quizás no tanto, ni tan rápido, como el contexto socioeconómico requiere. Y sobre todo, no ha cambiado un ápice en la cabeza de mucha gente.

Un estudio reciente publicado en el Journal of Applied Youth Studies por tres investigadores de la UB, la UPC y la UAB arroja datos que invitan a la reflexión (Valls et al., 2026). Siguiendo a más de 2.000 alumnos barceloneses durante su transición desde cuarto de la ESO a los estudios postobligatorios, los autores encontraron algo que rompe con el tópico: los alumnos que entran en FP no se desenganchan del sistema educativo, sino todo lo contrario. Su implicación conductual en el aula y sus resultados académicos autopercibidos aumentan tras esta transición, y de forma más pronunciada, que entre quienes cursan bachillerato. En otras palabras, la FP no arrastra a los jóvenes hacia actitudes contrarias a la escuela, ni al abandono escolar. A muchos, de hecho, les devuelve las ganas de estudiar. La FP es la manera de que prosigan sus estudios en un mercado laboral en el que, también es cierto, en muchas familias profesionales un ciclo formativo de grado medio (CFGM) se queda algo corto, y luego prosiguen con un ciclo formativo de grado superior (CFGS).

Este estudio aporta nuevas evidencias, en el contexto catalán, y matiza décadas de literatura sociológica (desde los estudios clásicos de Hargreaves (1967) hasta Van Houtte (2016)), que describía los itinerarios de la formación profesional (vocational training), como una vía hacia la resignación y el desapego escolar. Y sin embargo, el estigma persiste. ¿Por qué?

 

«El que vale, vale; y el que no, a FP»

Esta frase, que muchos docentes han oído, y alguno incluso ha pronunciado, resume una jerarquía implícita que sigue organizando, silenciosamente, buena parte de la orientación educativa en España al finalizar la ESO. El bachillerato como camino de los capaces. La FP como destino irremisible de los que no llegan “al nivel”.

El problema es estructural, no es solo cultural. Como Valls et al. (2026) revelan, los alumnos que optan por FP tienen, en promedio, padres con menor nivel educativo, una tasa significativamente mayor de origen inmigrante y peores resultados académicos previos. El 53% de los alumnos de FP en la muestra tenían padres sin ninguna titulación postobligatoria, frente al 23% en bachillerato. Solo el 13% de las familias de los alumnos de FP contaba con estudios universitarios, frente al 51% en la vía académica.

Eso se traduce, en las realidades cotidianas, en que estadísticamente le cuesta más a un alumno de familia sin estudios universitarios convencer a sus padres de que quiere hacer un bachillerato, y luego una carrera, y, viceversa, los padres con estudios universitarios son más refractarios a que sus hijos cursen un CFGM, entre otros motivos por aquello de ‘tú prueba el bachillerato, y a las malas siempre luego podrás hacer FP’. En muchos casos, nadie en el colegio les ha explicado, con convicción, que un ciclo formativo de grado superior puede ser una puerta igual de válida que una carrera universitaria, y muy bien remunerada, especialmente en sectores técnicos, y en profesiones donde la IA tiene poco que decir (Moreno-Izquierdo y Torres-Penalva, 2025). Me gustaría saber, algo que no desvela el estudio de Valls et al. (2026), cuantos estudiantes empujados al bachillerato se acaban estampando allí.

Y no es casualidad. Es reproducción social. Las familias con menos capital cultural y económico se siente arrastradas hacia la FP, no necesariamente porque sea la mejor opción para su hijo, sino porque es la más accesible, la menos costosa económicamente, en tiempo y en expectativas (de finalización y de empleo) y, en definitiva, porque el entorno no les ha transmitido otra narrativa existencial posible.

 

Lo que sí ha mejorado en la FP y lo que el aula enseña

Sería injusto ignorar lo que ha cambiado la FP. La FP dual, por ejemplo, ha ganado terreno en España, acercando la formación a las empresas y aumentando la empleabilidad. Los nuevos ciclos en áreas como ciberseguridad, IA, automoción eléctrica, energías renovables, sanidad o atención a la dependencia, responden a necesidades laborales, todas ellas concretas y urgentes. Según el Observatorio de la FP en España, la tasa de inserción laboral de algunas familias profesionales supera con creces a la de muchas titulaciones universitarias.

Además, la reforma de la FP impulsada en los últimos años ha intentado flexibilizar los itinerarios, facilitar la permeabilidad entre la FP y la universidad, y certificar la experiencia laboral previa. Son pasos relevantes. También, por supuesto, el que se pueda acceder a un CFGS desde bachillerato también es otra oportunidad de ‘salto’ a la FP, no desdeñable. Empero, sin embargo, cuando un alumno de 4º de ESO llega a la tutoría o a la orientación psicopedagógica con dudas, la pregunta sigue siendo, a menudo: «¿Y no puedes intentar el bachillerato?».

Valls et al. (2026) aporta una reflexión relevante para el trabajo diario en secundaria: la implicación conductual al final de la ESO es un predictor significativo del rendimiento académico en el primer año de bachillerato. Es decir, y puede parecer una obviedad (pero hacen falta evidencias en educación, no me cansaré de repetirlo, máxime en “Educational Evidence”), pero los hábitos escolares (asistir a clase, no meterse en problemas, mostrar disposición activa al aprendizaje) importan, y mucho, para lo que viene después. Esto tiene una implicación directa para los docentes de los últimos cursos de la ESO: trabajar el compromiso escolar no es solo una cuestión de convivencia, o de supervivencia en el aula. Es una inversión en el futuro académico y personal del alumno, sea cual sea el camino que elija.

Y no todos los alumnos encajan en bachillerato. No porque les falte capacidad, en algunos casos, sino porque les faltará el sentido. Quizá porque les esperaría, tras formarse adecuadamente, una profesión y una vocación que les apasiona, y a la que se podrán dedicar (y les pagarán por ello), siguiendo la máxima nipona del Ikigai. Estaría bien, por cierto, un sistema de becas que realmente ayude a los más desfavorecidos a poder escoger, más allá del marco mental y social de sus padres.

La FP no necesita solo más recursos o mejor imagen institucional. Necesita que los propios docentes de secundaria dejemos de transmitir, conscientemente o no, que es un itinerario de consolación, un segundo plato. También que la orientación educativa funcione en secundaria, que deje de ser un mecanismo de deriva, heredado de la disociación entre FP y BUP del siglo XX, y se convierta en un espacio de reflexión y exploración genuina de los intereses y el contexto de cada alumno. Los datos de Valls et al. (2026) son claros: muchos jóvenes que llegan a la FP con su autoconcepto académico por los suelos florecen allí. No a pesar de haber elegido FP, sino gracias a ella y a sus profesionales.


Referencias:

Hargreaves, D. (1967). Social relations in a secondary school. Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203001837

Moreno-Izquierdo, L. y Torres-Penalva, A. (2025). Inteligencia artificial y empleo: una reflexión aplicada al mercado laboral español. Información Comercial Española (ICE), Revista de Economía, (938), 131-143. https://doi.org/10.32796/ice.2025.938.7892

Valls, O., Sánchez-Gelabert, A. y Merino, R. (2026). Youth Transition to Upper Tracked Secondary School in Barcelona: a Longitudinal Analysis of Behavioural Engagement and Achievement. Journal of Applied Youth Studieshttps://doi.org/10.1007/s43151-025-00193-y

Van Houtte, M.(2016). Lower-track students’ sense of academic futility: selection or effect? Journal of Sociology, 52(4):874–889. https://doi.org/10.1177/1440783315600802


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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