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- 3 de marzo de 2026
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La educación en la agenda mediática


Eva Serra
Los medios de comunicación acostumbran a ser recurrentes en temas que generan impacto, novedad o polémica. La corrupción o los escándalos sexuales tan presentes en la actualidad de nuestro país últimamente, los accidentes o las catástrofes, el desempleo y el mercado laboral, la inflación y el consumo, la vivienda o la agenda política son aspectos que con frecuencia alimentan el cribado informativo que consumimos a diario, pero no sucede así con la actualidad y el debate educativos. Y no deja de ser preocupante.
El concepto agenda-setting o agenda mediática, surgido en los años 70 del siglo pasado a partir de los estudios de Maxwell McCombs y Donald Shaw, ya indicaba cómo la jerarquía de las noticias decididas por los medios influye en la opinión pública y en la propia agenda política canalizando qué temas son más relevantes para ser publicados. Tan importante es destacar ciertas temáticas como ocultar otras pues todo ello moldea nuestra percepción sobre la realidad, configura posturas ideológicas y de pensamiento, condiciona nuestro voto en las elecciones o gradúa qué temas nos interpelan más directamente como individuos y como sociedad. Todo ello sirve, a su vez, para que el poder sitúe el foco de sus prioridades donde más interesa y se minimice aquello que es mejor que pase a un segundo plano o, directamente, no aparezca. Sería algo así como aumentar o disminuir el volumen de la información, y en ciertos casos, silenciarla del todo por aquello de que lo que no aparece en los medios, no existe. Y algo similar a esto último sucede respecto a la información educativa: los malos datos no existen puesto que apenas se habla sobre ellos. Más allá de la publicación fugaz de los principales titulares cuando aparecen ciertos informes internacionales el debate educativo se difumina, cuando no se apaga directamente. Parece que la caída histórica de nuestros alumnos en matemáticas o la cada vez peor comprensión lectora (véanse estudios) por citar dos competencias relevantes no son temas de interés general que merezcan demasiados artículos de opinión, mesas de análisis o intervención de expertos en tertulias prime time.
Sobre este ninguneo mediático hacia la educación se ha escrito y se ha estudiado lo suyo. Diversos estudios académicos y de análisis de medios apuntan, para comprender esta anomalía democrática, a la falta de periodistas especializados en educación, a la dificultad de convertir en digeribles para el gran público las investigaciones académicas que se publican, a la cambiante legislación y constantes reformas que exigen un seguimiento prolongado y complejo por parte de analistas, a la falta de interés que suscita la educación en la conversación pública o al escaso impacto inmediato que presenta la enseñanza al ser un proceso estructural, lento y con resultados solo medibles a largo plazo. Teorías como news value (valor-noticia) también confirman que la prioridad de los medios de comunicación pasa por aquella información que genera impacto inmediato o polémico, mientras que lo educativo está en las antípodas de la inmediatez o la polémica social (no me imagino una disputa en un bar sobre qué modelo de currículum académico ha obtenido mejores resultados en el continente asiático). Ciertamente, la educación vende poco en la guerra por las audiencias, genera escasos clics y no puede competir con ciertos escándalos que encontramos en la agenda-setting y que entretienen a base de bien.
Pero no hay que olvidar que la buena o la mala salud educativa determinan diagnósticos sobre temas tan mediáticos como el desempleo y el mercado laboral (a mayor nivel educativo, menor tasa de paro, mejores salarios y mayor competitividad), la inflación y el consumo (mayor poder adquisitivo y renta disponible), la vivienda (la educación como motor de concentración urbana o movilidad) o la propia agenda política y la salud democrática de un país estrechamente vinculada a la capacidad crítica tanto de sus representantes como de sus ciudadanos. Entonces, ¿por qué interesa tan poco informar sobre temas educativos? ¿Por qué entre la clase política no se ha logrado alcanzar nunca un pacto de Estado tras 48 años de democracia constitucional? ¿Por qué llevamos ocho leyes educativas que no han propiciado más que caídas en la calidad de nuestro sistema de enseñanza? ¿Por qué más de dos tercios (68,5 %) de los docentes se ha planteado en algún momento abandonar la profesión? ¿Por qué el el 24 % del alumnado español de 15 años no alcanza el nivel mínimo en comprensión lectora? ¿Por qué los alumnos españoles de 15 años están casi dos cursos por debajo en competencia matemática que los asiáticos de su misma edad? Y así, podemos seguir y seguir con más preguntas. Si la opinión pública no recibe información sobre el desarrollo educativo del país, difícilmente podrá exigir ni reclamar nada. Tampoco constará entre las preocupaciones principales de los españoles que publica el CSIS y en consecuencia no será valorado como una prioridad política.
En la actualidad, el debate educativo real se está desplegando en el patio trasero de las redes sociales. Hay quienes defienden incluso que las redes son la última esperanza en un contexto donde los poderes fácticos han copado la libertad de prensa señalando qué es información y qué desinformación; desnaturalizando al periodismo de sus funciones esenciales de control y vigilancia al poder, de pluralismo, de transparencia y de contribución a una ciudadanía informada, además de su propio papel educativo en la formación de la opinión pública. Tampoco es muy esperanzador comprobar cómo muchos periodistas -que actúan como auténticos líderes de opinión- hayan cerrado filas en torno al ejecutivo como si se tratara de una clonación mediática de cuanto sucede en el parlamento, no siempre ejemplo de debate en profundidad sobre asuntos cruciales que afectan a la ciudadanía. No olvidemos que muchos de nuestros representantes políticos miran con lentes de legislatura cuatrienal que no dan para visión de largo alcance hacia asuntos de lento recorrido como es el educativo. Se atribuye a Winston Churchill, tal vez apócrifamente, la siguiente cita: “el político piensa solo en las próximas elecciones, el estadista, en la próxima generación”. Muy especialmente aplicable a educación; quizás de lo que carecemos, pues, sea de estadistas.
Mientras tanto, la esperanza reside en que esta trastienda civil ha llegado para quedarse y así profesores, plataformas, ciudadanos, asociaciones y familias, además de las valiosas aportaciones de académicos comprometidos que investigan y publican -nuestro digital de lectura gratuita Educational Evidence es una muestra-, para avivar la necesaria reflexión que merecen las políticas públicas educativas y velar críticamente por el buen desarrollo de la transmisión de conocimientos en los centros de enseñanza de este país; para que, en definitiva, el debate educativo no se ahogue en el silencio. Queda mucho por hacer y se hará.
Fuente: educational EVIDENCE
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