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  • 16 de septiembre de 2026
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Pero ¿qué es un sistema educativo? Dani Olmo te lo explica

Pero ¿qué es un sistema educativo? Dani Olmo te lo explica

Imagen creada mendiante IA

 

Licencia Creative Commons

 

Santiago García Tirado

 

Mundial 2026. Final. Dani Olmo aparece delante de las cámaras al acabar el partido, y habla de educación. Un periodista lo ha puesto en la tesitura de tener que valorar el feo de la selección argentina que, durante la entrega de la copa a España, se ha mantenido de espaldas, como un posible gesto de desprecio. Dice literalmente: “Al final creo que también es importante los valores que quieres transmitir. Somos un ejemplo para muchas generaciones, para muchos niños y niñas”. Alguien que concita admiración, y que además representa a un país, asume una cuota del trabajo de educar. Lo quiera o no, su modo genera un modelo, y lo asume.

Sí, Dani Olmo es un jugador de fútbol.

Captura de un vídeo de RTVE

 

Ahora vamos a hablar de qué es un sistema educativo, cómo se reparten las palancas entre sus agentes, quién lo administra y supervisa, y con qué perspectivas. En tanto que estado democrático, España -cualquier país, toda democracia- necesita entender que la formación de sus ciudadanos es la única garantía de que la democracia prosiga con su curso evolutivo. Que siga viva y siga sirviendo a sus ciudadanos. Lo contrario, dejar la educación al albur de las circunstancias, los intereses de las empresas, las directrices de organismos ajenos, como la OCDE, las sucesivas tendencias temáticas, la buena vibra de los pedagogos es casi tanto como poner a una sociedad entera a probar la ruleta rusa. Justo lo que hemos estado haciendo por aquí, bajo cualquier gobierno desde 1978.

Por descontado que en un breve artículo de opinión como este no vamos a dar todas las claves necesarias para solucionar un problema altamente complejo como el de la educación, pero sí podemos incidir en un elemento básico, el que tiene que ver con la idea de sistema. Porque sistema remite a un mecanismo complejo, uno en el cual otros mecanismos simples ejercen su función, bien que siempre supeditados a las necesidades del superior, que es el que debe producir el efecto que se le haya encomendado. Entendido como sistema al servicio de una ciudadanía que se constituye como estado, y no como uno cualquiera, sino como estado democrático, la educación precisa de diversos gestores. Solo en mentes pequeñas puede caber la idea de que la educación es responsabilidad única de la escuela. Una sociedad precisa formar a quienes en el futuro asumirán la tarea de sostenerla -lo dice Hannah Arendt, lo dijo Durkheim– y mostrará su madurez en la medida en que ponga a todos los actores de que disponga a la tarea de educar. Ese trabajo ingente, laborioso, es el que se asegura que cada nuevo ciudadano que se suma a su sociedad, por nacimiento o por advenimiento, recibirá la formación necesaria para convertirse en ciudadano de pleno derecho, libre, informado, crítico, autónomo, solidario y respetuoso. Capaz también de sostener ese modelo de mundo en su viaje hacia el futuro.

La parte de la discusión surge precisamente en este punto, que al parecer es cuestionado en los últimos tiempos por individuos poco avisados, y por otros bien conscientes y mucho más torvos.  Se materializa en esa tendencia a exigir que la escuela renuncie a funciones que siempre le habían correspondido sin, a cambio, encargárselas a ningún otro gestor. Me refiero a esa idea que se expresa con maximalismos del tipo “yo tengo derecho a que a mi hijo/a no se le hable de”. Es un tema en el que se ha cedido de manera subrepticia, a veces con una llamada a la supuesta concordia, respeto por las minorías, etc. y las más de las veces por el miedo del profesorado a entrar en conflictos en los que, siempre y casi sin excepción, el estado los deja en la estacada frente a la turba de los chillones. Extirpar ciertos temas de la vida en las aulas es impedir que, por ejemplo, una niña llegada de Pakistán aprenda cuáles son sus derechos, su posición libre e independiente en su nueva sociedad de acogida; que un muchacho criado en las calles de Colombia o Rep. Dominicana entienda que hay alternativas a una vida donde prima la ley del más fuerte; que una niña, un niño, educados en una casa donde se cree a ciegas en las diversas formas de la pseudociencia, entienda que el ser humano es heredero de un patrimonio de conocimiento científico atesorado por la especie a lo largo de miles de años. No es inteligente ni trae beneficios restringir ni condicionar el ámbito de actuación de la escuela. Al servicio de una sociedad democrática, todo el saber acumulado en las distintas materias que se imparten en las aulas, todo en absoluto, debe ser puesto al alcance de todo el alumnado.

Con todo, la idea de sistema va mucho más allá. Porque la escuela -todo el período obligatorio más el período posterior de formación- se restringe a unas pocas horas, mientras hay otros ámbitos en los que su labor debe ser continuada por otros gestores. Y es ahí donde el sistema actual calibra sus funciones de manera imperfecta. Existen otros actores con poder de educar y hasta la fecha han usado deficientemente todo su potencial. Hablo de los ayuntamientos, que, en estos momentos de complejidad social creciente, tienen que comenzar a integrar los medios de que dispone dentro del sistema educativo general. Y le cumple hacerlo, además, de manera urgente, para asegurar la paz de sus calles, la calidad de vida de sus barrios. Solo los ayuntamientos, a través de monitores, animadores socioculturales y otros técnicos, pueden ofrecer espacios de desarrollo a esos alumnos que no pueden costearse actividades extraescolares, pero de los que tampoco se puede desentender entregándolos a lo que surja, en tardes enteras de videojuegos o en paseos sin fin en parques y descampados, donde solo pueden ser pasto para bandas, sectas y sucesivos perversores de la juventud. Los patios de escuelas e institutos, vacíos por las tardes, son escenarios que denuncian falta de uso en momentos en que sabemos que los ciudadanos más jóvenes necesitan más atención, más cuidado.

Hay todavía un tercer gestor -al lado de la escuela y el ayuntamiento- del que se dice poco en materia de educación y que es clave para el bienestar de una sociedad. Es ese gestor que subsume todos los medios de comunicación públicos -subrayemos públicos-, otro de los pilares del sistema educativo entendido de manera extensa. Radios, televisiones y webs ofrecen contenidos que se consumen en todos los ámbitos, y no solo entre jóvenes. Los que son de titularidad pública -los que proceden de su sociedad y se deben a ella- son responsables de ofrecer una equilibrada dieta temática que incluya, por supuesto, entretenimiento, pero no menos cultura, actualidad política, ciencia, pensamiento, progreso, en suma.

Está bien que sea Dani Olmo, que es admirado, que se mueve en un paradigma que, al parecer, es fácilmente comprensible para una buena parte de la población, quien diga que educar es trabajo de todo individuo que se integra en una sociedad. Es maravilloso que lo entienda alguien que, en principio, no parece que cargue con la responsabilidad de educar. Y, sin embargo, ahí está, él y otros jugadores, héroes de gestas deportivas, triunfadores y admirados, que saben que mientras triunfan, adquieren una dimensión de modelo para su sociedad y, por lo mismo, son conscientes de que deben cuidar su comportamiento en el campo. No son votados pero, a su manera, son también representantes de la ciudadanía. Algunos muestran un sentido de la ética bastante superior a la media de los que sí se votan.

Así entendido el sistema, la carga se reparte, pero no mengua la exigencia de cada uno de sus gestores. Al contrario. Y justamente por eso se hace impostergable reconocer y respetar el papel de los gestores y actores que asumen ese encargo social. Decir que “ya está bien de vacaciones, los padres tenemos que trabajar” es adjudicarle a la escuela el trabajo burdo de la simple vigilancia y, a los que enseñan, el pobre papel de ser meros monitores de tiempo libre, con el añadido, si no es mucho pedir, de que enseñen a los chavales aquello que en casa no se toman la molestia de enseñar. Pero poco más. Una manera de degradar el sistema educativo arrastrándolo a lo rudimentario, al embrutecimiento.

Un día en el congreso de los diputados alguien entendió -sin formularlo- que lo que allí hacen y dicen los representantes de la ciudadanía también contribuye a la educación de un país. Se marchaba un diputado del PP, que pasaba a dedicarse a la política en su región de origen. En la tribuna de oradores apareció un diputado de sus antípodas ideológicas, incluso estéticas, que ya había provocado chismes entre los parlamentarios a lo largo de la legislatura. Era un diputado de Podemos. Aprovechó que subía a la tribuna para dirigirle unas palabras al diputado conservador. Cariñosas. Acabó con esta frase inesperada: “Creo que lo vamos a echar de menos. Es usted una buena persona”. El del PP se llamaba Alfonso Candón. El de Podemos, Alberto Rodríguez.

Fue una clase práctica de decencia. Debería haber muchas más, que se repitiera y se repitiera la enseñanza, como hacen las y los que enseñan, hasta que los alumnos aprenden.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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