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  • 13 de octubre de 2026
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Resolución de problemas o lapidación de esquemas

Resolución de problemas o lapidación de esquemas

Foto: jessica olivella – Pexels

 

Licencia Creative Commons

 

David Rabadà

 

La resolución de problemas en el aula es una de las tareas más complejas y, a la vez, más decisivas de la enseñanza. No se trata únicamente de que el alumnado llegue a una respuesta correcta, sino de que adquiera esquemas mentales sólidos que le permitan enfrentarse con éxito a situaciones nuevas, incluso a sus propios demonios personales. Para ello, la didáctica debe combinar distintos enfoques, atendiendo tanto a los procesos cognitivos como a los factores emocionales y sociales que influyen en el aprendizaje.

En determinadas etapas y para ciertos objetivos, el enfoque conductista ha demostrado ser eficaz. Un ejemplo clásico es la práctica de las tablas de sumar y multiplicar en los primeros cursos de educación primaria. La repetición coral y sistemática permite automatizar habilidades básicas que, una vez consolidadas, liberan recursos cognitivos para tareas más complejas. Cuando las operaciones elementales están bien aprendidas, la memoria de trabajo no se satura y el alumnado puede concentrarse en la resolución de problemas de mayor nivel sin verse bloqueado por cálculos simples. Sin embargo, el aprendizaje no puede reducirse a la repetición mecánica. Los estudiantes no son pizarras en blanco ni esponjas que absorban pasivamente la información. El aprendizaje profundo exige pensar, repensar, evocar y aplicar lo aprendido en contextos variados. En este punto, la instrucción directa cobra un papel fundamental. El docente, como especialista en su disciplina, debe guiar de forma explícita los primeros pasos del aprendizaje, ofreciendo modelos claros de cómo abordar una tarea o resolver un problema. Este proceso se apoya en el andamiaje didáctico, que consiste en proporcionar ayudas ajustadas al nivel del alumno para que pueda dominar primero habilidades básicas antes de enfrentarse a otras más complejas. A medida que el estudiante gana autonomía, estas ayudas se retiran progresivamente. De este modo, se evita tanto la sobreprotección como el abandono prematuro, dos extremos que dificultan la consolidación de los esquemas cognitivos necesarios para resolver problemas con éxito.

Dentro de este marco, la tutoría es una herramienta clave. La tutoría colectiva permite detectar dificultades comunes y reforzar aprendizajes compartidos, mientras que la tutoría individualizada resulta imprescindible cuando un alumno queda rezagado o no sabe por dónde empezar. No obstante, confiar exclusivamente en la tutoría individual sería un error: es costosa, difícil de aplicar de forma equitativa y conlleva el riesgo de generar dependencia excesiva si no se gestiona adecuadamente. La combinación equilibrada de ambas modalidades es, por tanto, la opción más realista y eficaz.

Un factor a menudo infravalorado es la implicación de las familias. Cuando los padres participan activamente en el proceso educativo, ofreciendo tiempo, apoyo y seguimiento, los resultados suelen mejorar de forma notable. Por el contrario, la falta de atención, de límites y de afecto suele correlacionarse con un descenso acusado del rendimiento académico. El niño necesita sentirse querido y acompañado; el establecimiento de límites claros junto con muestras de cariño contribuye a generar seguridad emocional, un requisito indispensable para afrontar retos cognitivos. En caso contrario la ausencia de este apoyo puede derivar en sentimientos de soledad, baja autoestima y autoinculpación ante el error. En estas condiciones, cualquier método de aprendizaje se ve seriamente lastrado. El alumno tiende a abandonar los desafíos antes incluso de intentarlos, desarrollando actitudes de desinterés, indisciplina o evasión. Desde una perspectiva holística de la conducta, como la que propone la psicología de la Gestalt, se pueden comprender estos fenómenos en su conjunto, aunque comprender no siempre implica saber cómo corregirlos eficazmente en el aula. Cuando un estudiante carece de los conocimientos previos necesarios, no sabe qué buscar ni reconocer cuándo ha llegado a una solución válida. En estos casos, la tutoría individualizada vuelve a ser esencial para enseñarle dónde comenzar, cómo analizar el problema y qué pasos seguir. A partir de ahí, el docente puede ayudarle a construir modelos mentales transferibles a situaciones similares. Una estrategia especialmente eficaz consiste en descomponer los problemas complejos en pasos más pequeños y manejables, mostrando de forma explícita el proceso de razonamiento. Todo ello es aplicable tanto al campo personal como al académico.

Podemos concluir que la resolución de problemas y la consolidación de esquemas cognitivos eficaces requieren una didáctica plural y bien articulada. Ningún método pedagógico, aplicado de forma aislada, garantiza el éxito. La combinación de automatización, instrucción directa, andamiaje, tutoría equilibrada e implicación familiar constituye una base sólida para que el alumnado aprenda a pensar, a perseverar y a resolver problemas con autonomía y confianza.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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