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- 4 de mayo de 2026
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Gobierno educativo o imperio economicista


En su último libro, el polígrafo José Luis Villacañas (filósofo, historiador, autor de diversas biografías intelectuales, también columnista en el diario Levante e historiador del pensamiento occidental) nos aporta una visión original de la Historia que afronta dos formas de entender la administración pública o el estatalismo: por un lado, tendríamos la noción de Gobierno, por la otra, la de Imperio. Por “Gobierno” entenderíamos autoorganización colectiva, y por “Imperio”, impulso vertical para imponer obediencia en contextos que reprimen sistemáticamente las libertades civiles.
Es bien sabido que las naciones o los Estados que tienen la desgracia de empezar a construir un Imperio comienzan también a sufrir graves problemas de orden interno. La Gran Bretaña empequeñecida y esclerótica de las últimas décadas es el resultado de un Imperio que exporta las energías propias, la historia desértica de la Castilla moderna es resultado de un Imperio irracional que favoreció la miseria interna y el pensamiento alucinado y místico. Estados Unidos lleva mucho tiempo desangrándose con unas cifras de desigualdad insultantes. Los imperios rompen la convivencia interna, secan las arcas y desatan los asesinatos masivos de tipo colonial.
Si analizamos las políticas educativas europeas de los últimos treinta años, pronto nos daremos cuenta de que son cosas propias del vector imperalista mucho más que del vector de la gobernanza. Los legisladores llevan demasiado tiempo sin saber ni entender qué están firmando; las políticas de todo el arco parlamentario son idénticas; si alguien se atreve a dudar de la idoneidad de alguno de los aspectos fundamentales de este haz de decretos, es inmediatamente censurado o expulsado, y observamos sus efectos directos: claustros sin democracia, direcciones autoritarias, analfabetismo inducido, aceptación de la brecha cognitiva entre ricos y pobres tutelados, extensión del control del ocio infantil, eliminación sistemática de contenidos científicos y humanísticos… Y nadie sabe explicar de dónde vienen estos dogmas que destruyen nuestro sistema educativo público, por qué debemos obedecerlos, y por qué no puede sustituirles una gobernanza racional.
Ha sido estudiado: el dispositivo competencial proviene de Estados Unidos de la década del macartismo; la innovación disruptiva (propia de una sociedad entregada al aceleracionismo posthumanista) sustituye sistemáticamente a la razón pedagógica por la razón economicista. La escuela se pone al servicio de la minería de datos y de la creación de clientela cautiva; en un contexto donde el docente sobra y, de no ser funcionario, ya habría sido sustituido por retrotecnología automática y antihumana. Hace muchos años que los docentes perciben que existe un intento real de hacer que creen el software que debe sustituirlos; hace demasiados años que la administración catalana se ha abandonado a fábulas de desfuncionarización y desregulación radical de los aprendizajes. De hecho, en miles de escuelas catalanas, la labor de los docentes de matemáticas ha sido marginada para dejarla en manos de una app privada que también funciona como editorial monopolística.
Resultado: crisis de convivencia, extremismos tribales, agonía del catalán, turbulencias sociales y ascenso imparable del odio de extrema derecha. Nuestras falsas izquierdas identitarias han hecho el trabajo sucio a todo tipo de parásitos y oportunistas. Las consecuencias no sólo son pedagógicas, no sólo se hunden los conocimientos, también perdemos todo tipo de vínculos sociales. Y el precio que estamos pagando es demasiado alto: individualismo extremo, crisis de salud mental, imposibilidad de reanimar una democracia que demanda servicios públicos sólidos y sentido de la comunidad humana, problemas de odio recalentado digitalmente…
¿Queremos vivir en una dictadura militarizada basada en la tecnovigilancia o queremos habitar una democracia basada en la confianza mutua? ¿Nuestro valor supremo debe ser la Seguridad (o una determinada idea racista de la Seguridad) o debe ser una cultura compartida, construida entre todos? ¿La escuela va de universalismos y diálogo o es un campo de concentración para personas todavía no lo suficientemente productivas? ¿Queremos crear escuelas o centros de detención? ¿Debemos soñar con una clase política que deje las utopías aceleracionistas de minorías tecnooligárquicas y vuelva a escuchar las necesidades de autogobernanza (es decir: soberanía) de su propia sociedad? ¿Deben reproducir nuestros políticos las aberraciones que vienen de arriba (nunca sabemos exactamente qué arriba) o podemos pensar en una organización razonable y sostenible de nuestras instituciones?
¿Podemos reflexionar sobre la necesidad de que se abandonen las imposiciones verticales (puro imperialismo tecnológico) para crear una administración horizontal y dinámica? El hoyo actual, sordo y ciego, nos está conduciendo a una crisis final de la convivencia cívica. Hay que mirar a Estados Unidos para entender qué nos va a pasar a nosotros muy pronto si no empezamos a enderezar nuestros asuntos públicos, y enderezarlos significa deshacer el camino hacia el capitalismo mafioso para volver a enfilar el de la democracia participativa; un tipo de democracia, por cierto, que comienza en los claustros y en las aulas de primaria y secundaria, actualmente diezmadas por políticas propias de una satrapía de tercer orden.
Fuente: educational EVIDENCE
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