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- 13 de marzo de 2026
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Leer el ruido. Texto, imagen y sabotaje en la obra de Ferran Destemple

Poefonías, de Ferran Destemple. / Foto: https://ferrandestemple.bandcamp.com/album/poefon-as

Cesc Fortuny i Fabré
Ferran Destemple pertenece al selecto grupo de artistas cuya obra se comporta como un artefacto averiado, en el sentido de algo que en apariencia es absurdo e inútil. Así que seguir su trabajo es aceptar de antemano que no hay una hoja de ruta clara y que no va a ser nada fácil entender su propuesta. En cambio, lo que sí hay sin duda es un sistema de residuos, un ensamblaje de fragmentos que no aspira a la síntesis sino a la significación.
En Destemple el texto no se presenta como vehículo de sentido sino como material de trabajo, igual que pueden serlo los óleos o los pinceles. Palabras, signos, imágenes, fotogramas y restos tipográficos conviven en un mismo plano. El lenguaje en este contexto, deja de ser una herramienta de comunicación para convertirse en un sistema fagocitador. Se devora a sí mismo, se reutiliza, se plagia, se contamina. La escritura no se limita a narrar, incorpora, mastica y regurgita todo tipo de material (casi siempre desechado). De ahí la importancia que Destemple concede a la colaboración, al trabajo a cuatro manos, al difuminado de la autoría entendida como sublimación del ego. No se trata de firmar una obra sino de permitir que la obra se firme sola, con todos sus embastados al descubierto.
Esta lógica atraviesa tanto sus publicaciones en papel como sus proyectos audiovisuales. En piezas como Cinefán, el texto ya no se limita a acompañar la imagen ni la imagen a ilustrar el texto, ambos se interfieren. El montaje cinematográfico se vuelve escritura y la escritura adopta ritmo de montaje. La voz en off no explica lo que vemos, ni lo que vemos confirma lo que se dice. Entre ambos se abre un espacio alternativo, una rendija donde el lector/espectador debe asumir su parte del trabajo.
Ese hueco es fundamental. En un panorama cultural obsesionado con la pedagogía constante, la obra de Destemple se planta en el extremo opuesto. La ambigüedad no es un defecto a corregir, sino el único relato posible cuando la acumulación de datos ha vaciado de eficacia cualquier narración. Vivimos rodeados de textos, pero ya no sabemos leerlos.
En Destemple resuenan ecos lejanos del surrealismo y del dadaísmo, pero sin la épica de la ruptura histórica. El símbolo aparece erosionado, desplazado, casi irónico. Su imaginario se acerca más a la deriva burroughsiana que a la mística simbólica. Habita en el corte, el empalme y en el accidente como método.
Las referencias a la cultura popular funcionan en esta misma clave. Sin nostalgia ni homenaje. Cuando aparecen personajes, iconos o estructuras reconocibles como el cine clásico, el cómic o la imaginería mediática, lo hacen para ser neutralizados. La alta cultura y la baja cultura se mezclan no para reconciliarse, sino para evidenciar que esa distinción hace tiempo que dejó de ser operativa. Un superhéroe puede dialogar con una escultura clásica sin que ninguno salga indemne del encuentro.
Esta lógica de apropiación atraviesa también su trabajo editorial. Proyectos como La Rita Cooper Edita funcionan como laboratorios donde el libro deja de ser un contenedor estable para convertirse en un dispositivo en mutación, ya sea fanzine, museo portátil u objeto intervenido. El soporte no es neutro ya que condiciona la lectura, la fragmenta y la obliga a desplazarse. Leer a Destemple implica aceptar que el texto puede estar incompleto, desordenado o directamente ausente en el sentido convencional del término.
La escritura asémica ocupa aquí un lugar clave. Al renunciar a palabras reconocibles, el texto se aproxima a la imagen sin dejar de ser escritura comunicando de otra manera. Es un gesto radicalmente contemporáneo, cuando el lenguaje ha sido colonizado por la consigna, el eslogan y el tutorial, quizá la única salida sea escribir sin palabras, dejar que el trazo hable desde su propia opacidad.
Hay en todo ello un delirio íntimo, aunque nada grandilocuente. No se trata de una épica del yo, se trata más bien de una exposición de su fragilidad cotidiana. La obra no busca imponerse al lector, busca implicarlo en una experiencia inestable, provisional, siempre a punto de deshacerse. Lo técnico, el montaje, el corte, la reproducción, no aparece como garantía de control sino como una forma más de autoengaño necesario para seguir adelante.
En este sentido, la fusión entre texto y vídeo no es un simple cruce disciplinar sino una respuesta coherente a un paisaje cultural fragmentado. La página ya no basta y la pantalla tampoco. Destemple trabaja en ese intersticio donde ningún medio se basta a sí mismo. Su obra no propone soluciones, ni siquiera preguntas claras. Propone más bien, una forma de estar en el ruido sin fingir que puede silenciarlo.
Degustar a Ferran Destemple es aceptar que el sentido no se encuentra al final del recorrido, se trata de apreciar lo que hay en los desvíos, en las interferencias, en las zonas muertas del discurso. Allí donde el lenguaje falla, donde la imagen se quiebra aparece algo parecido a una verdad precaria, no definitiva pero sí extrañamente persistente. Como un zumbido que no se va, aunque apaguemos todos los dispositivos.
Se licenció en filología y obtuvo un postgrado en Estética y Teoría del Arte Contemporáneo. Es poeta experimental, visual, y cultiva también al mail-Art, además de otras muchas disciplinas relacionadas, y cuando digo relacionadas, me refiero sobre todo a las mezcolanzas entre ella. Su trabajo deambula entre especialidades tanto afines como sorprendentemente desconectadas. Ha colaborado en diversas revistas especializadas, programas de radio y publicaciones diversas. Ha realizado más de veinte exposiciones y recibido diversos premios. Si te interesan estos pormenores te recomiendo que visites el espacio https://www.autismosautomaticos.net/ donde podrás encontrar su currículum detallado.
Fuente: educational EVIDENCE
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