- Opinión
- 1 de abril de 2025
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Discurso y derrota: la izquierda que ya no sabe decir nada

Discurso y derrota: la izquierda que ya no sabe decir nada

Es bien sabido que Twitter (ahora X) es un cenagal discursivo saturado de ruido. Una especie de batiburrillo cacofónico donde confluyen trolls, dogmas y opiniones cruzadas casi de manera balística. El baluarte desencantado de la generación que más habla y menos escucha. Pero, en momentos mágicos, agachado en la trinchera y rezando para que no explote nada demasiado cerca, un rayo de sol ilumina la escena. El tiempo se detiene. Canta un pájaro. Una idea. Un tweet que hace pensar.
Vilaweb publicaba hace unos días un artículo de Joan Ramon Sala i Cullell titulado És el moment de trencar amb l’esquerra actual. Sala i Culell es un autor que sabe lo que hace, y ponía el dedo en la llaga al argumentar que la izquierda actual carece de capacidad transformadora. Describía a la nueva izquierda casi como un autómata oxidado por la burocratización y las emociones estériles. Se presenta como una especie de rémora analógica que vacila en el contexto actual. En definitiva, una izquierda incapaz de ser parte activa y conformadora de una realidad política coherente. Se evidencia un problema estructural, sin duda. Pero ¿no será también que esta izquierda ha dejado de hablar con sentido? Bien podría ser que el fondo del debate sea puramente discursivo. ¿Y si fueran víctimas de una semántica enquistada que les impide armonizar con el presente?
A esta nueva izquierda —en Cataluña, en España, en el mundo— no le falta pasión cuando habla de estructuras deliberativas, de empoderamiento, de asambleas constituyentes, de ciudadanía… pero se pierde por la ansiedad de inmediatez provocada por las nuevas tecnologías. Acaba reduciéndose a un murmullo de fondo, una marea que salpica al receptor con una pomposidad verbal que solo interesa a quienes ya forman parte de su propia parroquia. Como una liturgia religiosa, esa repetición auditiva se convierte en un ritual que sirve más para confirmar la identidad de quienes participan que para transformar nada. Se perfila así la paradoja de la nueva izquierda, el absurdo semántico: pretende incluir, pero excluye. Se habla, pero no se dice gran cosa.
A Sala i Cullell se le podría preguntar: ¿no será el momento de romper con la izquierda actual a través de una revolución semántica?
Tome el lector las palabras de Wittgenstein —“los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”— como eje. ¿No es cierto que, si las palabras con las que se piensa y se comunica —a la manera del signo de Saussure, con significado y significante— son reliquias de un pasado agotado, también lo será el imaginario político que pretenden construir? Lo que falla no es solo la idea asociada, sino también la parte más inconsciente del léxico de la izquierda, por estar vinculado a un pasado históricamente complejo y, a veces, perdedor. Palabras anacrónicas que, aunque en su día abrieron horizontes, hoy actúan como puertas cerradas. Ecos previsibles y vacíos, automatizados y, por tanto, generadores de rechazo por parte de la izquierda moderada.
Gramsci ya advertía que la lucha política decisiva no se da solo en el ámbito institucional, sino en la batalla por el sentido común, en una guerra por las ideas. Si el significado de las palabras tiene poder sobre ellas, hay también otra aproximación teórica. Lo que él llamó hegemonía cultural fue, décadas después, desarrollado por la sociología de Bourdieu. El lenguaje es capital simbólico. Al final, quien gana esta guerra de ideas es quien impone palabras legitimadoras, palabras capaces de crear y delimitar toda una realidad. Si la izquierda actual tiene un problema de signo lingüístico, no puede considerarse legítima ni generadora de realidad política. Así es como gana fuerza el relato hegemónico del Capital.
El Capital siempre ha comprendido, en parte gracias a una educación no devaluada ni corrompida por un pedagogismo absurdo que defiende sensibilidades inexistentes, que la palabra debe crear marcos mentales favorables a sus objetivos. Basta con observar los resultados de la derecha: se identifica un problema, se tergiversa con un toque estratégico de populismo, y las palabras de siempre —libertad, seguridad, orden, prosperidad— son aceptadas con entusiasmo renovado. ¡Y está claro que también son palabras del pasado! Pero, volviendo a Bourdieu, se han legitimado por su consonancia con el contexto social.
Según Lakoff, esta formación de marcos mentales se debe, en gran parte, a la metáfora moral que estructura el discurso conservador en la idea de que la sociedad debe ser como una familia que vive bajo el amparo de un pater familias estricto pero generoso, que representa la autoridad, la disciplina y la responsabilidad individual. Una figura paterna casi divina que, en un mundo peligroso, promete prosperidad y abrigo a quien se esfuerza y obedece. Ese marco mental crea signos legítimos porque es capaz de conectar emocionalmente con la necesidad de seguridad del receptor frente al miedo y la incertidumbre. Pero ¿qué marco mental tiene la izquierda?
Al atascarse en un lenguaje autorreferencial y, a menudo, académico, el signo lingüístico de la izquierda está vacío de sentimiento. Si con la derecha existía la figura del “padre protector” como imagen divina, con la nueva izquierda tenemos delante a un pobre ser pagano y mortal, un progenitor deslumbrado por un pasado que ya no volverá. Y es ahí donde, como todo padre trasnochado, roza el patetismo. No solo es incapaz de crear nuevas metáforas, sino que vive en un signo lingüístico que reafirma el trauma de ser un héroe del pasado. Pero ya no es más que una chatarra política en el contexto actual.
En definitiva, es necesaria una revolución semántica de la izquierda. Si no se aprende a crear nuevos marcos mentales a través de una nueva legitimidad lingüística, no se podrá volver a convencer, y la batalla estará perdida. Porque la lucha de nuestro tiempo, más que política, es lingüística. Una revolución de diccionario que, en un sentido puramente gramsciano, permita ganar la disputa de las ideas. ¡Y cuidado! Con facilidad cae la izquierda en operaciones cosméticas, chapuzas neoprogres que buscan un lavado de cara superficial. No se trata de copywriting. Todo debe ser saneado. El nuevo signo debe ser coherente con el contexto histórico actual y rechazar academicismos rancios y excluyentes.
Por último, no caer jamás en la trampa de los tiempos modernos y del discurso acelerado de la derecha. La nueva izquierda debe aprender a callar más y escuchar mejor. No es necesario ser el más rápido en responder, en tuitear, en tener un eslogan, en posicionarse. Hay que recuperar la pausa introspectiva para poder hablar con sentido.
En definitiva, si el lenguaje es la matriz del pensamiento político, la izquierda no puede permitirse seguir hablando desde fórmulas gastadas. Hay que reaprender a decir para volver a hacer.
Fuente: educational EVIDENCE
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