• Opinión
  • 20 de enero de 2026
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Sobre el milenarismo tecnológico en el sistema educativo, a cuenta de la IA

Sobre el milenarismo tecnológico en el sistema educativo, a cuenta de la IA

Fotograma de la película Bienvenido, Mister Marshall (1953). Fuente: muvim.es

 

Licencia Creative Commons

 

Alfonso A. Gracia Gómez

 

Es que no falla: en cuanto aparece un nuevo cacharro informático emergen de entre las sombras todo tipo de expertos que nos aseguran que ha llegado el fin del mundo y cantan las loas de la sociedad del futuro, nueva y transformada. Lo hemos visto innumerables veces: tanto el ordenador personal como la Encarta, tanto el Moodle como el Canva, tanto la Wikipedia como el Kahoot; o los dispositivos personales; o la pizarra digital; cada una de estas sucesivas innovaciones ha tenido su momento de gloria en la especie de apocalipsis en que se ha convertido últimamente la educación. Ahora le ha tocado el turno a la llamada “inteligencia artificial”, y el horizonte se presenta más catastrófico que nunca.

Resulta que los predicadores de la nueva deidad están completamente convencidos de que, ahora sí, jamás volveremos a enseñar contenidos. Por fin se ha cumplido la profecía: ningún conocimiento mortal puede, ni tan siquiera, compararse a la infinita sabiduría que se esconde tras los recónditos algoritmos del último juguete. Estos nos han puesto ante la evidencia de nuestro pecado original, de modo que la vanidosa costumbre de pensar por uno mismo deberá ser erradicada; la Inteligencia Artificial ha venido para salvarnos de nosotros mismos. Yo, pecador. No obstante, el perdón exige propósito de enmienda: abandonemos la senda del conocimiento y entreguémonos en cuerpo y alma a la única actividad que aún puede redimirnos. En lugar de profesores, la nueva religión necesita sacerdotes. No está todo perdido, pero el mundo debe aprender urgentemente a ponerse al servicio de la Inteligencia Artificial.

A riesgo de parecer aguafiestas, a mí este fatalismo se me antoja un pelín excesivo, por no decir que me parece una estrategia de manipulación en toda regla. Presume de ser un diagnóstico cabal a partir del estado actual de la tecnología, pero recuerda más bien a aquello que decía Marx respecto al “opio del pueblo”: adormece la crítica del presente, a cambio de la promesa de un mundo mejor que nunca llega a materializarse. Y el problema es el éxito furibundo que estos discursos han conseguido entre la población. La peste evangelizadora se ha extendido con la velocidad de un fósforo y demuestra, en mi opinión, que no deja de ser más que la mera moda por vender lo que se pone de moda. Al final, el fervor cuasi religioso de estos “profetas” dista poco de una estrategia de marketing, con consecuencias muy beneficiosas para unos cuantos (los propietarios y comerciantes del nuevo fetiche) que se aprovechan del ardor consumista que ellos mismos han promovido.

A tales efectos, el discurso pedagógico oficialista no ha sido una excepción, por mucho que sus defensores presuman de ser los adalides del pensamiento crítico. La infección se ha extendido entre ellos a tal punto que ahora mismo resulta imposible distinguir a muchos de sus prosélitos de meros vendedores de crecepelo; metáfora esta que no, por manida, deja de ser adecuada para diagnosticar el afán promisorio que caracteriza a las huestes de chatarreros que actualmente abarrotan los grados de pedagogía. Como consecuencia, cada vez encontramos a más “expertos” que están dispuestos a deshacerse de las instituciones educativas, a las que no pueden esperar para ver convertidas en un trasto obsoleto.

Da la impresión de que el consumismo de toda la vida se ha instaurado en el corazón mismo de la administración, disfrazado de progreso. En lugar de resolver problemas reales malgastamos nuestros escasos recursos en alimentar una fuente de la eterna juventud que solo consigue “renovar” las complicaciones que debemos afrontar en el aula. Como consecuencia, la educación contemporánea languidece víctima de una especie de bovarysmo: igual que el personaje de Flaubert, nos hallamos en una carrera acelerada hacia la autodestrucción. Y los afectados solo nos daremos cuenta de la estafa (si en algún momento llegamos a hacerlo como sociedad) cuando la burbuja haya crecido tanto que nos estalle en la cara.

Es el sueño dogmático del siglo XXI: creer que una herramienta puede transcender la materialidad del aula, las ratios, la fatiga docente y las desigualdades sociales. Pero la realidad es tozuda, pues siempre se impone. Y la primera realidad a considerar es la económica, que de inmediato nos muestra que la actual carrera por la IA no la impulsan, precisamente, ni los propios pedagogos ni las administraciones públicas, sino que sirve a los intereses del capital de riesgo, a través de fondos de inversión y gigantes tecnológicos que viven de la búsqueda del próximo nicho de mercado. Como modelo de negocio no busca una mejora gradual y sostenible, sino escalar rápido, capturar usuarios y monetizar datos.

Sin embargo, un volumen de negocio descomunal no se traduce necesariamente en rentabilidad, y una empresa privada que no es rentable tiene muy difícil su pervivencia. Un panorama nada descartable, en consecuencia, es el de una burbuja financiera, similar en muchos aspectos a la que se vivió en los inicios de los años dos mil con el auge de las empresas “punto com”. Por eso, en lo personal, esta especie de obsesión pedagogista por lo que llaman “innovación” no puede sino recordarme a la célebre (aunque ya antigua) película de Luis García Berlanga Bienvenido, Mister Marshall, y ello no tanto por la crítica a la sociedad de su tiempo –por más que en muchos aspectos siga vigente–, como sobre todo por el modo en que los habitantes ficticios de Villar del Río se lanzan a la desesperada por la promesa de toda una serie de mejoras que están abocadas a quedar en nada.

Efectivamente, hay algo rigurosamente cómico en la entrega devota que promueve el pedagogismo respecto a cada nueva tecnología, y el caso de la Inteligencia Artificial no es una excepción. El innovacionismo pedagógico se ve obligado a oscilar entre la ansiedad consumista y acrítica –alimentada por el afán de novedades– y la angustia que nos provoca el horizonte de un fin de los tiempos que se aproxima sin remedio. Si nada es “como antes” (ni el mundo, ni los niños, ni tampoco nosotros mismos), ¿por qué iban a serlo los conocimientos y los modos de transmitirlos? Por tanto, hay que abandonar lo que “se” sabe y dar espacio a un aprendizaje “novedoso”, donde lo “revolucionario” consiste en que se abandonen los libros y el saber de los profesores, y se sustituyan por “productos” elaborados “con” la Encarta, o la Wikipedia, o la Inteligencia Artificial… El instrumento, convertido en fin en sí mismo.

Todo ello da lugar a una situación de dependencia a la tecnología que, sin embargo, ni siquiera cuenta con una hoja de ruta clara. Así, la obsesión por transformar el sistema educativo a conveniencia de cada supuesta innovación ya ha provocado un efecto perverso en nuestras escuelas: el de un estado constante de obsolescencia. Una plataforma sustituye a otra antes de que hayamos tenido tiempo de evaluar los efectos de la anterior. Las nuevas licencias se convierten en nuevas exigencias para los que nuestros “antiguos” dispositivos se quedan pronto caducos. Se implantan innovaciones a golpe de decreto que muy raramente cuentan con el consenso que les otorgue un mínimo de crédito entre los profesionales que las deberán poner en práctica.

No hay consideración científica ni pseudocientífica que pueda justificar las prisas en educación. Lo que estamos viviendo es, sencillamente, la instrumentalización del propio sistema educativo, convertido en un medio para el beneficio de terceros. Ni siquiera somos plenamente conscientes de las consecuencias pedagógicas de las nuevas herramientas, y no son pocas las voces que denuncian efectos perniciosos para el alumnado, como el fomento de conductas adictivas, la pérdida de atención o dificultades en el desarrollo de la lectoescritura. Si en medicina cada nuevo fármaco debe pasar por años de ensayos clínicos antes de salir al mercado, ¿por qué, en cambio, utilizamos las escuelas como laboratorios?

Dudo mucho que ninguna verdadera innovación educativa vaya a venir empaquetada en una app de moda financiada con capital de riesgo. Por ello urge que instauremos una moratoria a tanto entusiasmo: a la hora de introducir cualquier innovación, antes debe haber sido evaluada con rigor; y eso implica que esperemos hasta estar seguros de qué funciona, qué no, para quién, y bajo qué condiciones. Hasta que no podamos fundamentarla con datos sólidos –y no con eslóganes publicitarios–, la obsesión por la tecnología está condenada a no ser más que otro de los tantos ruidos que cada día ahogan el ambiente de una buena clase, es decir: el de un profesor o profesora que sabe lo que dice y lo que hace, en un espacio digno, con los recursos necesarios y el tiempo imprescindible para usarlos.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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