- Portada
- 26 de febrero de 2026
- Sin Comentarios
- 10 minutos de lectura
Soberanía

Imagen creada por IA.

En su conferencia Responsabilidad personal bajo una dictadura (1964), Hannah Arendt desarrollaba una idea inquietante: “Tendremos que decir que la burocracia consiste en el gobierno de nadie en particular y que, precisamente por ello, es quizá la forma de gobierno menos humana y más cruel”. Vivimos en una sociedad fuertemente burocratizada, y por lo tanto nuestro sistema educativo no puede ser ajeno a esta circunstancia adversa y favorable a la vez. Y es que un cierto gobierno de nadie, lo sabemos por Max Weber, es necesario para el nacimiento y la conservación de una democracia, porque donde no hay jerarquía meritocrática en una escala de cargos burocráticos, lo que hay es un gobierno de alguien en concreto, un príncipe fuerte, un dictador o un monarca absoluto, o una oligarquía de privilegiados.
Pero, ¿qué ocurre cuando hemos de vivir bajo un régimen burocrático donde no parece mandar nadie en concreto de manera solo aparente? ¿Quién nos está gobernando por encima del gobierno de nadie? Lo pregunto porque últimamente, por razones que no vienen al caso, he tenido que asistir a reuniones de carácter administrativo o gubernamental, en la pequeña escala que permiten nuestras autonomías, que en el fondo son las taifas de nuestros reinos remotos, y donde la responsabilidad civil y pública parece haberse diluido intensamente. La parte mala o nociva de los regímenes burocráticos es que no hay nadie a quien apelar cuando las cosas se tuercen o falla estrepitosamente la financiación de los servicios públicos.
Nadie es responsable, nadie debe dimitir. La culpa siempre es del otro, el de la oficina de enfrente, el del partido de enfrente. Y eso mientras se comportan todos de una manera idéntica: capitalismo mafioso, tribalismo identitario, desvío de fondos públicos, nacionalismo banal, patriotismo gallináceo. En estas reuniones sobre educación a las que tengo que asistir por motivos laborales no me encuentro ante tiranuelos o déspotas, el problema es otro. Ojalá, en cierto modo, fuera así: sabríamos contra quién luchar, a quién reclamar consecuencias y responsabilidades. Lo inquietante es que, salvo alguna excepción, lo que más abunda es un gestor notable o más o menos esforzado que no tiene ningún control sobre lo que ha de regular o gobernar. La administración bajo la que me ha tocado vivir funciona como la Unión Soviética tardía: depende de una secretaría o comisariado económico que, sencillamente, se niega a financiar nada con un mínimo de solvencia.
El colmo de la sorpresa me llegó cuando en una de estas reuniones institucionales, un alto cargo político nos confesó a nosotros, una junta sindical, que carecía de oficina, de instalaciones, de personal adecuado o hasta de una web operativa. Sencillamente, en esa pseudo oficina se limitaban a poner parches con un presupuesto de miseria. Sin ventanilla de atención al público, sin herramientas técnicas de ningún tipo, con softwares dignos de ‘Los Picapiedra’, y todo esto en medio de una fuga de talentos provocada por sueldos poco atractivos.
Así que la mezcla parece explosiva: los usuarios se ven atrapados obligatoriamente en trenes que no circulan, o incluso matan, en escuelas que no enseñan y ambulatorios que no curan, pero la culpa no es de nadie, y por lo tanto no se puede apelar a nadie cuando las cosas se tuercen. Por lo tanto, la pregunta sigue en pie: ¿Quién decreta este estado graduado de miseria? ¿Por qué toda la ideología oficial es el Globalismo neoliberal? ¿Cómo es posible que la única alternativa con perspectivas de crecimiento popular en Occidente sea el fascismo?
Por eso he creído, desde que publiqué Devaluación continua. Informe urgente sobre alumnos y profesores de secundaria (2019), donde ya alerté sobre la relación entre competencialismo y malestar ultraderechizado, que el problema educativo en nuestro país es esencialmente político más que pedagógico o metodológico. Las reformas pedagogistas son, ante, todo, una gran mentira pública. Es la razón por la cual he aprendido a no meterme en peleas pedagógicas, discusiones bizantinas y binarias; mi pregunta tiene mucho más que ver con la siguiente cuestión: “¿Quién manda aquí?”, es decir: “¿Quién está mandando que se deje de enseñar y de educar en nuestro país?”. ¿Quién paga el sueldo de los gurús emodeconstructivos? ¿De dónde proceden los diseños competenciales, y para qué sirven? Porque ya sabemos que lo que se manda es una cortina de humo, un abanico de medidas distractoras sobre la cuestión central: ¿De dónde procede nuestra soberanía educativa? ¿De Europa? ¿De Madrid? ¿De nuestra capital autonómica, cada vez más provincial y provinciana? ¿De unas direcciones diezmadas, agotadas y autodinamitadas? No es este un tema menor, porque nos servirá de escudo contra la demagogia y los solucionismos salvíficos.
Si nuestros consellers y subdirectores no tienen ni idea de por qué han de elaborar decretos disparatados, si desde los ministerios de todo signo se diseñan políticas idénticas de austeridad y empleabilidad, si los altos cargos te confiesan personalmente que no creen en lo están defendiendo de cara a la galería, si se instala una razón económica donde debería regir una razón de naturaleza humanística, o por lo menos informativa, es porque no se sienten responsables de lo que están gestionando, y experimentan la misma sensación de precariedad angustiosa que desertiza la vida del ciudadano degradado a la condición subalterna del usuario desposeído. Tampoco saben quién les somete pero las consecuencias son fatales si no se someten. No hay nadie a quien apelar, no hay nade a quien poder votar: como sociedad, nos encontramos en el punto que denunciaba Tocqueville. Nos conformamos con el triste espectáculo de la corrupción generalizada, el circo de la postpolítica rendística, con un cubo de palomitas sobre las rodillas, y ya todo el mundo espera el estallido milenarista, la catarsis sangrienta a la americana o el aldabonazo tribal de los nuevos hunos, que están muy cerca.
La burocracia que debía sustentar nuestra democracia se refugia en el cinismo. La cultura ha mutado en mero entretenimiento emoconsolador; las academias se suman al carnaval de idiocracia; las políticas educativas continúan descendiendo alegremente al lodazal neothatcherista. Todo el mundo parece intentar sobrevivir como buenamente pueda. Los vectores colectivos parecen desmantelados (aunque seguramente nos den una grata sorpresa en un futuro próximo). Sin embargo, para una minoría que intenta aclararse la pregunta del millón sigue en pie: ¿Quién manda aquí? ¿Quién ha de determinar que se enseñe algo, qué se ha de enseñar y para qué? ¿Cuál es el sentido de un sistema educativo público? ¿Por qué los que tiraron la piedra esconden ahora la mano? La respuesta solo puede salir de los miles de docentes que no saben cómo romper su círculo de estupor de cada día. La soberanía del aula pública, frente a todos los boicots irracionales de la administración irresponsable, debe pertenecer al docente de la pública. No hay más camino que este. La disciplina burocrática subversiva y anticiudadana ya ha demostrado una y otra vez su fracaso y su impotencia profundamente desmoralizadoras. La reforma competencial era una ola tardía de disciplinamiento burocrático, profundamente desmovilizador. Su sentido último era la creación de una clase mayoritaria lumpenizada, desposeída de derechos de ciudadanía y carente de herramientas conceptuales de análisis. ¡La última innovación consiste en enseñar a través de pictogramas, como si un invento del siglo XII diseñado para alienar a los siervos fuera innovador!
Sin duda la reforma competencial ha vencido pero no ha convencido. Lo que no acabamos de saber del todo es quién desató la inmensa ola de violencia simbólica contra docentes y alumnado. Su papel desmovilizador y ansiógeno ya ha sido revelado, ya no convence más que a la minoría fanática de sus propagandistas a sueldo. Ha llegado la hora del cambio, y ese cambio pasa por la instauración directa de una soberanía de tipo académico que sustituya la legalidad licuada por la política desreguladora y deconstructiva, que era la cara amable de la razón economicista. Del imperio del estrés hemos de pasar a la construcción política de la educación democrática.
Fuente: educational EVIDENCE
Derechos: Creative Commons