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- 22 de enero de 2026
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Pedagogismo y Antiilustración

Isaiah Berlin durante la recepción del Premio Erasmus, octubre de 1983. / Foto: Por Rob C. Croes (ANEFO) – GaHetNa (Nationaal Archief NL), CC0

Entre 1770 y 1820 se desarrolló un proceso cultural que guarda evidentes paralelismos con lo que ha ocurrido en occidente entre 1970 y 2020. Para tratar de radiografiar el momento estelar de la reacción antiilustrada vinculada al Sturm und Drang, Isaiah Berlin se fijó básicamente en tres autores: Hamann, Vico y Schelling. Hacia la mitad de su ensayo La contra-Ilustración (1973), Berlin escribe que “las obras de Vico, poco sistemáticas, abordan muchos otros asuntos, pero su importancia en la historia de la Ilustración radica en su insistencia en la pluralidad de las culturas y en el consiguiente carácter falaz de la idea de que existe una sola estructura de la realidad, y de que el filósofo ilustrado puede verla como verdaderamente es y, al menos en principio, describirla en un lenguaje lógicamente perfecto: una idea que ha obsesionado a los pensadores desde Platón hasta Leibniz, Condillac, Russell y sus más fieles seguidores”. Por decirlo con palabras gruesas, Vico pensaba que existían una ciencia y un cosmos suizos, una ciencia y un cosmos chinos, o griegos o turcos o vascos o galeses.
Algo que preocupó mucho a Berlin era la comprobación de que el racionalismo ilustrado de mediados del siglo XVIII había alumbrado la meritocracia antinobiliaria, pero que la Democracia y el Republicanismo habían sido inventos del Romanticismo antiilustrado en su empeño feroz por demostrar que no existía un modo único y central de razonar y organizar la cultura y el universo. La diversidad eran cosas de Rousseau y Novalis, no de Hume o Montesquieu.
Pero no fueron Vico y ni siquiera Rousseau quienes fueron acusados por Berlin de haberle dado la puntilla al progresismo optimista de un cierto Kant o Condorcet: “Si Vico deseaba sacudir los pilares sobre los que descansaba la Ilustración de su época, un teólogo y filósofo de Königsberg, J.G. Hamann, deseaba aplastarlos. Hamann fue educado como pietista, como un miembro de la más introspectiva y ensimismada de todas las sectas luteranas, resuelta a la comunión directa del alma individual con Dios, amargamente antirracionalista, propensa a los excesos emocionales, preocupada por las rigurosas experiencias de la obligación moral y por la necesidad de una severa autodisciplina”. Mi hipótesis de trabajo es bastante sencilla: así como Hamann se alimentó de la reacción protestante más tradicionalista que deseaba reaccionar y apartarse de las reformas de Federico el Grande, obsesionado por introducir en Prusia la cultura francesa y sus modos militares y administrativos, la reacción antiglobalista actual ha tomado la forma de una religión civil parecida en casi todo al rigorismo pietista de Hamann.
Asustada por la disolución de los órdenes sociales anteriores, nuestra clase media alumbra el pedagogismo como un fetichismo del mundo de los niños y una exaltación casi milenarista del Nuevo Hombre en un Nuevo Paraíso en la Tierra que desea, por encima de todas las cosas, evadirse del estado real de las circunstancias educativas, para así instalarse en un cómodo utopismo autoritario. El problema de esta conclusión (Hamann fascinó a Goethe tal y como hoy Tonucci hipnotiza a nuestros docentes) es que el resultado no parece una liberación sino una sumisión a las demandas desregulatorias del mundo económico. Una obligación moral rayana en la autohumillación sustituye la moral del trabajo dibujada por Marx. Dicho de otro modo, el neoespiritualismo antiprogresista no conduce a un ahondamiento en el igualitarismo social, sino a una consolidación de los estamentos socioeconómicos.
El pedagogismo cada día se parece más, ciertamente, a una versión laica del calvinismo o a un pietismo milenarista obsesionado con el utilitarismo más militante. La ideología universalista se ha convertido en apenas dos decenios en defensa ultraparticularista, cuando no individualismo sagrado. Las propuestas de redención inmediata y sin necesidades de presupuesto (porque cada uno se salva a sí mismo) responden más a una ensoñación propia de la nostalgia de los mundos premodernos que a una gestión materialista y correcta de los recursos en democracia, necesariamente procedimentales. Traduzcámonos: en lugar de desarrollar un mínimo de cultura común emancipatoria, el nuevo pietismo pedagogista queda enredado en una maraña turbia de voluntarismos idealistas que deja, por omisión, el camino libre a todo tipo de desposesiones civiles. Como ya educará la vida, como lo único auténtico es fundirse con la naturaleza algorítmica, como lo único importante es el amor y solo existen los valores que se desprenden del espectáculo emotivista, ya no hay nadie a quien emancipar o formar para el empleo de calidad. Trabajar o leer quedarían para otra vida, o para la élite que se burla de nosotros. El pobre es santificado, el que se deja redimir y acepta la Verdad Revelada es recompensado con incandescentes palabras. Y entretanto ya nos han robado la cartera mientras babeábamos de amor universal.
Fuente: educational EVIDENCE
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