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- 10 de abril de 2026
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Movilizaciones y huelgas docentes: el porqué de una secular discriminación negativa

Manifestaciones docentes de marzo de 2026 en toda Cataluña. / Foto: Sindicat Professors de Secundària

Dicen que las comparaciones son odiosas, y probablemente sea verdad, pero si lo que queremos es hacernos una idea mínimamente cabal del entramado en el que se mueve una determinada situación y ponerla en contexto, entonces es imprescindible contrastar. Y contrastar es también comparar. No hay otra.
A su vez, discriminar es distinguir por el procedimiento de categorizar la parte de un todo en función de un determinado criterio con una finalidad concreta. A tal fin le es implícita una intencionalidad. La aplicación de un determinado criterio viene determinada por la intencionalidad y las prioridades que de ella deriven.
Cualquier tipo de discriminación, valorativamente hablando, puede ser positiva o negativa, favorable o desfavorable para el grupo categorizado -o si lo preferimos, estigmatizado-, ya la inversa para el resto del todo. Si consideramos el todo constituido por los diferentes cuerpos de la administración pública de la Generalitat de Catalunya, es evidente que los docentes son una parte negativamente discriminada. Esto es lo que se infiere de las respectivas trayectorias recorridas por estos colectivos en las reivindicaciones de sus derechos laborales y profesionales al ponerlas en relación con los resultados obtenidos.
Así, tenemos que el cuerpo de mossos d’esquadra ha logrado recientemente, sin ni siquiera apenas necesidad de movilizarse y sólo a través de la negociación sindical, un incremento salarial que lo consolida como una de las policías mejor pagada de las Españas. Los docentes, en cambio, después de mucho tiempo de pedir negociaciones en vano, de haber convocado huelgas y haber reunido a cien mil personas en la manifestación del pasado 20 de marzo, lo único que han obtenido por ahora es el ninguneo y la indiferencia áulicas.
Estamos hablando de un colectivo con recortes salariales aún pendientes de reversión desde hace más de quince años, y con agravios que son tanto de índole salarial y laboral, como profesional y de condiciones de trabajo -sexenios impagados, cátedras que no se convocan, devaluación profesional, caída en picado del poder adquisitivo, deterioro de las condiciones de trabajo…-. Y resulta que, además y por si fuera poco, los docentes catalanes son de los peor pagados de toda España -los penúltimos en el «ranking»-. La única reacción del govern, hasta ahora, ha consistido en firmar un acuerdo con dos correas de transmisión sindical, minoritarias en el sector, que es un auténtico escupitajo en la cara: migajas salariales diferidas que dejan en la práctica la cosa como estaba –¡Ah!, y con la desvergüenza de publicar un infame gráfico propagandístico digno del 1984 de Orwell, tan mendaz como nauseabundo, a mayor gloria de sus inexistentes virtudes- y, atención que pisan fuerte, con el requisito de explícita confesión pública de adhesión y lealtad ideológica al modelo pedagocrático que ha llevado al sistema educativo catalán hasta el estado de implosión sistémica en que se encuentra actualmente. El modelo del infausto Pacte Nacional per la Educació, de la LEC y de sus decretos. Es decir, nada menos que doblar la cerviz para pasar por las Horcas Caudinas, y pelillos a la mar.
¿Cuál es el intríngulis de todo esto? De entrada, todo parecería indicar que este govern siente algún tipo de mórbida aversión por los docentes. Pero no, ésta sería en todo caso una cuestión accesoria. Aquí hay involucrados aspectos mucho más decisivos, objetivos y de un rabioso pragmatismo que van mucho más allá de las eventuales filias y fobias, a la vez que también mucho más mezquinos. Y es que no estamos hablando de ninguna novedad –la única novedad es en todo caso la intensidad de la protesta docente-, sino de una discriminación negativa que llevan decenios arrastrando in crescendo y cuya pertinaz regularidad traspasa el color político de cualquier partido o ideología que haya ocupado en los últimos años el govern y/o la conselleria de educació. Hace ya mucho tiempo que la cantinela es la misma y sólo van cambiando las tonalidades y el énfasis según el caso. Por tanto, si la cosa no se explica a partir de la fobia a los docentes, ¿qué le pasa entonces a la Generalitat con sus maestros y profesores?
Si analizamos sus reivindicaciones, veremos que, por lo que refiere a la parte salarial, lo que se reclama no va más allá de la actualización paliativa de unas remuneraciones desfasadas, lo mismo que han reclamado y en buena medida obtenido otros sectores de funcionarios de la Administración de la Generalitat. Y en lo que refiere a la parte profesional, el núcleo de las demandas consiste, por surrealista que pueda parecer, en poder hacer de maestros y de profesores; poder enseñar y ejercer la función que tienen encomendada, con currículos estructurados, especialidad académica, estabilidad laboral, libertad de cátedra y no tener que estar subyugados a los dicterios del pedagogismo pseudocientífico ni a unas políticas educativas economicistas que imponen un modelo metodológico al servicio de intereses espurios y ajenos a la enseñanza. En definitiva, los docentes están diciendo que su trabajo es enseñar y que eso es lo que quieren poder hacer: enseñar.
Estoy convencido de que el problema no proviene de las reivindicaciones salariales de los docentes; si así fuese, hubieran negociado, como lo han hecho con otros colectivos. El auténtico busilis no se encuentra pues en las reivindicaciones salariales, sino en la vindicación profesional implícita i explícita: traspasa una línea roja que el govern no está dispuesto a cruzar, porque apunta directamente al Pacte Nacional per l’Educació. Y porque no sólo significaría reconocer siquiera parcialmente el estrepitoso fracaso, por otro lado más que evidente, del atrabiliario modelo pedagogista que han impuesto como pensamiento único educativo, sino que también pondría en evidencia sus complicidades -y las de sus socios que ahora se desmarcan hipócritamente, muy especialmente el partido que les precedió en el govern y en la conselleria de educació-, con turbios intereses de lobbys empresariales; desde las empresas de catering y ocio, hasta las grandes multinacionales tecnológicas, pasando por aplicativos para el aprendizaje de las matemáticas de más que contrastada ineficacia.
Y de todo esto han estado haciendo bandera a lo largo de los últimos años. Admitirlo, siquiera parcialmente, significaría reconocer el fracaso, no de esta o aquella medida, sino del concepto de modelo educativo que se ha venido imponiendo desde hace ya demasiado tiempo. Y saben que todo esto peligra, porque está construido sobre la vacuidad de un pseudodiscurso educativo tan falaz como ramplón, cuya única fortaleza es haberlo convertido en el comedero de la red de complicidades urdida a su alrededor. En resumen: un auténtico monipodio.
¿Y qué papel juegan los docentes en todo esto? Muy simple. La función docente está en proceso de reconversión desde hace años. Y en esa reconversión, que es en realidad una demolición, hay, como hemos visto, poderosos intereses involucrados. El objetivo es la erradicación de todo lo que suene a transmisión de conocimientos y cultura a las nuevas generaciones, muy especialmente en lo que concierne a las clases sociales más desfavorecidas. Mirémonoslo de esta perspectiva: se nos está repitiendo insistentemente el mantra de que la función de un docente ya no es enseñar, que esto está pasado de moda, sino orientar, ser un coach, un asistente para todo, gestionar las emociones, centrarse en los intereses del alumno y hacer de chupatintas rellenando legajos que luego nadie lee porque sólo están para justificar el sueldo de los pedagócratas y el control sobre un profesorado domeñado a la manera de una espada de Damocles.
Para la Administración, el profesorado ya no debe enseñar, sino entretener. Y para esta función no es necesario haber estudiado matemáticas, física, historia, lengua o filosofía en la universidad. Por esta razón el gobierno no quiere especialistas académicos universitarios ni técnicos preparados: los alumnos no deben aprender conocimientos, sólo deben aprender a aprender no se sabe qué. Y si digo que «no se sabe qué» es porque el otro gran mantra es que hay que preparar a los alumnos para trabajos que todavía no sabemos cuáles serán. Y si no sabemos qué se les va a requerir, lo que se impone es hacerlos psíquicamente adaptables a las condiciones de trabajo que se van a encontrar; y ésas sí se sabe cuáles serán, porque estamos viendo sus trazas día a día: una minoría oligárquica que controle el poder, el capital y el conocimiento, y el resto a hacer de mano de obra en precario para lo que se ofrezca.
Desde la perspectiva de este proyecto de ingeniería social, aunque los docentes sigan hoy en día siendo titulados universitarios, para el govern y sus pedagócratas no lo son y se les trata y considera como si no lo fueran; ni intelectualmente, ni laboralmente, ni profesionalmente, ni académicamente. Porque no se les quiere para este tipo de funciones, aunque en apariencia se mantengan legal y testimonialmente las formas por una cuestión de inercia histórica. Pero ya están en ello: el alargamiento del máster de secundaria va en esta línea: cada vez más consignas pedagogistas y menos conocimiento. El resto, va de soi.
Y como no quieren licenciados ni graduados universitarios, ni los tienen para tareas propias de esta condición, tampoco los pagan como a tales ni están dispuestos a ello: ceder significaría reconocer que lo son y que su trabajo es enseñar. No se paga igual a un monitor de ocio que a un universitario. Para el gobierno, la gran anomalía que todavía no ha podido resolver es que tiene contratados universitarios para hacer de acompañantes y monitores, pero, por supuesto, tiende a pagarlos y a ponerles condiciones de trabajo de acompañantes y de monitores. Y lo que los docentes están reclamando es precisamente ser considerados los transmisores de conocimiento que son, el trabajo para cuyo ejercicio han sido investidos y el que socialmente les corresponde, en correspondencia con la cual se les debería pagar. No estamos ante una negociación salarial abortada o fallida, sino de dos discursos diametralmente opuestos sobre cuál es el trabajo de un docente.
No quiero acabar sin aludir al hecho de que los docentes, aunque probablemente sean el colectivo más agraviado, no es el único que está sufriendo esta reconversión salvaje por liquidación, también hay otros. Los médicos, por ejemplo, están sufriendo también un proceso de reconversión relacionado con la privatización y la externalización de los servicios de la sanidad pública. Profesionalmente se les quiere convertir en meros aplicadores de protocolos al servicio de los intereses de las multinacionales del sector. Se están pervirtiendo los criterios de homologación de las titulaciones y las especialidades médicas, al tiempo que se restringen y se imponen criterios ajenos a la praxis médica en lo que refiere a las recetas y las terapias, en un proceso análogo al que está sucediendo en la enseñanza. Por eso también están luchando y, junto a los campesinos y bomberos, se unieron a las manifestaciones docentes de la semana del 16 al 20 de marzo, todo un gesto que les honra. La lucha de fondo es la misma. Eso sí, en honor a la verdad hay que decir que también los mossos d’esquadra se han involucrado plenamente en esta lucha. Lástima que, vaya por Dios, lo hicieran marcialmente alienados con el lado oscuro.
Ésta es precisamente la diferencia entre los mossos d’esquadra y los docentes: a los primeros ni se les ha cambiado el trabajo ni se les está sometiendo a un proceso de reconversión a seguratas, vigilantes de aparcamiento o gorilas de discoteca. A los segundos, en cambio, por analogía, sí. Se está destruyendo la enseñanza pública catalana, y eso, ya sea por cinismo o por estulticia, más allá de poner de manifiesto un grotesca falta de talla política, es mucho peor que un crimen, es un error; un terrible error que tanto más costará de revertir cuanto más tiempo se tarde en poner punto final a tamaño despropósito.
Si la Generalitat prosigue en esta línea con los docentes y la ENSEÑANZA –sí, con mayúsculas-, incurrirá de lleno en un fraude histórico a la sociedad catalana que tarde o temprano pagará muy caro. La historia no perdona.
Fuente: educational EVIDENCE
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