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- 25 de febrero de 2026
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Modelos educativos de éxito

En todos los modelos educativos de éxito, la cultura del esfuerzo ocupa un sitio central. Imagen creada por IA.
Durante las últimas décadas, la enseñanza secundaria nacional ha experimentado una progresiva pérdida en la transmisión rigurosa de conocimientos. Este hecho coincide con la imposición de determinadas ideologías políticas y corrientes pedagógicas que han desplazado el papel central del saber, del docente y del esfuerzo intelectual. Según los indicadores internacionales PISA, PIRLS o TIMMS, los resultados educativos nacionales permanecen estancados en una caída constante y reiterada. Para revertir esta situación, urge analizar qué modelos educativos externos funcionan y aplicarlos en nuestro país. Como ahora se verá es necesario abrir un espacio de reflexión y debate para recuperar una enseñanza exigente, sólida y basada en el saber. Sin conocimiento no hay enseñanza.
Si analizamos los sistemas educativos que obtienen los mejores resultados en las pruebas internacionales PISA, como Japón, Singapur, Corea del Sur o Estonia, así como determinadas comunidades autónomas del Estado español –como Castilla y León o Asturias– o los centros con excelentes resultados en las PAU, se observan una serie de coincidencias estructurales que ya nos indican el camino a seguir. Estos modelos ponen el énfasis en la adquisición de conocimientos a largo plazo – o profundos – entre nuestros alumnos. Esto se debe a currículos exigentes y bien estructurados, a una comprensión lectora sólida por parte de los alumnos ya unos docentes especialistas con un dominio riguroso de su disciplina y lengua hablada y escrita. En definitiva, lejos de currículos dispersos o excesivamente flexibles, estas regiones o países con éxito educativo apuestan por programas claros, exigentes y acumulativos.
Un elemento clave en todo lo anterior es la estabilidad legislativa. Los sistemas educativos de éxito no están sometidos a constantes cambios de ley, sino que mantienen marcos normativos estables que permiten consolidar prácticas eficientes a largo plazo. Esto va ligado a una clara confianza en el papel del docente como transmisor de conocimientos. Tal y como argumentan muchos de los artículos de la revista Educational Evidence, la enseñanza explícita y estructurada, basada en la instrucción directa, es especialmente eficaz, sobre todo en contextos de enseñanza obligatoria.
Además, y en todos los modelos educativos de éxito, la cultura del esfuerzo ocupa un sitio central. En este sentido, el uso de exámenes y deberes no es visto como herramienta punitiva, sino como un instrumento pedagógico fundamental para reforzar el aprendizaje, consolidar la memoria a largo plazo y fomentar la autodisciplina. También la enseñanza memorística, entendida como base necesaria para el razonamiento complejo, es reivindicada como un elemento imprescindible en contraposición a ciertas pedagogías que confían excesivamente en el aprendizaje autónomo de los alumnos sin la necesidad de docentes doctos en su especialidad. En otras palabras, se parte de la idea de que los alumnos no pueden aprender por sí mismos todo lo que todavía no saben, y que la figura del instructor experto es insustituible. Desestimar este principio ha llevado a un desperdicio de la profesión docente y a una caída de la calidad en la enseñanza. Y en esto es totalmente determinante la consideración social y económica del profesorado. La prueba es que en los países con mejores resultados en enseñanza, los docentes son especialistas en su materia, seleccionados con criterios exigentes y bien remunerados.
Llegados aquí resulta fundamental introducir el concepto de IDH de cada país (Índice de Desarrollo Humano). Este coeficiente computa en una sola cifra los indicadores de salud, educación y renta para medir el bienestar social de una población. En los países con buenos resultados en enseñanza existe una relación directa entre los indicadores de PISA, PIRLS o TIMSS con su Índice de Desarrollo Humano (IDH). Estos datos evidencian que no es determinante cuánto se invierte en educación, sino en qué modelo pedagógico se invierte. A menudo se pone el ejemplo de Singapur, que destina alrededor de un 2% de su PIB a educación y obtiene excelentes resultados, mientras que otros países con una inversión muy superior al doble, como Suecia, presentan resultados mediocres.
Pero el asunto del IDH, y su bienestar social asociado, va más allá dado que los países que lo tienen muy alto, como Japón, Singapur o Corea del Sur, comparten modelos educativos basados en la exigencia, conocimiento a largo plazo y prestigio del docente. Es decir, una buena enseñanza potencia un excelente bienestar social. En el caso español, con un IDH inferior al de estos países líderes, y con resultados educativos muy mejorables, se hace evidente la necesidad de replantear su sistema de enseñanza para mejorar su IDH. En este sentido, sería aconsejable huir de ideologías pedagógicas no demostradas, y apostar por modelos avalados por la evidencia científica.
En resumen, podemos decir que para revertir los malos resultados de enseñanza nacionales es necesario potenciar la cultura del esfuerzo, reforzar el uso de exámenes y deberes como herramientas pedagógicas, mejorar de forma decidida la comprensión lectora y la expresión escrita, estabilizar las leyes educativas y dignificar al profesor docto y especialista con un gran reconocimiento social. Sólo con currículos exigentes, docentes expertos y una enseñanza basada en el saber se podrá aumentar el nivel de enseñanza, el bienestar social y, en definitiva, la calidad de vida del conjunto nacional.
Fuente: educational EVIDENCE
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