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- 11 de febrero de 2026
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Los superprofes

Imagen creada por IA

¿Quién no ha soñado alguna vez con tener superpoderes? Volar, ser invisible, tener una fuerza extraordinaria, leer la mente de los demás, teletransportarse… Es evidente que los superhéroes americanos de Marvel y DC, surgidos en el siglo XX, convirtieron estos sueños imposibles en iconos que aún hoy definen la cultura popular: Superman, Batman, Spiderman, Wonder Woman, los Xen-Men, los X-Men, una auténtica pléyade de figuras increíbles, perfectas y siempre a punto para luchar contra el mal y salvar a la población.
Sin embargo, estos héroes de capa y máscara no son una invención moderna. El profesor Joseph Campbell, mitólogo y especialista en narrativa universal, describe en El héroe de las mil caras (1949) el mito universal del héroe: alguien que abandona el mundo ordinario, supera pruebas extraordinarias, vence a fuerzas fabulosas y regresa transformado para ofrecer un don a la comunidad. Es una estructura narrativa poderosa, universal, repetida hasta el infinito a lo largo de la historia en mitos, leyendas, cómics y películas. El problema empieza cuando este relato heroico deja de ser ficción y se instala en profesiones reales, como la docencia.
Hace ya tiempo que nuestra profesión, la de los profesores y profesoras, ha cambiado profundamente. Es un hecho contrastado que se ha devaluado, tanto económica como socialmente. Ya no somos un colectivo respetado ni admirado por la sociedad —y mucho menos reconocido por nuestros alumnos—, a la vez que nuestras tareas han aumentado tanto que, hoy en día, lo que menos hacemos es aquello para lo que nos hemos formado y preparado: enseñar.
Pero todavía sigue costando mucho que nosotros mismos reconozcamos que ocurre algo muy grave en la enseñanza pública, y muchos de nosotros hemos asumido, a menudo de forma inconsciente, un complejo de superhéroe. Como Spiderman, asumimos que cada fracaso del alumno es responsabilidad nuestra: “si no sale adelante, es que no lo he hecho bien”. Como Superman, proyectamos una fortaleza constante, aunque el sistema nos someta a condiciones imposibles: aulas sin climatización, equipos informáticos que fallan o espacios demasiado pequeños para gestionar un grupo. Como Wonder Woman, ponemos recursos propios —horas, energía, dinero— y normalizamos la autoexplotación como compromiso profesional. Y así, capa tras capa, el límite entre trabajo y sacrificio personal se va borrando.
Este relato heroico tiene un coste elevadísimo en términos de salud mental y bienestar. Ante un sistema educativo sobrecargado, burocratizado y carente de recursos, el discurso del superprofe transforma un problema estructural en un fracaso individual: “Si no llego a todo, es culpa mía”. El malestar se privatiza, la queja se culpabiliza y el cansancio se vive como una debilidad personal. ¿Cuántas veces nos hemos sentado en una reunión de equipo para explicar y compartir, preocupados y angustiados, problemas con un grupo o con un alumno que no rinde, sólo por oir, entre líneas, el pensamiento unánime del claustro: “esto te pasa porque no sabes hacerlo bien”? Y volvemos a casa cabizbajos, frustrados y agotados, con la nueva misión imposible: “mejorar para poder convertirme en un superprofe”.
Es necesario que todos y todas lo tengamos claro: este heroísmo docente no es abstracto, tiene formas muy concretas. Se traduce en horas de trabajo dedicadas a burocracia pedagógica interminable: excels, informes y comentarios individualizados que consumen tiempo sin impacto real en el aprendizaje. Incluye también adaptaciones constantes de exámenes y actividades que, sin suficientes recursos, diluyen las especialidades y vacían de contenidos el currículo. Se concreta en guardias y vigilancias, horas extras, disponibilidad permanente fuera del horario laboral, y en la gestión de la disciplina y confrontaciones o agresiones en el aula. Todo esto nos convierte en héroes sin capa, con una responsabilidad enorme, a menudo asumida sin compensación económica ni reconocimiento profesional. En su conjunto, construye un modelo de superprofe que sostiene el sistema a base de trabajo invisible y renuncias personales.
No debemos confundir la vocación con la profesión. La docencia puede ser vocacional, pero no es un sacerdocio. Cuando la vocación se utiliza para justificar sobrecargas, precariedades o la asunción de tareas que no nos corresponden, deja de ser un valor y se convierte en una herramienta de explotación. El mito del profesor salvador -aquel que puede «cambiar vidas» a cualquier precio- esconde una verdad incómoda: sin condiciones materiales dignas y sin respeto por la profesionalidad, no hay educación de calidad posible.
Mientras tanto, se está normalizando el exceso bajo el discurso del «compromiso». El buen profesor es el que siempre está ahí, el que aguanta, el que no protesta. Una especie de Capitán América del instituto, fiel a su misión pase lo que pase. Pero este heroísmo cotidiano tiene claras consecuencias: burnout, desmotivación y abandono de la profesión; pérdida de autoridad docente, porque quien lo asume todo termina sin límites claros; y, sobre todo, falta de responsabilidad de la administración, que puede seguir exigiendo sin garantizar recursos ni condiciones dignas.
No vivimos en una película y, desgraciadamente, no podemos salvar al mundo con nuestros súper poderes. La docencia no es una epopeya individual, sino una profesión que requiere estructuras sólidas, condiciones laborales justas y respeto. Nuestra función principal es enseñar y transmitir conocimientos con rigor y exigencia académica.
Es hora, compañeros y compañeras, de quitarnos la máscara y vindicarnos tal y como somos: profesores de secundaria especializados, con derecho a condiciones dignas y reconocimiento. Cuando dejemos de hacer de superhéroes, el sistema dejará de sostenerse con sacrificios invisibles y, tal vez, algo empezará a cambiar. Es el momento de volver a poner la cordura en el centro: sin capas, ni súper poderes; con nuestros límites claros y nuestros derechos garantizados.
Fuente: educational EVIDENCE
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