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  • 8 de abril de 2026
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La caja de Pandora del pedagogismo

La caja de Pandora del pedagogismo

Foto: https://ca.wikipedia.org/wiki/Capsa_de_Pandora#/media/Fitxer:Pandora_opening_her_box_by_James_Gillray.jpg

 

Licencia Creative Commons

 

Dan Clarasó Sanz

 

Si pensamos en la mitología griega, Pandora no abre una caja cualquiera: abre un contenedor lleno de males enviados por los dioses, pensado para castigar a la humanidad. Allí hay enfermedades, sufrimiento, discordia, mentiras… y al fondo, sólo queda la esperanza. Siempre me ha fascinado esta historia, sobre todo porque la esperanza no es siempre un consuelo. A veces es más bien una trampa: mantiene a los humanos esperando, aunque el problema sea estructural.

No puedo dejar de ver paralelismos con nuestro sistema educativo. Como advertía Hannah Arendt (1961), la educación no puede basarse en promesas abstractas de futuro, sino en la responsabilidad de transmitir un mundo real y concreto que ya existe a las nuevas generaciones, y preparar a los alumnos para afrontarlo.

 

El regalo envenenado

En los últimos años, desde el Departament d’Educació se nos ha vendido un modelo como la gran solución pedagógica: «más inclusivo, más competencial, más centrado en el alumno, más moderno…». Son términos que todos conocemos, que suenan muy bien en conferencias y titulares, pero cuando lo ves desde el aula, la realidad es distinta.

El pedagogismo, con todo su vocabulario y su liturgia de metodologías, promete transformar la educación sin poner casi en cuestión lo que ya tenemos. Tal y como señala Inger Enkvist, muchas reformas educativas contemporáneas se construyen más sobre ideología pedagógica que sobre evidencia contrastada. Como en Pandora, nos entregan una caja brillante y llena de promesas, con la diferencia de que a Pandora la avisan de la trampa, Zeus le dice que no la abra. Mientras que en nuestro caso, podríamos decir que nos presionan a abrirla.

 

La liberación de los males

¿Y qué ocurre cuando abrimos la caja?

Los docentes nos encontramos con una sobrecarga burocrática enorme, currículos que cambian constantemente y un lenguaje tan farragoso que cuesta entender qué es realmente importante. A menudo se nos exige aplicar metodologías ‘innovadoras’ sin que exista una evidencia empírica clara de su impacto en el aprendizaje. La fascinación por el pedagogismo y las modas metodológicas, sin contraste con datos objetivos, puede generar sobrecarga y desorientación. Esta preocupación está avalada por síntesis de investigación como las de John Hattie (2020), quienes muestran que muchas ‘innovaciones’ educativas tienen un impacto mínimo o nulo sobre el aprendizaje de los alumnos, en contraste con las prácticas comprobadas con evidencia sólida que sí producen efectos significativos.

Y mientras esto ocurre, el conocimiento, la rigurosidad y la exigencia académica quedan desdibujadas, en una dinámica que Gregorio Luri (2020) ha descrito como la progresiva sustitución del saber por la actividad.

Todo esto crea una paradoja: se habla de autonomía pedagógica e innovación, pero en realidad se impone un modelo cerrado que no deja margen para pensar o actuar de forma diferente.

 

Zeus y la ilusión del progreso

Si seguimos con la mitología, Zeus no castiga directamente. Es astuto: seduce, convence, promete. El pedagogismo funciona así. No ves la violencia directa, sólo un relato muy bien construido que promete mejoras constantes y reales, sin que nadie pueda demostrar si realmente funcionan.

Y nosotros, los docentes, quedamos atrapados en esta promesa: que si el próximo año todo será mejor, que si aplicamos todas las instrucciones, que si nos formamos más… Siempre con la esperanza como última garantía de que las cosas cambiarán. Pero la esperanza no es resultado; es expectativa de que quizás nunca se cumpla.

 

La esperanza como mecanismo de contención

Y ahí es donde entra el último elemento de la caja de Pandora: la esperanza. Mantiene el sistema en funcionamiento, aunque muchas cosas no vayan bien. Nos hace seguir trabajando, intentando aplicar todo lo que se nos pide, con la ilusión de que las cosas mejorarán. Pero a menudo la realidad es que sólo nos mantiene ocupados sin afrontar los problemas de fondo.

 

Recuperar el fuego, no la caja

Por suerte, antes de Pandora está Prometeo, que roba el fuego a los dioses. El fuego simboliza el conocimiento, la técnica, la razón. Y quizás es aquí donde deberíamos centrarnos: no en la fascinación por la caja y las promesas de mejora mágicas, sino en recuperar un debate basado en conocimiento, evidencia y rigor.

Es decir, reivindicar el conocimiento disciplinario, exigir evaluaciones rigurosas, diferenciar innovación real de moda pedagógica y poner la evidencia antes que la retórica. Para avanzar, es necesario priorizar prácticas educativas con impacto demostrado, reforzar el conocimiento disciplinario y evaluar las metodologías con rigor, antes de dejarnos seducir por promesas brillantes.

Los mitos griegos no eran cuentos para niños. Eran advertencias. Quizás el problema no es lo que hay dentro de la caja, sino nuestra disposición a seguir aceptándolo una y otra vez, olvidando —como nos recuerda Hannah Arendt— que educar implica asumir responsabilidades, no sólo esperar resultados.


Referencias: 
  1. Arendt, H. (1961). Between past and future: Eight exercises in political thought. New York: Viking Press.
  2. Hattie, J. (2020). Visible learning: Feedback. London: Routledge.
  3. Luri, G. (2020). La escuela no es un parque de atracciones. Barcelona: Ariel.
  4. Enkvist, I. (2016). La buena y la mala educación. Madrid: Encuentro.

Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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