- 15 de enero de 2026
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Jerónimo de Ayanz: científico, ingeniero, soldado, espía, aventurero e inventor

Retrato de Jerónimo de Ayanz y Beaumont. Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, Eulogia Merle. / Wikipedia

De haber nacido en otro lugar hubiera sido sin duda una figura mundialmente celebrada y objeto de tratados literarios, sobre su vida, y científicos, sobre su obra. Registró y aplicó la primera máquina de vapor cien años por delante de Savery, en Inglaterra, y dos siglos antes de que Watt la convirtiera en el talismán de la Revolución Industrial. En la historia hay casos en los que algunos se llevaron los méritos de otros; en el de Ayanz no es ni siquiera esto, sino simplemente el olvido. Un olvido que no desmerece al olvidado, sino a quienes nunca le recordaron.
Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613) nació en el señorío de Genduláin, cerca de Pamplona, en una familia de la pequeña nobleza navarra. Fue sin duda un personaje excepcional: inventor, ingeniero, científico y cosmógrafo, poseedor, además, de una forma y fuerza física impresionante; esto último a tenor de lo expresado por Lope de Vega en su obra Lo que pasa en una tarde, presentándolo como un nuevo Alcides (Hercules).
A los 14 años entró a prestar servicio en la corte de Felipe II. Destinado a la carrera militar, participó en las campañas de Túnez y La Goleta (1573), siendo posteriormente destinado a Milán, donde permaneció unos años y se puso al corriente de los progresos científicos del momento. Recorrió con su tercio Camino Español hacia Flandes, donde destacó como ingeniero militar participando en varias batallas –Gembloux, Zierikzee…-. De vuelta a España en 1579, al año siguiente participó en la campaña de Portugal, destacando en este caso por descubrir y conjurar un complot francés para asesinar a Felipe II. En 1582 participó en la batalla naval de Isla Terceira. Todavía en 1589 organizó una tropa para acudir a la Coruña y rechazar el ataque de la Contraarmada de Drake.
Nombrado poco después (1587) regidor de Murcia, llevó a cabo la fortificación del puerto de Cartagena. Este mismo año fue también nombrado Administrador General de Minas del Reino. Se dedicó a recorrer los yacimientos de la Península y estuvo a punto de morir por los gases tóxicos desprendidos en una inspección minera. Ideó la manera de mejorar las penosas condiciones en que se encontraban las minas. Los dos grandes problemas de la minería eran la acumulación de agua en las galerías y la contaminación del aire. Para evacuar el agua, construyó un sifón con un intercambiador: con el agua de la parte superior, con la que se limpiaban los minerales, generó la energía necesaria para elevar la depositada en las galerías inferiores por medio de la fuerza del vapor propulsando el fluido a través de una tubería, desaguando las galerías inundadas. Con ello estaba aplicando en la práctica la noción de presión atmosférica medio siglo antes de su descubrimiento por Torricelli, y la dinámica de fluidos antes de Bernoulli; había inventado la máquina de vapor. Con el aire contaminado ideó enfriar aire con nieve y enviarlo a las galerías interiores con el mismo procedimiento. Al ser el aire frío más pesado, refrigeraba el ambiente e introducía aire fresco respirable que expulsaba al exterior el contaminado. El primer principio de termodinámica aplicado con dos siglos de anticipación. Y el primer aire acondicionado de la historia, que puso en práctica en la mina de Guadalcanal y también, domésticamente, en su casa.
En 1599 propuso ante la corte de Felipe III un proyecto de liberalización del rígido sistema económico de explotación de las minas y organización del trabajo, y un programa de apertura de escuelas de ingeniería minera. Proyectos que fueron desestimados, aunque no esté claro si el rechazo fue porque no fueron entendidos o porque se entendieron demasiado bien; la modernización y la ciencia empezaban a no estar bien vistas en una España ya por entonces cada vez más replegada en sí misma.
Poco después, acaso asumiendo que la cosa no daba más de sí, abandonó sus actividades públicas y se dedicó a la explotación privada de la mina de Guadalcanal (Sevilla), de plata, y un yacimiento de oro cerca del Escorial.
La lista de sus inventos, además de la máquina de vapor, es interminable. Construyó equipos de buceo probados con éxito, una bomba de compresión, un horno para obtener agua destilada a bordo de un barco, balanzas de precisión, una brújula que indicaba la declinación magnética, la estructura de arco para las presas de los embalses, hornos para operaciones metalúrgicas… Constan hasta 48 inventos en el «Privilegio de invención», el registro de patentes de la época. Inventos que se adelantaron en más de uno y dos siglos a los que se realizarían en Inglaterra con la revolución industrial, donde obtuvieron mejor acogida y continuidad.
En la Biblioteca Nacional consta un documento de varias páginas, impreso en 1612, en el que explica sus trabajos de experimentación científica –con una misiva dirigida a Emanuel Filiberto de Saboya-, con tratados sobre la compulsión de elementos, la existencia del vacío, el movimiento perpetuo, la esfera de fuego y la caída de los cuerpos. También diseñó un submarino, cuyo mecanismo se ignora, pero que al parecer llegó a construir y pilotar él mismo, sin que este extremo esté probado.
Murió a los sesenta años de edad en Madrid, el 23 de marzo de 1613, probablemente a causa de una intoxicación contraída en alguna mina. Fue enterrado en la catedral de Murcia. Ni sus logros ni su obra tuvieron continuidad. Tal vez de haberse atendido su programa de escuelas de ingeniería, hubiera sido todo muy distinto, y quizás nunca hubiera hecho falta que nadie justificara la sequía científica española con aquel remedo jactancioso que fue el “¡Que inventen ellos!”.
Fuente: educational EVIDENCE
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