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  • 11 de marzo de 2026
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Emopopulismo

Emopopulismo

Imagen creada mediante IA.

 

Licencia Creative Commons

 

Andreu Navarra

 

Por razones que no vienen al caso, he tenido que asistir como público a dos festivales de literatura. No soy muy habitual en ese tipo de gradas: a menudo frecuento conciertos de música salvaje y también congresos especializados de historia y filología, como uno magnífico sobre periodistas republicanas y del exilio organizado por el grupo FEMMEM de la Universitat Autònoma de Barcelona. Reconozco que me ha pillado por sorpresa ver lo que he visto y oír lo que he oído, entre aplausos largos e intensos.

En una primera velada literaria, un conocido escritor barcelonés de novela histórica afirmaba, tajante, que los historiadores del siglo XIX se habían dedicado a investigar lo que había sucedido en lugar de lo que la gente pensaba que había sucedido en ese siglo tan agitado de bullangas, guerras, civiles, bombardeos y situaciones disparatadas. Quedándose tan ancho. Pero es que eso significa haber ignorado lo que ha sucedido en historiografía en los últimos cuarenta años, como mínimo, desde que la Historia Cultural (que estudia precisamente eso: qué pensaba la “gente”, cuáles eran las ideologías y creencias y esperanzas y subculturas de los de abajo) se consolidó como hegemonía en el gremio de los historiadores. El autor, continuaba, afirmaba que la ficción llegaba mucho más lejos que cualquier libro de historia, despreciablemente rígido, vertical y elitista. Desde luego, no conozco a ningún historiador solvente que se limite a escribir sobre las batallitas y los reyes y las princesas: esa etapa hace décadas que quedó superada afortunadamente…

Pasan dos días y vengo a caer a otra mesa sobre narrativa protagonizada por una escritora que hace muchos aspavientos y que no carece precisamente de carisma. El público aplaude a rabiar: en lugar de hablar de literatura, se está hablando de memorias distorsionadas, de dolor ante los bombardeos de hace noventa años. Y, de nuevo, la misma acusación: los historiadores son una especie de grey malvada, que no comprende a “la gente”, que no sabe expresar el dolor de los vencidos y los humillados… Pero es que me temo que la historiografía más rigurosa y profesional de los últimos treinta años no ha hecho otra cosa que escudriñar todo esto, pero con herramientas más afinadas de análisis.

Salgo con la impresión de que en estos festivales se habla de cualquier cosa menos de libros y literatura. Parece que se haya creado una especie de pietismo de los recuerdos, un culto a la memoria del dolor de los muertos, una especie de religión constructivista del yo que apenas encubre un cierto fondo de pobreza inventiva. Estos discursos me han parecido paternalistas, esquemáticos, simplistas y manipuladores. Donde hay una literatura mediocre (pero es que tenemos a excelentes prosistas y poetas, no tenemos por qué encumbrar únicamente a estos gimnastas del emopopulismo) lo que tenemos es un discurso sobre temas convenientes, exceso de oportunismo, capitalismo libidinal y un uso sospechoso y semiindustrializado de la memoria histórica.

De repente, me doy cuenta: esto no son escritores. Esto son telepredicadores. Y los simposios parecían desfiles de moda. Todo rápido, todo superficial, todo facilito. Entre el público: catarsis sociales, desahogos emotivos, liturgias de consumismo disfrazadas de velada humanitaria. Esta variedad de emopopulismo, o nuevo Despotismo Ilustrado pero de la Ilustración Oscura, es decir, Desilustración a secas, la encontramos por todas partes: en los noticiarios, en los discursos políticos, y la literatura parece que no sepa escapar de los libros de tesis consoladores o la autoayuda moralizante disfrazada.

Ya veis que no he dicho nombres porque me gustaría destacar el bosque y no los árboles, y tampoco está tan mal que se compren libros malos de forma masiva. Muchos editores me han confesado que gracias a las cagarrutas pueden financiar las trayectorias de los autores y autoras serios. Sin embargo, no esperaba esta explotación tan descarada del molinillo ultrarretórico, ese romanticismo trasnochado tan trufado de tópicos. Igual es que le estoy pidiendo peras al olmo. Lo que sí sé es que me molesta que me intenten dar gato por liebre. Tengo la impresión de que hemos regresado a la época de la predicación de San Vicente Ferrer, ducho en tretas y efectismos populacheros, y la cosa está empezando a darme un poco de miedo.

Parece que el matiz y la investigación rigurosa, así como la exploración social y literaria, se hayan convertido en actividades clandestinas propias de envidiosos, rencorosos, obsoletos y pardillos. Gentecilla molesta que se queda fuera del mercado y por eso grazna desde púlpitos en penumbra. Cada semana aparece la figura más grande del siglo, o alguien vuelve a proclamar que Pilar Rahola es la nueva Mercè Rodoreda. Ese tipo de cosas. Parece que sin faraonismo de hidrógeno y sin grandilocuencia banal no sea posible llegar a o construir un público inteligente. En realidad sí hay mercado para la prosa liberal, para la apelación a la madurez mental y la ironía, la crítica y la narrativa inesperada y oblicua, si somos capaces de trascender un ruido tan sofocante como el que nos rodea a diario. Para descubrir, a renglón seguido, quién es realmente el pardillo, el desconsolado, el necesitado o el desorientado.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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