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  • 27 de enero de 2026
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El sexo erectus

El sexo erectus

Foto: Gerd Altmann – Pixabay

 

Licencia Creative Commons

 

David Rabadà

 

Sabemos que en el erectus la retroalimentación entre su cohesión social y la obtención de proteínas mejoró un órgano muy caro de mantener, su gran cerebro. También sabemos que todo esto potenció su reproducción y su consecuente expansión por varios continentes. ¿Pero qué mecanismo biológico permitió la expansión de su encéfalo?

Si observamos los rasgos de los erectus y los sapiens en comparación con los de sus parientes y antropomorfos, salta a la vista algo crucial: sus cuerpos fueron reteniendo cada vez más caracteres gráciles, es decir, más juveniles. Sus esqueletos adultos fueron recordando cada vez más al de sus jóvenes y niños. Por ejemplo, si comparamos el cráneo de un bebé humano con el de un bebé chimpancé, las semejanzas saltan a la vista, pero al crecer se diferencian en un rasgo importante, el sapiens va conservando las características juveniles y el chimpancé se vuelve más robusto. Gould habló de algo muy interesante en su libro Ontogeny and Phylogeny, la neotenia. La idea inicial no era suya, sino que citaba a Kollman como el precursor en 1885. Ambos se referirían a aquellos organismos que durante su evolución han ido conservando cada vez más rasgos juveniles o neoténicos. Por ejemplo, como ya se ha dicho, los bebés de los erectus y sapiens nacían prematuramente para poder pasar por el canal pélvico. De haver crecido los bebés al ritmo normal de un antropomorfo, el cerebro hubiera sido demasiado grande para salir por el cinturón de la pelvis. Por lo tanto, y ante el gran cerebro por desasrrollar, el feto debía nacer antes de tiempo con un mayor número de rasgos neonatales. La neotenia en Homo era un hecho observable.

Otro rasgo neoténico en Homo fue la baja vellosidad con la que nace, desnudez que preserva fuerza de adulto. Añadamos que el período de aprendizaje en estos Homo tan infantiles se alargó extremadamente. En resumen, la evolución de Homo se encontró repleta de conservadurismo de rasgos juveniles por neotenia. Todo esto permitió estructuras más gráciles respecto a sus ancestros y parientes actuales, todos ellos mucho más robustos.

McKinney y McNamara añadieron más datos con su trabajo The Evolution of Ontogeny del año 1991. Ellos hablaban de hipermorfosis cuando algunas especies retrasaban su crecimiento conservando también rasgos juveniles en los estadios adultos. Un primer ejemplo de esto lo observamos en la aparición de los molares humanos. Éstos crecen más tarde en Homo que en el resto de antropomorfos. En erectus lo hacían entre los 4 y los 5 años, mientras que en sapiens esto ocurre entre los 5 y los 6. Teniendo en cuenta que entre los antropomorfos los molares surgen a los dos años, queda claro que en Homo existió un claro retraso de crecimiento o hipermorfosis. Otro ejemplo lo tenemos en el cerebro de los bebés sapiens, que sigue creciendo después del parto pero a una velocidad inferior a la de los antropomorfos. O sea, Homo retrasó su madurez respecto a los gorilas y chimpancés. Además, el peso del cerebro neonatal con respecto a su peso corporal muestra también este proceso. En Australopithecus y antropomorfos la relación es de 0,33, mientras que en erectus y sapiens la proporción baja hasta el 0,25. En otras palabras, Homo retrasaba su crecimiento cerebral durante su desarrollo.

Fuera por neotenia o por hipermorfosis, la evolución de Homo preservó una gran cantidad de características juveniles en sus fases adultas, algo muy importante para comprender su gran apuesta evolutiva, la encefalización. Los erectus nacían con un desmedido cerebro que seguía creceindo en sus fases adultas, es decir, la neotenia potenció su encefalización. A cambio, los bebés nacían con una reducción mandibular, molar, y facial que después conservaban como adultos, a favor de una mayor capacidad cerebral. En resumen, la encefalización hundía sus raíces en el conservadurismo de rasgos infantiles, y ésta en un gen que retrasaba el crecimiento embriológico por neotenia o hipermorfosis, el gen ASPM.

Así pues, y una vez que la genética lo potenció, los erectus continuaron desarrollando todo el arsenal de rasgos neoténicos que mejoraban su encefalización, su reproducción y su expansión asociada con la optimización de los recursos, la mayor cohesión social y su defensa ante los depredadores y competidores. En definitiva, la neotenia propició una mayor tasa de natalidad en una especie generalista. En cambio, sus parientes antropomorfos, los chimpancés y los gorilas, se estancaron en una menor tasa de natalidad y haciéndose muy especialistas en bosques y arboledas.

Pero no sólo fue esta mayor encefalización la que le permitió a erectus reproducirse mejor. El sexo jugó un papel muy importante en su evolución, puesto que se emancipó de su papel en la fecundación. Para comprender lo anterior hay que detallar que en todos los antropomorfos actuales, excepto el bonobo, existe el período de celo y, por tanto, la cópula se ciñe a estos períodos estacionales. En cambio en Homo y bonobo no existe y se practica el sexo durante todo el año. Sin celo los machos no pueden saber cuándo sus amantes guardan óvulos fértiles, y por tanto, el sexo permanece desligado de la fecundación. Esto permitió emparejarse de manera frecuente y placentera forjando una mejor cohesión familiar con mayor éxito reproductivo. En otras palabras, la cópula ya no servía sólo para la reproducción, sino que se utilizaba para mitigar el estrés, intercambiar placeres o reforzar los lazos personales. Y Homo no fue el único con esta característica, también los bonobos, algunos murciélagos y otros mamíferos presentan este rasgo. Hay que añadir que los bonobos, así como los sapiens, son altamente neoténicos y que pueden copular de cara entre otras muchas concomitancias. En definitiva, que todos se volvieron hipersexuales y con ello también incrementaron las tasas de fecundidad bajo la neotenia.

Con independencia de todo lo anterior, hay otro dato que nos indica la hipersexualidad de los erectus. En chimpancés, gorilas y orangutanes, así como también en australopitecos y habilis, el peso de las hembras era inferior al del macho. Por lo general, los machos pesaban casi el doble que sus compañeras. Estos sementales eran grandes para luchar entre sí por la cópula. Es decir, sólo los ganadores se convertían en sexualmente activos durante el celo de sus hembras. Sin embargo, con los erectus esto cambió. Al igual que en el bonobo el dimorfismo sexual entre hembras y machos se redujo drásticamente, también ocurrió lo mismo con los erectus. De hecho, sus machos solo eran un 20% más pesados ​​que sus consortes, pero no el doble como ha ocurrido con chimpancés, gorilas, australopitecos y parantropos. Por lo tanto, es assumible considerar que, como como en el caso de los bonobos y la mayoría de los sapiens, los machos de los erectus ya no solían disputarse las hembras. La cópula no era un tema de fuerza bruta, sino de seducción. Obviamente siempre existirá la excepción que va en contra de la regla.

En resumen, erectus evolucionó hacia un sexo frecuente, sin machos alfa y bajo una mejor cohesión social. Por primera vez en la evolución humana el sexo quedó desligado de su papel reproductivo y pasó a ofrecer placer y refuerzo afectivo. Muy probablemente, ya sin el periodo de celo que las delatara, las hembras evolucionaron hacia pechos y nalgas hinchadas durante todo el año. Estas turgencias consisten en redondeadas acumulaciones de grasa para el reclamo sexual. En el pasado muy probablemente indicaban que la hembra se convertía en fèrtil, pero para los erectus quizá resultó un falso celo para estimular las ganas de copular.

Las formas femeninas que tanto describen hoy en día muchas conversaciones y miradas masculinas, seguramente empezaron con la evolución de los erectus. E incluso, y desde entonces, evolucionó nuestro intenso y largo orgasmo, nuestras largas cópulas, el aumento de la sensibilidad en pene, labios, lengua, pezones y clítoris además de otros puntos erógenos. De hecho, nuestro cerebro ya delata esto con un tabique y una amígdala anómalamente grandes respecto a la media del resto de los primates. Estas dos estructuras límbicas explican el incremento del placer sexual y la reducción de la agresividad, algo básico para la cohesión social y la mayor reproducción en los erectus. Con esto y la consiguiente evolución cultural de los erectus, se explica bastante bien su aumento reproductivo y su expansión por diferentes continentes. La prueba de ello fue que, por primera vez en la evolución humana, la gran flexibilidad biológica y cultural de los erectus les propulsó hacia cuatro de los grandes continentes. El cerebro produjo la cultura, pero ésta, a su vez, moldeó nuestro cerebro.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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