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- 19 de febrero de 2026
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Educación: entre Escila y Caribdis

Detalle de la pintura de Odiseo enfrentándose a la elección entre Escila y Caribdis por Henry Fuseli, 1794

El pasado 16 de septiembre de 2025, la Fundació Bofill nos sorprendía en Barcelona con un giro inesperado: en su primera rueda de prensa del nuevo curso denunciaba que los currículums escolares debían ser más simples y “claros”, y sobre todo debían aportar muchos más detalles sobre cuáles habían de ser las habilidades necesarias para alcanzar un nivel deseable de compresión lectora. Muchos no podíamos ni creerlo: implícitamente, se reconocían dos hechos por otra parte ya demasiado evidentes: que los currículums competenciales mostraban deficiencias obvias, y que el “nivel”, el famoso “nivel”, sí que había bajado, o por lo menos no era el más deseable o era de algún modo preocupante. Y ello no implicaba que el emisor se hubiera convertido a alguna furiosa secta neofascista o se hubiera vuelto un monstruo de sadismo. Esta constatación rompía con décadas de negacionismo del problema educativo en Cataluña, pero tendremos que ir un poco más lejos si queremos descubrir las motivaciones reales de este giro ideológico camaleónico.
Ni David Bowie hubiera mostrado una mayor habilidad para el disfraz. Por decirlo de algún modo simple, parece que el populismo pedagogista ha entrado definitivamente en crisis, puesto que sus defensores mediáticos han hecho el ridículo una y otra vez en la televisión autonómica, y ese ridículo, unido al fracaso evidente de la política lomloísta, puede haber provocado que el radicalismo competencial ya no resulte atractivo en un contexto de crispación pública, o puede también significar que, sencillamente, el sectarismo comprensivista y neorroussoniano haya dejado de resultar rentable. Si se confirmara esta nueva dirección, podríamos evolucionar hacia una nueva situación que requeriría dos tipos de alertas.

En primer lugar, deberíamos redoblar nuestros esfuerzos por extirpar de nuestra legislación todo el dispositivo de dominio social economicista que conocemos bajo el rótulo de “competencialismo”. La educación ultrautilitaria que ha devastado nuestras escuelas no es ya que no se sostenga en un discurso público mínimamente presentable, sino que además ya ha perdido su coartada presuntamente progresista. Lo progresista es, efectivamente, enseñar a leer y a escribir y aritmética básica a nuestros alumnos de Primaria, sin dejar a nadie atrás redoblando recursos; y lo progresista es también construir una secundaria cultural y científica, sin la cual únicamente la elite económica tiene acceso a empleos de calidad y gobernanza, reproduciéndose a sí misma libremente a través de la degradación intencionada de la ciudadanía. Digámoslo de otro modo, la escuela competencial provoca una desigualdad tal que acaba resultando insoportable para cualquier sistema democrático; y esto es lo que ha sucedido en Estados Unidos, donde la dictadura del neomedievalismo, el militarismo imperialista, el terror autoritario, la pulsión de suicidio social y el odio más primitivo han tomado el control de la nación.
Concluyamos, pues, en que la fase competencial es el prólogo para la instauración de una reacción testicular y neoautoritaria aún más peligrosa que su proemio deconstructivo. El rencor contra la izquierda foucaultiana abre el paso a la derecha foucaultiana, es decir, el antiliberalismo puro y duro de los irracionalistas que se devoran lanzados los unos contra los otros en la gran selva del posthumanismo. Y esta doctrina tradicionalista y autoritaria es la que no podemos dejar que se instaure una vez hayan terminado de caer todos los espejismos y prestidigitaciones del nihilismo postmoderno.
Por lo tanto, ¿qué camino deberíamos tomar? El del equilibrio democrático. El camino pasa por redemocratizar los claustros, instaurar el pluralismo metodológico, abandonar la satanización de la memoria (y de la literatura y de la filosofía y de la lectura de libros y de la ciencia racional), confiar en el transmisivismo didáctico y el bien que pueda aportarnos a medio y largo plazo, abandonando el solucionismo digital y el pensamiento mágico pedagogista. Trabajando para y por la realidad social concreta, no para las ensoñaciones lucrativas, los esquemas maniqueos, ni las propuestas profefóbicas, ni las utopías deconstructivas.
Todo ese mundo negacionista debe quedar atrás, pero evitando una Restauración neoimperialista. Y eso si llegamos a la conclusión de que nos interesa a todos seguir viviendo en una democracia, para la cual resulta indispensable cierta dosis de utopía habermasiana, es decir, cierta vocación de republicanismo igualitario sostenido por una ciudadanía responsable y bien informada. Lo que debemos restaurar es la razón dialogística, no la ‘Ley del Más Fuerte’ en un mundo totalmente desregulado. Todo esto si no hemos decidido ya seguir degradando nuestros espacios públicos deliberativos para inmolarnos siguiendo deseos milenaristas y autodestructivos. Debemos decidir a partir de hoy si queremos hundirnos más en pesadillas de irrealidad y acabar enfangados en un campo sembrado de odio o empezamos a hacer el enorme esfuerzo de reinterpretación humanística que nuestro sistema educativo lleva décadas reclamando a gritos. La tentación autoritaria (la de verdad, la trumpiana, no el fantasma imaginario de los logsistas) empezará a ser poderosa a partir de ahora, cuando empiece a resultar rentable para los gurús de la ilustración oscura imitados del continente americano y se complete la metamorfosis de algunos antiguos adalides del carisma neocapitalista.
Fuente: educational EVIDENCE
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