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  • 12 de enero de 2026
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Despotismo académico: la revolución educativa incompleta

Despotismo académico: la revolución educativa incompleta

Imagen generada mediante IA

 

Licencia Creative Commons

 

Oriol Corcoll Arias

 

En algunas de las escuelas que todavía hoy se podrían etiquetar como “buenas” a nivel internacional —y hay que decirlo sin ironía: aquellas que realmente se lo creen, que han construido una pedagogía seria y que forman maestros para nutrir curiosidad, no para administrar contenidos-, el perfil del aprendiz es explícito: curiosidad siempre por delante, intelectualmente.

No deja de ser extraño cuando se pone esta escena junto a la experiencia escolar pública en Cataluña —la que todo el mundo critica. Pero la sensación es aún más inquietante cuando se contrasta con la experiencia universitaria general: un conjunto de gatekeepers que castigan exactamente las disposiciones que la escuela había identificado como mejores. Y no se trata de una ruptura violenta o de corte limpio. Lo que hacen es más fino y más efectivo: administran castigo y desincentivo hasta que el adulto aprende a convertir la curiosidad en prudencia, el riesgo en silencio, y la exploración en una imitación segura del canon. Hay que reconocer el problema: hay docentes de batalla, auténticos partisanos educativos, perdiendo tiempo y fuerza luchando con las armas de la Ilustración mientras en la retaguardia la universidad ya ha pactado con el despotismo. Es necesario, pues, derrotar al académico-minotauro: aquel que, desde la negrura pestilente del laberinto estructural, destruye la fresca inocencia de lo curioso.

 

Cuando el rigor se convierte en despotismo

La paradoja es que la universidad debería ser el lugar natural donde este sujeto salvador lleno de curiosidad por el aprendizaje recibe las herramientas y el espacio para desplegarse plenamente, para saberse luz. ¡El cambio social sería así seguro! Pero a menudo la academia opera como una forma de «despotismo ilustrado» adaptado al conocimiento: todo por la razón, pero sin quienes aprenden. La fórmula clásica lo captura con crueldad: «Everything for the people, nothing by the people». Traducción al campus: «queremos excelencia, innovación y pensamiento crítico… pero no un libre decidir qué es innovación; ni interpretaciones externas a la gramática del rigor; ni propuestas para el refuerzo del marco”. De hecho, sólo es marco lo que permite mantener posiciones y salarios. Cabe preguntarse: ¿en qué momento y por qué se vuelve la noble determinación a la curiosidad en una amenaza? La respuesta es incómoda pero clara: unos tienen trabajo enseñando hacia el futuro; otros, manteniendo el pasado intacto. Y una cosa niega la otra. ¿Existe, pues, una separación irreconciliable entre la escuela y la universidad?

 

Gatekeeping e inversión de valores

Hablar de gatekeepers en el entorno académico es referirse a cosas muy concretas: revisión por pares, comités, tribunales, evaluaciones, cultura de criterios implícitos. Y esto está estudiado. La investigación sobre peer review muestra que a menudo se asume su eficacia más de lo que se demuestra con datos amplios, y discute errores de omisión -innovaciones rechazadas- y otras disfunciones del filtro.

Estudios muestran que la revisión tiende a favorecer investigación cuando está bien situada en la literatura existente. Es decir: se incentiva «exploración»… pero de lo que ya se ha explorado. La novedad que no habla el idioma del canon es percibida como peligro, no como conocimiento. Esto es extracción de plusvalía intelectual: la escuela produce estudiantes críticos y curiosos, y la universidad se apropia del prestigio de haberlos formado mientras los neutraliza para que no alteren el orden.

Aquí es donde la intuición se vuelve diagnóstico, donde todo aquello por lo que se lucha en las aulas, en la calle y en los sindicatos es arrebatado. La curiosidad -virtud escolar- en la universidad es leída como «dispersión» o «falta de foco». El riesgo -virtud escolar- es leído como «imprudencia» o «demasiada ambición». El cambio de marco -virtud inquiry– es leído como «falta de rigor» o «no pertenencia disciplinaria». Y la dialéctica y apertura son leídas como «no tener una narrativa coherente».

La investigación muestra la “tensión esencial” entre la demanda profesional de productividad y el impulso hacia innovación arriesgada: las estrategias de alto riesgo tienden a ser menos prevalentes y con más frecuencia ignoradas, aunque pueden dar impactos extraordinarios. Equipos pequeños tienden a la investigación más “disruptiva”, mientras que equipos grandes tienden a “desarrollar” ideas existentes. Traducción institucional: los entornos que premian seguridad y escala tienden a desincentivar el tipo de disrupción que la inquiry promete.

 

Victoria escolar, derrota universitaria

Éste es el elemento más urgente y doloroso: hay activismo, innovación y compromiso pedagógico en las etapas iniciales, bastante se está viendo desde hace tiempo, pero el circuito se interrumpe cuando llega el momento de certificación y reproducción. ¿A quién con dos dedos de frente se le ocurriría podar la ramilla cuando la semilla está germinando? Se pretende conquistar la Ilustración en el aula, pero se deja intacto el despotismo en el centro de poder.

Esto no es sólo injusto; históricamente es ineficiente. Porque si el mundo exige, de forma asintótica, más capacidad de interpretar incertidumbre, más complejidad, más transdisciplinaridad, no puede permitirse que la institución que concentra el capital simbólico del conocimiento funcione como un mecanismo de domesticación.

 

Revolución

Pero primero hay que decirlo sin tapujos: es imperativo entender que mientras en el nivel inferior los profesores se agitan, los académicos lo miran encantados, disfrutando del misdirection. El truco es perfecto: todo el mundo mira el aula revolucionaria y nadie ve la institución que después la desactiva.

Todo ello exige algo más radical: un derecho institucional al riesgo, a la ambición. Sin derecho a equivocarse con argumentos, la curiosidad es mera propaganda. Postureo. Freire lo clava: la educación liberadora son “actos de cognición”, no transferencias de información. Pero si se quieren actos de cognición reales, es necesario evaluar trayectorias, no sólo productos. El sistema debe premiar iteración: cómo y por qué se cambia de hipótesis, cómo se gestiona incertidumbre, cómo se hace explícito el camino, no sólo si la conclusión gusta al tribunal.

 

No ha terminado

En definitiva, cualquier persona que luche por una educación primaria de calidad debe, simultáneamente, exigir garantías de que todo lo conquistado en el aula no será arrebatado en el campus. Sin esa coherencia institucional, el activismo pedagógico se convierte en aire. La lucha es y será incompleta mientras no se conecte lo que se enseña —curiosidad y riesgo— con lo que se recompensa —conformidad y prudencia. La única revolución que vale es la integral: del currículum infantil hasta los mecanismos de reproducción académica. Es necesaria una nueva imagen para esta revolución: no la Libertad guiando al pueblo con la bandera tricolor, sino el Conocimiento guiando al docente —con los libros abiertos, las disciplinas como puentes, y la institución que finalmente reconoce que sirve para orientar, no para expulsar. Y entonces sí: la curiosidad genuina dejará de ser un eslogan en la hashtag y se convertirá en una forma de vida intelectual con futuro, una vía real para el cambio social.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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Abrazos

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