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- 23 de febrero de 2026
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De la salud mental del profesorado

LA GRAN ESTAFA. Sección de opinión a cargo de David Cerdá

Según el Barómetro Internacional de la Salud y del Bienestar del Personal de la Educación (I-BEST 2023), coordinado en España por FECCOO, el 40 % del personal educativo reconoce haber experimentado ansiedad, depresión o desesperación, y el 65 % califica su trabajo como «bastante» o «muy» estresante. Además, el 51 % tiene dificultades para conciliar su vida personal y laboral. El Primer Estudio Nacional sobre el Estado de Ánimo de los Docentes (2023) revela que casi un 40 % de los docentes cree tener síntomas de depresión. Para el curso 2023-2024, los datos fueron igualmente alarmantes: el 69,9 % de los casos atendidos presentaron ansiedad, la depresión afectó al 13,45 %, y el 16,1 % de los docentes se vio obligado a solicitar baja médica. Además, hubo un aumento del 7,9 % en el número de actuaciones del servicio, alcanzando un total de 2.101 intervenciones, la mayoría en Secundaria y Primaria.
Hasta aquí, las cifras, unas cifras que irresponsablemente hemos normalizado. El siglo transcurre tan enfermizo que antes este panorama hubiera activado todas las alarmas, mientras que ahora solo se esgrimen pastillas y mirar a otro lado. A nadie parece importarle que en los claustros hoy circulen los lexatines con la naturalidad con la que antes circulaban las aspirinas; que las consultas rebosen de juguetes docentes rotos. Desde los centros, no digamos desde la Administración, apenas se hace nada; y desde afuera llega algo peor, la apelación a «la vocación» para acallar la queja, la incansable matraca sobre las vacaciones excesivas y otras «prebendas docentes» para negar la mayor, es decir, la conciencia del papel que cada uno tiene en este estropicio.
Trabajar como profesor es cada día más difícil. No solo por la sobrecarga burocrática, la presión evaluadora constante o la inestabilidad normativa, sino porque se ha ido erosionando algo esencial: el reconocimiento social y el cuidado institucional de quienes sostienen la escuela. Se exige resiliencia sin ofrecer apoyo, se reclama entrega sin garantizar condiciones dignas y se confunde profesionalidad con sacrificio silencioso. Mientras tanto, el malestar se cronifica, se medicaliza y se oculta bajo discursos edulcorados que apelan a la vocación como coartada moral. Es hora de decir que ninguna vocación —por genuina que sea— puede sobrevivir indefinidamente al encanallamiento de las condiciones sistémicas. Cuidar la educación pasa, de manera ineludible, por cuidar a quienes educan; todo lo demás es retórica que agrava el problema y perpetúa una normalidad anormal que hace tiempo que dejó de sostenible.
Profesores cada vez va a haber menos: entre los que hay, cada vez se producen más bajas. Los datos más recientes muestran una tendencia al alza. En el curso 2024-2025, el 17,3 % de los docentes atendidos por el servicio del Defensor del Profesor de ANPE se acogieron a bajas médicas por motivos de salud mental, mientras que un 11,7 % manifestó síntomas de depresión, cifras que superan las del año anterior. En el informe del curso 2021-2022 el porcentaje de docentes de baja era del 15 % de los casos atendidos por este servicio; más atrás, en el periodo 2019-2020 las bajas laborales figuraban en torno al 11 % de los casos atendidos, evidenciando un incremento sostenido en los últimos años. La pendiente de esta curva nos chilla que hay mucho que hacer en este campo.
Detrás de cada cifra hay una persona, un maestro o una maestra que ha sentido cómo se le desmorona la energía y la ilusión día tras día. No hablamos solo de estadísticas: hablamos de vidas que se desgastan en silencio, de vocaciones que se quiebran bajo el peso de la indiferencia y la presión constante. La escuela, que debería ser un espacio de crecimiento y descubrimiento, se ha convertido para muchos en un lugar de agotamiento y ansiedad. Si seguimos mirando hacia otro lado, normalizando el sufrimiento como parte del trabajo, estaremos permitiendo que se extinga lo más valioso: un servicio esencial para dar forma a nuestras sociedades, la fuerza de quienes moldean el futuro. Es un grito que exige ser escuchado, un aviso urgente de que cuidar de la educación pasa, inexorablemente, por cuidar a quienes la sostienen.
Hay caminos posibles para revertir la situación. Mejorar la atención psicológica del profesorado y reducir la carga administrativa —atención, en este sentido, a lo que la IA puede ofrecer para hackear el monstruo burocrático— son los más obvios e inmediatos. Pero el principal ha de ser la redignificación de la profesión. La colaboración entre centros, familias y administración también puede reconstruir un clima de respeto y reconocimiento que hoy falta. No se trata de coleccionar promesas vacías: se trata de reconocer que un profesorado sano y apoyado es la base de una educación de calidad. Si actuamos con conciencia y determinación, es posible recuperar la profesión de sus ruinas, transformando un panorama angustioso en un futuro en el que educar vuelva a ser un acto de alegría y esperanza.
Fuente: educational EVIDENCE
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