• A pie de aula
  • 28 de enero de 2026
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¿Cuándo usar la tecnología en clase?

¿Cuándo usar la tecnología en clase?

La incorporación de la tecnología en el aula no es, ni debería ser, un fin en sí mismo. / Foto:  Faisal Mehmood – Pixabay

 

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Antoni Hernández-Fernández

 

Salgo, a pie de aula, muchos días, con una contradicción. Me pasa siempre que formo parte del engranaje del sistema, cuando instruyo a docentes, o a estudiantes, en el empleo de la tecnología. Les enseño. Ergo estoy fomentando su uso. Me consuelo (o autoengaño) porque como docente de tecnología me corresponde esa función. Y me gusta pensar que a la par fomento su pensamiento crítico, que no genero usuarios pasivos. Es mi obligación, me digo. No sé si lo logro. Permítanme pues aclarar algunas cosas, que quizá puedan ayudar a los colegas de profesión, de mi área y de otras. O a mí mismo.

La incorporación de la tecnología en el aula no es, ni debería ser, un fin en sí mismo. Excepto en las materias del área de tecnología, o en formación profesional (FP), o en momentos específicos de los currículos, cuando la tecnología es objeto de estudio y forma parte de los contenidos a impartir, la tecnología es un medio, y debería ser una herramienta en la mejora del aprendizaje. En un contexto marcado por la expansión acelerada de la inteligencia artificial (IA), u otras tecnologías digitales, la pregunta relevante ya no es qué tecnología usar, sino cuándo y por qué usarla. Esta distinción resulta crucial si se consideran tanto los límites cognitivos del alumnado, como los impactos éticos, ambientales y socioeconómicos globales asociados a estas tecnologías. Porque la IA, como otras tecnologías o artefactos, no es neutra, no es únicamente una herramienta (Laba, 2025).

Desde una perspectiva pedagógica, introducir tecnología antes de que el alumnado disponga de los marcos conceptuales necesarios es contraproducente. Lejos de facilitar el aprendizaje, puede generar dependencia instrumental, superficialidad, descarga cognitiva, o una falsa sensación de comprensión. ¿Se nos ocurriría suministrar una calculadora a alumnos que no saben multiplicar, antes de que aprendan las tablas? ¿IA generativa a alumnos para hacer un esquema, redactar un texto o realizar un vídeo, antes de que hayan aprendido a hacerlo por sí mismos?

La tecnología como mera sustitutiva mata el aprendizaje. Como ya sostuvo Skinner (1970), abandonar a un alumno ante una tecnología es renunciar a enseñar, es fomentar a que aprenda solo, sin ser enseñado. La tecnología, caso de los chats de IA, debería quedar para cuando realmente el alumno esté solo, sin nadie a quién acudir. Y ahí, en la soledad del estudiante sin apoyo humano, debemos enseñar -especialmente desde el área de tecnología- a usar la tecnología correctamente. Pero el momento, el tempo, es crucial. La tecnología debe aparecer cuando aporta valor real al proceso formativo; cuando el estudiante está debidamente instruido, y posee el andamiaje cognitivo necesario para interpretar críticamente sus resultados; no como artefacto que reemplaza el razonamiento o la habilidad, sino como un apoyo consciente y situado. Y es normal que a su edad, dada su inmadurez, les tiente el mínimo esfuerzo, el escaquearse de sus tareas, el saltarse su aprendizaje. Perdónalos, que no saben lo que hacen. Pero supervísalos y sé estricto.

Porque el estudiante debe ser honesto con el uso de la IA, como de otras tecnologías, reconociéndolo al docente. Pero primero debe ser honesto consigo mismo: ¿tengo los conocimientos, he aprendido? ¿O la IA lo ha hecho todo y yo no he aprendido nada? Generemos el clima en el aula que abra el canal de comunicación que posibilite que el alumno se sienta seguro para promover esa honestidad, para sincerarse. O abramos canales virtuales, alternativos, que ayuden a los más tímidos. Para eso sí deberíamos acudir a la tecnología: como herramienta complementaria de mejora de nuestra comunicación.

A esta dimensión didáctica se suma una responsabilidad ética ineludible. En el caso de la IA generativa, ya vimos la alteración global que causa en la Cartografía que elaboró el Taller Estampa (2024). Como evidenciaba aquella visualización, inspirada en parte en el Atlas de la IA de Kate Crawford (2021), estas tecnologías poseen un impacto ambiental significativo —consumo energético, uso intensivo de recursos naturales y extractivismo humano— y un impacto socioeconómico desigual, que afecta de manera desproporcionada a determinadas regiones del planeta, y a colectivos marginados, vulnerables y explotados. Soslayar esta realidad en el aula, supone formar usuarios consumidores acríticos de sistemas dañinos cuya huella permanece invisibilizada. Dejarlos en la nube. Conectados e ignorantes.

Por ello, cuando es necesario y se decide emplear tecnología en clase, deberíamos optar por herramientas libres, públicas y de código abierto, entrenadas de forma transparente y con criterios éticos claros. No se trata solo de enseñar a usar una herramienta, sino de educar en las consecuencias de su uso: quién la ha desarrollado, con qué datos, a qué coste ambiental y con qué implicaciones sociales. Puede que ahora esas herramientas libres estén técnicamente, en resultados objetivos, algo por detrás de las corporativas. Pero, como ha sucedido en otras áreas tecnológicas, la comunidad y los usuarios pueden mejorarlas y empoderarlas. Y, además, para la mayoría de tareas de nuestras aulas no hace falta la última versión más potente de todo. Palabra de tecnólogo.

La máxima debería estar clara: no emplear IA, ni otras tecnologías digitales, si no es estrictamente necesario. Enseñar también implica saber renunciar. Reducir es lo mejor que se puede hacer por el medio ambiente. En el consumo material y en el digital. Y en muchos casos, tecnologías centenarias como la escritura (lápiz y papel) y los libros, y la conversación o el razonamiento social pausado, claves en la comunicación humana, siguen siendo no solo suficientes, sino imprescindibles. Porque nuestros símbolos, nuestros rituales culturales, o formas de vida ancestrales, no son algoritmos de optimización. Usar tecnología en clase es una decisión que debe justificarse siempre desde el aprendizaje necesario, nunca desde la moda pasajera de la innovación o la novedad, y menos desde la presión externa. Ya venga de las propias instituciones educativas, o de la propaganda mediática de las grandes corporaciones tecnológicas.

Y así sigo, con mis tribulaciones y contradicciones, dudando como nunca hará una máquina. Voy a preparar mi próxima clase. Creatividad e imaginación en la era tecnológica.


Referencias:

Crawford, K. (2021). Atlas of AI. Yale University Press.

Estampa, Taller (2023). Cartography of generative AI. https://cartography-of-generative-ai.net/

Hernández-Fernández, A. (2024). Técnicas y tecnologías útiles en el aprendizaje: de las máquinas de Skinner a la inteligencia artificial. En: «Inteligencia artificial en la educación: desarrollo y aplicaciones». Madrid: OEI, p. 22-40. https://oei.int/wp-content/uploads/2025/04/desarrollo-ia-educacion-7.pdf

Laba, N. (2025). AI is not a tool. AI & Society. https://doi.org/10.1007/s00146-025-02784-y


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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