- Portada
- 7 de abril de 2026
- Sin Comentarios
- 7 minutos de lectura
Causas de la inteligencia humana

Australopithecus afarensis – reconstrucción facial forense. / Wikimedia. Autor: Cicero Moraes
Los ecosistemas de hace más de 2 millones de años potenciaron nuevas dietas carnívoras para nuestros antepasados. Estos ya llevaban más de un millón de años fabricando esquirlas y evolucionando bajo una dieta más proteínica. Comiendo carne cortada con líticos, o el mismo meollo, ingerían una parte extra de calorías concentradas. Las proteínas aportan mayor valor nutritivo que los vegetales, algo que implica reducir el tiempo entre comidas y la mejora en las tasas de reproducción. Un gran herbívoro debe comer todos los días mientras que los grandes carnívoros lo hacen entre una vez cada dos o más jornadas. Si los simios elaboradores de herramientas incorporaron mayor cantidad de proteínas en sus dietas, debemos asumir que redujeron el número de comidas y su tiempo de masticación. Esto, muy a la larga, podría tener sus consecuencias en la cara, en la mandíbula, en el intestino y en el cerebro. Es decir, estamos ante un sistema de múltiples causas que va a trabajar con diferentes bucles.
Mecánicamente, cara y mandíbula mantienen un crecimiento asociado desde embrión a adulto, es decir, a más mandíbula, más cara y hocico, lo que los expertos llaman prognatismo. Pero la evolución de esos simios iba a invertir los términos. Con una dieta con más proteínas animales no necesitaban una palanca mandibular tan poderosa ni su prognatismo asociado. La posibilidad de disminuir la cara podía facilitar el crecimiento de otras partes del cráneo. Es decir, si el prognatismo se reducía habría la posibilidad de expansión del otro lado, la bóveda craneal. Y con esto no se dice que la relación fuera de causa y efecto directos, sino que en evolución apareció la posibilidad de aumentar el volumen cerebral a cambio de un mayor rodeo. Como decía Haldane, «la anatomía comparada es en gran medida la historia de la lucha por aumentar la superficie con el volumen».
Si a los datos anteriores sumamos la mejora en la obtención de calorías, nos damos cuenta de que un intestino largo tampoco era necesario. Antes, bajo una dieta vegetal y frugívora el tracto visceral debía ser mucho más largo para fermentar y captar los nutrientes fibrosos. Pero después de más de un millón de años de evolución con líticos y mayor porcentaje de proteínas, la cosa debió cambiar hace más de 2 millones de años, con intestinos más cortos y mayor probabilidad de expansión de otros órganos como el cerebro; todo ello favorecido por una mejor alimentación para un órgano, el cerebro, que consume muchas calorías. El consumo basal del cerebro de los australopitecos se estima sobre el 9% de su dieta diaria. Hoy en día nuestra especie ha duplicado este gasto energético alcanzando el 22%. Es decir, a nivel de calorías, tenemos un órgano muy caro de mantener, el cerebro. Una dieta más energética, como la proteínica, pudo favorecer la encefalización.
Si a todo lo anterior le añadimos un entorno de muchas relaciones sociales, la necesidad de mejorar las herramientas y un bipedismo con que poder soportar una cabeza mayor, la pendiente era cuesta abajo. Un cerebro en expansión sería bienvenido para el protocolo social, el reconocimiento de los miembros del grupo, la eficiencia en las herramientas, y finalmente la mejora de las estrategias de alimentación y reproducción donde a mayor natalidad, mayor probabilidad de perpetuación.
En cierto modo nuestro encéfalo se expandió por una coevolución entre distintos factores heredados, es decir, la evolución trabaja con lo que le llega del pasado. Aquellas condiciones antecedentes fueron, entre otras, la vida social entre aquellos primates, su índice de encefalización por encima de la normalidad, la verticalidad columnar con menor riesgo de cizalla craneal, y la necesidad de mejorar sus utensilios. Todo ello, en distintas retroalimentaciones, potenció la futura encefalización. No existió una sola causa y un efecto concreto sino que todo se convirtió en una red de relaciones que se entrecruzaron en diferentes bucles positivos, en bolas de nieve que a más rodar, mayor volumen alcanzaban. Bajo la expansión de claros y sabanas pudieron acelerarse al menos tres bucles principales respecto a la encefalización.
La primera retroalimentación resultó de la disminución de alimentos vegetales disponibles con la recesión de los bosques. Esto pudo potenciar una mayor ingestión de proteínas animales como el meollo y la carne, hecho que, como ya se ha mencionado, permitió reducir el número de comidas, el tiempo de masticación y la longitud del intestino, consecuencias que a la vez pudieron posibilitar que el órgano cerebral, con más calorías disponibles, pudiera desarrollarse mejor y diseñar estrategias més óptimas para conseguir más proteínas que nos llevan de nuevo al punto de inicio de este bucle.
El segundo bucle comenzó con la reducción de las arboledas y, por tanto, de la presión a desplazarse por campo abierto. Sin tantas ramas donde aguantarse, y frente a depredadores mayores, lo mejor era evolucionar de simios pequeños a paleohumanos mayores buscando más calorías en la proteína animal. Tener las manos libres permitió mejorar la elaboración de herramientas para volver a alimentar de nuevo el bucle alimentándose con mayor eficiencia.
Un tercer bucle pudo evolucionar al permanecer más dispersos los alimentos entre bosques y claros. De esa manera se abrió la necesidad de recorrer más distancias con los riesgos implicados en estos espacios abiertos. Con ello se siguió evolucionando hacia una mayor complejidad social para minimizar el ataque de los grandes depredadores, algo que pudo potenciar de nuevo, y a la larga, una mayor encefalización.
Comoquiera que fuese, y entre muchos más bucles evolutivos, poco antes de los 2 millones de años, la evolución comportó llegar a un simio plenamente encefalizado que daría casi la vuelta al mundo. El Australopithecus habilis no estaba entre los candidatos.
Fuente: educational EVIDENCE
Derechos: Creative Commons
