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  • 16 de enero de 2026
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¿A dónde vamos? ¿Llegamos al fin de la civilización occidental y de la economía de mercado “pulida”?

¿A dónde vamos? ¿Llegamos al fin de la civilización occidental y de la economía de mercado “pulida”?

Foto:  kalhh – Pixabay

 

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Lourdes Viladomiu

 

Desde hace tiempo me cuesta entender qué está pasando. Y, sobre todo, por qué se ha extendido un sentimiento tan profundo de inquietud en la sociedad actual. Hay quienes entran en 2026 con desconfianza, incluso con miedo. Otros hablan directamente de un precipicio.

¿Qué está pasando? ¿Qué nos ha alejado de aquella visión optimista de la civilización occidental? La de la modernidad, el bienestar y el crecimiento. La civilización que situó a Estados Unidos y Europa —con un pequeño círculo de aliados— en una posición de clara supremacía.

Cuando enseñaba Desarrollo económico en la UAB, los grandes autores de referencia transitaban entre el optimismo de los años sesenta —cuando parecía que todos los países acabarían despegando si superaban etapas— y, posteriormente, la búsqueda de elementos culpables para explicar por qué algunos se quedaban atrás. Superar obstáculos era avanzar hacia el bienestar. Y ese bienestar se quería universal.

La pregunta clave es: ¿por qué la segunda mitad del siglo XX funcionó tan bien en los países ricos? ¿Por qué la civilización occidental alcanzó aquella posición dominante?

Recurriendo al materialismo histórico, creo que la respuesta —simplificada— es una buena sintonía entre estructura y superestructura. Dicho con palabras más sencillas: entre la forma de producir y los valores que organizaban la sociedad.

Por estructura entendemos la tecnología y las relaciones sociales que hacen posible la producción. Por superestructura, la ideología, los valores, las normas, aquello que solemos llamar “civilización”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la productividad manufacturera vivió su momento dorado. Más coches, más neveras, más televisores por hora trabajada. La automatización disparaba la producción. Pero para que todo esto funcionara hacía falta un Estado capaz de distribuir poder adquisitivo: impuestos, Estado del bienestar y regulación laboral.

El Estado del bienestar asumía servicios básicos —educación, sanidad, protección social— y permitía que las familias destinaran sus ingresos al consumo. Las regulaciones laborales garantizaban salarios y derechos que convertían a los trabajadores en consumidores de lo que producían.

Este modelo productivo se completaba con el consumismo como gran eje ideológico. El trabajo era el centro de la sociedad porque permitía consumir. La publicidad creaba deseo: el coche, la casa, el estilo de vida del vecino. La incorporación masiva de la mujer al mercado laboral —impulsada también por el empleo público— supuso un salto enorme en el consumo. Un segundo salario lo cambiaba todo.

La civilización occidental, heredera de valores judeocristianos como el esfuerzo y el trabajo, derivó hacia un agnosticismo práctico: todo el mundo podía participar en la carrera del consumo. Con normas, con cierto respeto, y sin recurrir a formas consideradas “no civilizadas”. El mercado se veía como un espacio de oportunidades, y los conflictos sociales se suavizaban con mayor intervención estatal.

El miedo al comunismo contribuyó a hacer una economía de mercado más “pulida”, más civilizada, con una igualdad de oportunidades creciente —incluidas las mujeres—.

Y entonces llegamos al siglo XXI.

¿Qué ha cambiado?
¿Por qué la civilización occidental se polariza?
¿Qué ocurre con la producción y con las relaciones sociales?

La visión del Estado ha ido derivando hasta concebirlo como un gran dispensador de derechos. El progreso se ha confundido con una expansión casi ilimitada del catálogo de derechos: a la sanidad, a la educación, a la vivienda, a la renta básica, a la ciudadanía, a los derechos de los animales, al cambio de género, a la protección frente a la violencia, a los servicios para todos. La lista no deja de crecer.

Cada grupo identitario —mujeres, personas racializadas, colectivos LGTBI— reclama derechos adicionales en nombre de agravios presentes o pasados. Proliferan cuotas, normativas diferenciadas y espacios exclusivos. Siempre se pide más Estado. Pero los derechos tienen un coste y quién y cómo debe asumir la factura genera posturas polarizadas.

Muchos trabajadores y empresarios reclaman exactamente lo contrario: menos Estado, menos impuestos, más mercado. Son personas que no perciben ningún retorno —ni económico, ni social, ni moral— de lo que aportan. Para ellos, el fuerte intervencionismo ha erosionado la cultura del esfuerzo y ha abierto la puerta a discursos woke, animalistas o identitarios que, según esta visión, desorientan a la sociedad. Algunos proponen volver a la iglesia, al servicio militar, a la escuela autoritaria y al trabajo sacrificado. Muchos idealizan el pasado y reclaman un autoritarismo que consideran saneador.

Y mientras tanto, ¿qué ha pasado con la publicidad y el consumismo uniformizador? Las redes sociales lo han sustituido todo. A través de datos y cookies, van erosionando la privacidad y nos configuran como individuos integrados en tribus enfrentadas entre sí. La confrontación se filtra en nuestro día a día.

En paralelo, en el ámbito de la estructura productiva, la productividad manufacturera da paso a la productividad digital e intangible. Un mundo difícil de clasificar, incluso de nombrar: aplicaciones, programas, chats, algoritmos, nubes, buscadores. Un universo a menudo invisible.

Estos intangibles transforman radicalmente el trabajo, la industria, los servicios y los vínculos laborales. El trabajo deja de ser el centro del sistema y es sustituido por máquinas gobernadas por algoritmos. El algoritmo manda en la producción y en la vida cotidiana. Y quien lo controla aspira no solo a controlar la producción, sino también los valores; es decir, la propia “civilización”. Un control simultáneo de la estructura y de la superestructura.

Para los dueños de la tecnología algorítmica —los llamados tecno-cesaristas— el Estado del bienestar es una molestia. Lo perciben como una estructura enorme, ineficiente y opaca, sin rumbo claro: una organización que extrae recursos mediante una violencia fiscal constante y ofrece poco retorno. Hace falta un nuevo Estado al servicio de las nuevas tecnologías.

Para los ideólogos de la inteligencia artificial, esta tecnología nos llevará a una abundancia ilimitada y resolverá todos los problemas. Y así, dicen, se alcanzará de nuevo una coherencia entre la forma de producir y una nueva “civilización tecnológica global”.

Estamos en plena transición. Y los ajustes históricos no suelen ser suaves. La digitalización y la IA necesitan energía, alimentos, materias primas e inteligencia humana: exactamente los mismos recursos que sostuvieron la revolución industrial. Y esos recursos, entonces, se redistribuyeron a base de conflictos, guerras, redefiniciones de hegemonías y nuevas formas de intervención pública.

¿Será la sociedad actual capaz de realizar esta transición sin recurrir a la violencia?

Esa es la gran incógnita. Tal vez tenga razón aquel gurú de la IA que afirma que el gran reto del futuro es aprender a convivir sin violencia. Y parece que tenemos mucho que aprender: quizá la “civilización occidental” no fue una escuela adecuada.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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