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  • 10 de febrero de 2026
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La revuelta estudiantil de Santa Escolástica (Oxford)

La revuelta estudiantil de Santa Escolástica (Oxford)

Inscripción que recuerda la ubicación de la taberna Swindlestock, hoy una oficina del banco Santander / Fuente: https://corresponsalenlahistoria.blogspot.com/2016/02/el-motin-de-santa-escolastica.html

 

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Xavier Massó

 

La tradición de rebeldía estudiantil y su proclividad hacia la francachela y la bullanga no se inventaron precisamente en el Berkeley de los años sesenta ni en el mayo parisiense del 68 –el adanismo imperante hace estragos-. San Agustín ya se quejaba de la inconstancia de sus alumnos y de su tendencia al libertinaje –como él mismo de joven, por cierto-; pero lo de Santa Escolástica en Oxford fue mucho más allá.

Era el 10 de febrero de 1355, día de Santa Escolástica, en Oxford, la ciudad universitaria por excelencia. Hacia el atardecer, dos estudiantes de la universidad, Walter Spryngeheuse y Roger de Chesterfield, estaban tomándose unas birras con un grupo de compañeros en la taberna Swindlestock, establecimiento frecuentado por lugareños y por estudiantes. Ignoramos si tenían previamente pensado hacer un «sinpa» o si fueron las pintas de cerveza ingerida lo que suscitó la disputa, pero el caso es que se enzarzaron en una áspera discusión a voces con el tabernero, John Croidon, a propósito de la mala calidad de la bebida; vamos, que la «bautizaba». Los estudiantes se negaron a pagar y en el calor de la discusión se pasó pronto del argumentum logicum al argumentum baculinum; agredieron al tabernero. Los lugareños presentes tomaron partido por Croidon y los estudiantes por sus camaradas. La cosa degeneró en una monumental reyerta entre vecinos y estudiantes hasta que éstos, siendo menores en número, corrieron hacia la universidad a refugiarse y en busca refuerzos. Se fueron sin pagar, claro.

La animadversión entre los vecinos de Oxford y los estudiantes venía de lejos y no era la primera vez que algo así ocurría. Desde que el rey Enrique II había prohibido un siglo y medio antes a los ingleses ir a estudiar a Francia, la universidad de Oxford había empezado a crecer y la afluencia de estudiantes era cada vez mayor. Había razones digamos «sociales» y de convivencia que explicaban las desavenencias entre unos y otros. Los estudiantes despreciaban a los lugareños y se quejaban de los abusivos precios que les imponían. Por su parte, los vecinos detestaban a los estudiantes por su tendencia a la francachela y por sus costumbres libertinas, acusándolos de los embarazos no deseados de sus hijas y de alterar la paz del lugar con su irreprimible propensión a la bullanga.

Pero había también desavenencias de tipo más «político». Las autoridades civiles querían meter mano en la universidad y estaban cada vez más resentidos al disponer ésta de un estatus jurídico propio, privilegios eclesiásticos y estar directamente bajo la protección del rey. Pero esta vez el alcalde de la ciudad, John de Bereford, creyó ver la oportunidad de sacar tajada del asunto aprovechándose de la indignación ciudadana. Lo que consiguió fue que lo que había empezado con una reyerta tabernaria entre borrachos, se convirtiera en tres días de barbarie y batalla campal entre lugareños y estudiantes.

Tras la retirada de los estudiantes hacia la universidad, la noticia de la riña empezó a atraer lugareños armados. Algunos estudiantes que, desconocedores de lo ocurrido, asomaron por las cercanías de la Swindlestock Tavern fueron salvajemente linchados por la turba de vecinos enfurecidos. El alcalde Bereford se dirigió hacia la universidad con sus alguaciles para exigirle al canciller (rector) Humphrey de Cherlton la inmediata entrega al brazo secular de los dos estudiantes causantes de la reyerta. Cherlton se negó aduciendo que el alcalde no tenía jurisdicción sobre la universidad y lo despachó con cajas destempladas; por cierto que con muy buen criterio: unos años antes, dos estudiantes acusados por los vecinos de haber violado a una joven y que habían sido entregados por la universidad fueron linchados por la turba en plena calle; sin juicio ni pruebas de ningún tipo. Nunca se supo si eran culpables o no. Y Cherlton no estaba dispuesto a que algo así se repitiera.

Mientras el alcalde y su alguacil eran agredidos por estudiantes al salir de la universidad y conseguían escapar por los pelos, el campanario de la iglesia de Santa María, la de la universidad, tocaba a rebato a los estudiantes, que cantaban Havock! Havock! Smyte fast, give gode knocks! –más o menos: ¡Duro! ¡Duro! ¡Matad rápido con buenos golpes!-, y desde el campanario de la iglesia de San Martín, la de la villa de Oxford, se estaba convocando a los vecinos exactamente con el mismo objetivo y consignas. Por entonces en las calles había ya unos cuantos cadáveres, la mayoría estudiantes.

Durante aquella noche y los dos días siguientes, Oxford se convirtió en el campo de batalla de una guerra a sangre y fuego entre estudiantes y lugareños, llegando éstos a asaltar edificios y aulas de la universidad. Al tercer día llegaron las fuerzas reales y la calma volvió a la ciudad. Habían muerto 63 estudiantes y 30 vecinos de Oxford.

La justicia real dio la razón a la universidad, declarando culpables al alcalde y a la ciudad. El rey Eduardo III condenó a la villa de Oxford a pagar a partir de entonces a la universidad una multa anual de 63 peniques por cada estudiante muerto; además, el alcalde y los concejales fueron condenados a asistir cada 10 de febrero a una misa tras haber marchado por la calle en procesión con la cabeza descubierta –un deshonor- y a renovar allí anualmente el juramento de respetar los privilegios de la universidad.

Estas «penas» se mantuvieron hasta 1825, cuando el entonces alcalde de Oxford rechazó seguir participando en la ceremonia. Seiscientos años después, el 10 de febrero de 1955, se puso punto final a las secuelas de la algarada con un acto de desagravio: el parlamento británico derogó el edicto de Eduardo III, el alcalde de Oxford recibió de la universidad un título honorífico de doctorado y el ayuntamiento entregó las llaves de la ciudad al rector de la universidad.

La Swindlestock Tavern siguió abierta hasta el año 1709; así nos lo recuerda una placa conmemorativa en el edificio que ocupa hoy su lugar, una sucursal del Banco de Santander. El único edificio de aquellos tiempos que aún sobrevive hoy en la ciudad de Oxford es la Torre Carfax, de la antigua iglesia de San Martín.

No sabemos si será desde entonces -a juzgar por el revuelo que se organizó bien podría ser así-, pero lo cierto es que en los pubs ingleses las consumiciones se pagan religiosamente en el mismo momento en que se sirven, o incluso antes de ser servidas. Por algo será.


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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