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- 13 de febrero de 2026
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Triaje educativo

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Entendemos muy mal, y de modo fetichista y supersticioso, la modernidad líquida que nos ha tocado vivir. Encumbramos ideologías de libre mercado y sus líderes carismáticos sin reflexión alguna. Los gurús pedagogistas son exactamente esto: comerciales de productos concretos, productos solucionistas que se alimentan de miedo social. Zygmunt Bauman, hace veinte años, en Miedo líquido, parece que profetizaba nuestro estado social actual sobre todo en relación a la innovación técnica: “En la fase en la que nos encontramos actualmente, una gran parte del “progreso” cotidiano consiste en reparar los daños directos o “colaterales” causados por intentos pasados y presentes de acelerarlo. Las tareas que se nos presentan por delante como producto de tales ejercicios de gestión de crisis suelen ser menos manejables o “gestionables” que las anteriores. Y no hay modo alguno de saber cuál de las gotas tan ávidamente vertidas acabará colmando el vaso, es decir, cuál de las sucesivas gestiones convertirá definitiva e irremediablemente la tarea siguiente en inmanejable o “ingestionable”.
Mi hipótesis es que la LOMLOE, en su despliegue grotesco de gimnasias y genuflexiones absurdas, fue esa gota que colmó el vaso de nuestra educación. Atenciones individualizadas imposibles, currículos tan inútiles como incomprensibles, una ruptura tecnológica que se ha manifestado como un pelotazo económico sin precedentes, una auténtica shitstorm oficial de amenazas e incumplimientos (ejemplos: las purgas de funcionarios desobedientes que prometió Celaá, la españolización de niños catalanes invocada por Wert, o los refuerzos académicos que debían compensar las deficiencias crecientes, prometidos tanto por Alegría como por su predecesora; el máster de dos años proclamado recientemente)… Nuevos desafueros, nuevas utopías que conducen a la distopía. Los daños causados por el “progreso” irracional ya no pueden subsanarse a través de la homeopatía gerencial y más dosis de pedagogismo infatilizador. Desde luego tampoco servirán de gran cosa las inyecciones de retrotecnología neofeudal. Resultaría mucho más maduro y adulto creer en los Reyes Magos que en el archifamoso informe de Jacques Delors.
El “progreso” nos conduce a situaciones no previstas, y tratamos de “progresar” únicamente para corregir los “desvíos” de los “progresos” anteriores. Y esta ha sido la lógica de la política educativa de los últimos 30 años, tratar de controlar un desmoronamiento debido en gran parte a la innovación desviacionista, hasta el punto de no retorno actual, en el que el ciclo patológico logsista-lomloísta ha convertido un servicio social básico en un caos meramente reactivo.
Bauman llega al meollo del asunto cuando nos detalla por qué los ideales de la Ilustración han fracasado o parecen haber naufragado en la actualidad: “En contraposición flagrante con la estrategia implícita en el imperativo categórico de Kant, la racionalidad moderna progresó hacia la libertad, la seguridad o la felicidad sin preocuparse por la medida en que (de ser posible) las formas de libertad, seguridad o felicidad por ella diseñadas eran adecuadas para convertirse en propiedades humanas universales. Hasta el momento, la razón moderna ha estado al servicio del privilegio, no de la universalidad, y el deseo de superioridad y de unos cimientos seguros para esa superioridad (y no el sueño de una universalidad) han sido su fuerza impulsora y la causa de sus más espectaculares logros”.
El problema, pues, no eran las bases de la Modernidad liberal ni de la democracia, sino que fueran utilizados para emancipar únicamente a una élite minoritaria. La universalidad de los progresos ilustrados y su labor liberadora fue olvidada, porque no tenía sentido mejorar la vida de la minoría: la propuesta kantiana solo tenía sentido si se aplicaba a la inmensa mayoría. En la actualidad, la élite económica ha utilizado las reformas competenciales para restringir aún más el acceso a las mejoras neoilustradas. Esto se traduce en tablets y videojuegos para pobres y clases medias maltrechas, y especialistas y libros de texto, cultura y acceso activo a las tecnologías para una minoría exigua. A este clasismo salvaje se le está empezando a llamar “Brecha Cognitiva”. Para el pobre, fast food competencial; para el rico, filosofía y capacidad de alterar la gestión algorítmica.
Nuestras leyes orgánicas de educación lo que generan es un siniestro triaje educativo, paralelo al que se produce en el ámbito de la sanidad. El proyecto consiste en apartar a las inmensas mayorías de todo contacto con el pensamiento teorético. La élite económica accede a la gobernanza y a los empleos directivos, mientras que para el resto de sociedad la ciudadanía económica plena es un horizonte inalcanzable. La “sorpresa” se produce cuando vuelven a aflorar (¡cómo no!) las neurosis míticas, los conflictos de convivencia azuzados por polarizaciones diversas, la intolerancia y el sectarismo tribal que predominaban antes de la consolidación del proyecto ilustrado. El moralismo pedagogista no logra contener esas inquietudes carentes de cauce.
De lo que se trata pues, es de “planificar” en lugar de avanzar a tientas. Redistribuir el conocimiento para redistribuir las rentas. La reforma competencial es el síntoma más claro del paso que hemos dado de la democracia formal a la postdemocracia mercado o su consecuencia lógica y algo más degradada: la autocracia electoral. Detenernos, reflexionar, frenar la ‘innovacionitis’ tecnocrática, y dejar de sembrar despotismo populista donde debería haber educación integral para futuros ciudadanos adultos. Ni las purgas ni los recortes y privatizaciones típicamente derechistas ni el falso progresismo desconectado de la realidad pueden generar excusas suficientes para que la situación se estabilice. Una innovación disruptiva ha acabado inutilizando nuestra fuente principal de derechos civiles. Lo que antes servía para generar una ciudadanía informada y vigilante, hoy fabrica terror consumista y analfabetismo neomedieval. La LOMLOE no era una iniciativa emancipadora, ni siquiera inclusiva, sino puro aceleracionismo capitalista. La oralidad no es un estado más puro de conciencia que la responsabilidad ilustrada; saber menos no es saber más, las paparruchas furiosas del pedagogismo son carne de chiste, fuentes de chirigota y meme. El éxito aceleracionista ha significado el naufragio definitivo de los objetivos modernizadores diseñados originalmente para aspirar a la universalidad.
El objeto de las futuras gestiones neoeducativas será seguir extrayendo rentas cultivando ignorancia entre ruinas, en ningún caso intereses educativos. La lucha es entre capital y escuela, no entre innovadores y profesaurios. El engaño fundamental que sin que alguien enseñe alguien puede aprender ya es una antigualla ridícula, un fantasma irritante de otra época en la que el candor y el cinismo podían caminar juntos hacia un futuro dorado. Este futuro hoy se ha visto que estaba encerrado en dispositivos de control y producción de malestar. Un sistema educativo público no puede olvidar el vector igualitario si quiere seguir pretendiendo parecer democrático.
No hay nada que restaurar, no hay nada que acelerar. Lo que hay que hacer es volver a redistribuir los saberes científicos y humanitarios, el caballo de batalla de cualquier progresismo auténtico, sin cambiar la formación por los simulacros instantáneos, sin renunciar a que todos los legados ilustrados lleguen absolutamente a todos los aprendices de manera gratuita y ordenada, sin rebajas ni sucedáneos propios de una tierra pública quemada.
Fuente: educational EVIDENCE
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