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  • 2 de febrero de 2026
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Marta Vericat: “El mascotismo es una relación profundamente desigual”

Marta Vericat: “El mascotismo es una relación profundamente desigual”

Marta Vericat. / Imagen cedida por el autor

 

Licencia Creative Commons

 

Andreu Navarra

 

Marta Vericat (Barcelona, ​​1984) es doctora en Ciencias Humanas por la Universidad de Girona y se graduó en Filosofía por la UNED. En 2018 la Universidad Autónoma de Barcelona le editó Filosofía y toros. Un debate ético, una obra pionera, y ahora ha vuelto con Mascotisme. Un problema d’ètica animal, que acaba de publicarle el sello Enoanda.

 

¿Cómo llegaste a tu gran tema, la ética en relación a los animales? ¿Lo encontraste tú o el tema te encontró a ti?

Es algo así como la pregunta del huevo y la gallina, probablemente ambas cosas avanzaron en paralelo. Siempre he sido una persona sensible y curiosa con el entorno, lo que ha hecho que mi mirada fuera especialmente atenta a la presencia de los animales en nuestro día a día. Estas observaciones, sumadas a la convivencia con los gatos que tengo en casa —que han sido una fuente de inspiración fundamental— fueron despertando en mí una sospecha persistente y, con ella, miles de preguntas sobre la relación que establecemos con los animales y los vínculos que construimos con ellos.

No recuerdo exactamente cuando decidí adentrarme en la ética animal desde una perspectiva más teórica, pero sí llegó un momento en que sentí la necesidad de encontrar una base sólida para reforzar y seguir construyendo el activismo en defensa de los animales que ya ejercía a pie de calle.

«El mascotismo es una cuestión imprescindible de nuestro tiempo que requiere de argumentos, sentido común y buenas razones capaces de ir más allá de las conversaciones superficiales»

La ética animal merece tener su propio espacio y ser tratada con igual seriedad que cualquier otra cuestión académica. Es cierto que hoy en día existe más interés que hace unos años, más estudios y más investigación desde diferentes disciplinas. Sin embargo, sigue sorprendiendo que el tema del mascotismo no haya sido abordado con la misma rigurosidad ni con la misma amplitud que otras cuestiones centrales de la ética animal, como la experimentación, la producción de carne, la caza o la pesca. Y, sin embargo, el mascotismo es una cuestión imprescindible de nuestro tiempo que requiere argumentos, sentido común y buenas razones capaces de ir más allá de las conversaciones superficiales.

Escribes: «No hay suficiente conocimiento sobre la prehistoria de la domesticación animal». ¿Tu libro intenta llenar ese vacío? ¿Qué implicaciones éticas te preocupan más cuando piensas en el mascotismo?

Este apartado del libro no pretende llenar el vacío existente en lo que se refiere a la prehistoria de la domesticación animal. Volver a los orígenes e incorporar la perspectiva evolutiva de perros y gatos tiene sobre todo la función de ofrecer un marco contextual, una mirada al pasado que nos ayude a comprender mejor la situación presente. No se trata tanto de explicar de dónde venimos como de entender por qué estamos donde estamos. La mirada al pasado permite desnaturalizar el estado actual de las cosas y recordarnos que las formas de relación que hoy consideramos evidentes o inevitables son, en realidad, el resultado de procesos históricos contingentes o susceptibles al cambio y, por tanto, transformables.

Lo que más me preocupa es el régimen de sentido que sostiene al mascotismo y al buenismo que le rodea. El discurso dominante, articulado en torno al lenguaje del amor neutraliza el conflicto moral y desactiva la posibilidad de pensar críticamente. Esta narrativa tan normalizada produce una forma de ceguera ética que impide reconocer las estructuras de dominación de la domesticación. Esta dominación no adopta formas explícitamente violentas, sino que se presenta, más bien, como una afectuosa normalidad, como una relación sin cerraduras ni barrotes, y es precisamente por eso, que resulta tan eficaz. Cuando el poder no se percibe como tal, cuando la dependencia se confunde con protección, toda la dimensión carcelaria y profundamente antropocéntrica de nuestro vínculo con los animales queda invisibilizada.

¿Qué es la «utopía de la comprensión»?

Por “utopía de la comprensión” me refiero al fenómeno de la alteridad, es decir, a la imposibilidad radical de entender plenamente a las mascotas, precisamente por pertenecer a una especie diferente. Por mucho que conozcamos sus hábitos, sus patrones de conducta o incluso algunos de sus mecanismos biológicos, siempre habrá una parte de su experiencia del mundo que va a quedar fuera de nuestro alcance.

«Por «utopía de la comprensión» me refiero al fenómeno de la alteridad, es decir, a la imposibilidad radical de entender plenamente a las mascotas»

A menudo las humanizamos, y en el momento en que proyectamos sobre ellas categorías antropomórficas, creemos establecer una relación de empatía cuando, en realidad, lo que existe es un abismo ontológico insalvable. Interpretamos su experiencia del mundo desde una perspectiva inevitablemente humana, de la que no podemos desprendernos, y así construimos la falsa ilusión de que son, para nosotros, plenamente comprensibles. La ilusión de comprensión se convierte así en una forma sutil de control, como pensamos que sabemos qué es y qué necesita, ya no vemos el problema de hablar en su nombre y de imponerle un mundo hecho a nuestra medida.

Esta necesidad de no dejar espacios de opacidad, responde a una incomodidad profundamente humana frente a lo que se nos resiste porque nos cuesta convivir con lo que no podemos traducir del todo a nuestro lenguaje. Esta limitación epistémica no es en sí misma negativa. El problema aparece cuando no somos lo suficientemente honestos como para reconocer el carácter parcial de nuestro saber ni nuestros límites biológicos y cognitivos como especie, y elaboramos teorías y proyecciones que distorsionan la realidad para explicar lo inaccesible para nosotros. De este modo corremos el riesgo de convertir lo que no entendemos en una versión empobrecida de lo que sí entendemos, y el resultado es una imagen del animal que parece cercana y familiar, pero que en realidad es una construcción que dice más de nosotros que de ellos.

“Esta necesidad de no dejar espacios de opacidad, responde a una incomodidad profundamente humana frente a lo que se nos resiste”

Asumir esta incapacidad no significa renunciar al cuidado de los animales, al contrario, quizás sea el primer paso para relacionarnos con ellos con más cautela. Tampoco nos aleja de la responsabilidad moral, sino que nos obliga a ejercerla con mayor humildad y menos proyecciones antropocéntricas. Negar el límite epistemológico se convierte en pieza clave de la dominación, porque no dominamos sólo porque tenemos poder material, sino también porque nos explicamos a nosotros mismos que sabemos, que comprendemos, que actuamos en nombre del bien del otro.

¿Qué te parece más acuciante corregir hoy mismo? ¿Por dónde empezarías?

Un buen punto de partida sería cuestionar el paradigma del mascotismo y desarticular la visión buenista que todavía predomina en nuestro imaginario moral sobre la relación con los animales. Hay que hablar abiertamente, problematizar el mascotismo, no por afán provocador, sino porque mientras no lo hacemos seguimos normalizando formas de instrumentalización que a menudo quedan escondidas detrás del lenguaje del cariño y de las buenas intenciones.

Para mí, lo que está en juego no es sólo mejorar algunas prácticas concretas, sino cambiar la forma en que pensamos esta relación. Esto significa revisar los discursos que utilizamos, introducir más duda y menos certezas automáticas, y dejar de dar por descontadas muchas cosas.

Empezaría por una revisión de las ideas y los relatos que utilizamos para hablar de las mascotas para empezar a ver perros y gatos por lo que son, y no sólo por lo que representan o por el lugar que ocupan en nuestras vidas.

En las reflexiones finales del libro escribes: “Reflexionar sobre el mascotismo es hacerlo también sobre el poder y las relaciones de desigualdad””. ¿Nos lo puedes ampliar? ¿Vivimos inmersos en una cultura que glorifica el mascotismo?

Cuando digo que reflexionar sobre el mascotismo es también reflexionar sobre el poder y las relaciones de desigualdad, me refiero a que esta relación nunca es neutral ni simétrica. Aunque no nos guste verlo así, el mascotismo es una relación profundamente desigual.

“Nosotros decidimos dónde viven, con quiénes viven, qué comen, cuándo salen, si se reproducen o no, e incluso cuándo termina su vida”

Aunque a menudo la vivamos en clave de cariño, de cuidado o de compañía, lo cierto es que se trata de una relación desigual, en la que una de las partes tiene la capacidad de decidir prácticamente todos los aspectos fundamentales de la vida de la otra. Nosotros decidimos dónde viven, con quiénes viven, qué comen, cuándo salen, si se reproducen o no, e incluso cuándo acaba su vida. Esto es poder, y es un poder muy grande. Este poder de decisión no es un detalle secundario, sino que es la propia estructura de la relación. El problema es que ese poder queda escondido detrás del discurso del amor y de la buena voluntad. Nos decimos que lo hacemos por su bien, y muchas veces es cierto, pero esto no hace que la relación deje de ser asimétrica. El cariño no elimina el control. Reflexionar sobre el mascotismo, por tanto, es también preguntarnos qué hacemos con este poder y hasta qué punto es legítimo decidir la vida de otro ser. Y ésta es una pregunta incómoda, pero inevitable si queremos ser un poco más honestos con la forma en que nos relacionamos con los animales.

Vivimos en una cultura que glorifica el mascotismo constantemente: en la publicidad, en las redes sociales, en el cine, en los medios… La imagen de la mascota forma parte del ideal de vida buena, de una especie de normalidad emocionalmente deseable. El problema no es que esto genere cariño, sino que convierte el mascotismo en algo casi indiscutible. Se da por sentado que es bueno, que es natural, que es moralmente positivo, y cuesta mucho introducir cualquier mirada crítica sin que parezca que estás atacando el amor por los animales. Esta glorificación hace invisible la parte más incómoda de la relación: el control, la dependencia, la carencia de libertad. Cuando sólo vemos la cara amable, dejamos de hacernos preguntas. Y justamente por eso hay que romper un poco este cómodo consenso y empezar a mirar el fenómeno con más complejidad y menos idealización.

Tu libro deriva de una Tesis Doctoral defendida en 2024; pero debes haberla reformulado mucho porque has escrito realmente un auténtico ensayo filosófico, muy documentado. ¿Cómo fueron esos procesos de redacción?

Al principio pensaba que sería una cuestión de recortar la tesis, de enderezarla hacerla un poco más legible. Pero muy pronto me di cuenta de que era necesario repensarla, porque había una distancia muy grande entre lo que pide una tesis y lo que yo quería que fuera el libro. Esto implicó reescribirlo casi todo.

«Vivimos en una cultura que glorifica el mascotismo constantemente: en la publicidad, en las redes sociales, en el cine, en los medios…»

También fue un proceso de duelo porque tuve que renunciar a muchas páginas que me habían costado mucho escribir y que, en su día, me habían parecido imprescindibles. Al mismo tiempo, fue muy liberador descubrir que podía escribir de otra forma, con más libertad y con más voz propia. El paso de la tesis al libro ha sido también un aprendizaje sobre cómo querer decir las cosas sin tantas precauciones, de forma directa y más desnuda.

¿Cuál es tu autor o autora de referencia?

No creo mucho en eso de tener un único autor de referencia, pero sí hay libros que te cambian la forma de mirar y que ya no te abandonan. En mi caso, uno de esos momentos clave fue la lectura de Un veterinario encolerizado, de Charles Dante. Lo recuerdo como un libro que me sacudió mucho, porque ponía palabras a muchas intuiciones y muchos malestares que yo ya arrastraba. Me ayudó a entender que lo que yo veía como contradicciones o incomodidades no eran sólo cosas mías, sino que formaban parte de un problema mucho más profundo. También me marcó mucho descubrir que una autora como Charlotte Perkins Gilman ya había reflexionado sobre todo esto hace más de un siglo. Cuando leí Si yo fuera un hombre y, en particular, el fragmento en el que habla de la vida de un perro, tuve la sensación extraña de leer algo muy antiguo y, a la vez, muy actual.

Más que referentes en un sentido académico, estos libros han sido para mí compañeros de camino, textos que he ido releyendo y me han ayudado a afinar la mirada.

¿Cómo es el feminismo que defiendes?

Ésta es una pregunta especialmente pertinente en un momento en que parece que haya muchos “feminismos” o que el feminismo esté fragmentado. Yo entiendo el feminismo -y no los feminismos- como un movimiento político con una agenda concreta. Y, precisamente por eso, considero que muchos discursos actuales que no recogen las reivindicaciones centrales del feminismo están, en realidad, usurpando su nombre.

Cuando hablo de feminismo, me refiero al feminismo radical y abolicionista que entiende que la opresión de las mujeres no es una cuestión de identidad o autopercepción, sino una realidad política y material muy concreta, basada en el sexo y en la organización patriarcal de la sociedad.

«El feminismo que defiendo es radical en el sentido literal del término, porque quiere ir a la raíz del problema, que es el sistema patriarcal»

Este feminismo parte de la idea de que las mujeres constituimos una clase social oprimida por el hecho de nacer mujeres. Esta opresión atraviesa todos los ámbitos de la vida y se manifiesta de formas muy concretas: en la violencia machista, en la explotación sexual y reproductiva, en la prostitución, la pornografía, los vientres de alquiler, en la desigualdad económica y en la sobrecarga de los cuidados.

El feminismo que defiendo es radical en el sentido literal del término, porque quiere ir a la raíz del problema, que es el sistema patriarcal. En ese marco, el abolicionismo no es un añadido, sino una consecuencia lógica. No se trata de hacer más “dignas” a las instituciones que sostienen la opresión, sino de trabajar para hacerlas desaparecer. Esto vale tanto para la prostitución como para cualquier otra forma de explotación basada en el cuerpo de las mujeres.

Esta forma de entender el feminismo conecta directamente con mi forma de entender la ética animal desde una perspectiva interseccional. No porque mujeres y animales sean lo mismo, sino porque los mecanismos de dominación, instrumentalización de los cuerpos y legitimación de la explotación comparten estructuras profundas. El mismo sistema que convierte a los cuerpos de las mujeres en recursos también convierte a los cuerpos de los animales en materia disponible. La mirada interseccional no sirve para diluir los conflictos, sino para entender mejor cómo se articulan.

¿Estás escribiendo ahora mismo? ¿Cuáles son tus planes inmediatos?

Sí. Actualmente estoy trabajando en un artículo sobre el tema del mascotismo, con la idea de ampliar algunos aspectos que no pude desarrollar en el libro y que me siguen pareciendo especialmente interesantes. En concreto, el artículo se centra en la relación de los hombres con sus perros en comparación con la relación que tienen con ellas las mujeres, como expresión de modelos sociales.

«Me parece muy significativo que el mundo del adiestramiento esté fuertemente masculinizado»

Uno de los ejes principales del texto es la forma en que se entiende la educación de los perros desde categorías como la jerarquía y el liderazgo, el control y la obediencia. Me parece muy significativo que el mundo del adiestramiento esté fuertemente masculinizado, en tanto que la mayoría de figuras de autoridad y de “expertos” son hombres, mientras que las mujeres, en general, siguen asumiendo sobre todo las tareas de cuidado cotidiano.

El artículo intenta pensar hasta qué punto estas diferencias reproducen esquemas de género muy arraigados y cómo estos esquemas también estructuran la forma en que entendemos qué significa “tener” un perro. Lo que me interesa, en el fondo, es mostrar que el mascotismo no es una práctica neutral, sino un espacio en el que se cruzan cuestiones de poder y de género.

También estoy preparando otro artículo sobre las mascotas robóticas en Japón y China desde una perspectiva ética y cultural. Me interesa lo que dice de nuestra sociedad el hecho de crear sustitutos artificiales para relaciones que hasta ahora estaban exclusivamente con seres vivos. En el artículo planteo cuestiones de este tipo: ¿hasta qué punto a través de la tecnología, intentamos preservar la forma del vínculo con las mascotas mientras eliminamos su peso moral?


Fuente: educational EVIDENCE

Derechos: Creative Commons

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